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ENSAYO
     

 

 

Las tradifas de Tepito
Alfonso Hernández H.

 

Desde siempre, el obstinado barrio de Tepito ha formado parte del caótico paisaje urbano que identifica a México, que sigue en manos de un consorcio transnacional que  fomenta la ignorancia como deporte nacional y pasatiempo favorito, además de combatir a quienes preservan la  memoria colectiva.

 

Hoy, los consumidores compulsivos son capaces de desechar valores, estilos de vida, relaciones estables, apego por las cosas, edificios y lugares típicos, gente y formas de hacer y de ser barrio. Ya que la aceleración en el modo de producción y la rotación de bienes de consumo, obliga a los individuos a conformarse con la moda novedosa y desechable, por muy obsoleta que sea la perspectiva de la moda fugaz.

 

De las muchas innovaciones que estamos viviendo en el ámbito del consumo, dos tienen especial importancia. La movilización de la moda en los mercados masivos, acelerando el ritmo de consumo no sólo en el vestido, el ornamento y la decoración, sino en todo el basto espectro de estilos de vida y actividades de recreación. Una segunda tendencia es el desplazamiento del consumo de mercancías hacia el consumo de servicios. Y en ambas tendencias predominan los bienes y servicios de consumo efímero, donde la instantaneidad y lo desechable acentúan la dinámica de una sociedad inmersa en el desperdicio de los países desarrollados, quienes nos cobran caro el impuesto a la ingenuidad.

 

Sin ser presumidos, el drama de nuestra tragedia nacional está más grueso que el de los griegos. Por ello es que Tepito está metido en todo lo que contiene y representa uno de los mejores ejemplos de sobrevivencia urbana. Pues si Tepito no ha sido un barrio modelo, sí en un barrio ejemplar por la fuerza, bravura y resistencia  con la que defiende su solar nativo y su pedazo de cielo.

 

Bernal Díaz del Castillo en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y en las Cartas de Relación de Hernán Cortés, se describe la magnificencia comercial del Tianquiztli de Tlatelolco.

 

Durante la Colonia, algunos virreyes emitieron ordenanzas prohibiendo la vendimia callejera. Y en el México independiente, también hubo edictos que prohibían o regulaban  el comercio ambulante. Hasta que el Constituyente de 1917, con su legislación pretendió hacer un país más equitativo en la distribución de la riqueza nacional y del ingreso.

 

Sin embargo, los científicos y el criollaje influyeron para que a los mexicanos-pueblo solo les tocaran las tierras con agricultura de temporal, la manufactura de las artesanias regionales y el pequeño comercio popular. Del México moderno, poco se puede presumir con la vigencia de un Reglamento de Mercados y Vía Pública, que data de 1951, y a pesar de los Mercados públicos inaugurados en octubre de 1957, en las calles del Centro Histórico y muchas otras, se dió inicio a la conformación de un nuevo laberinto social interminable.

 

Desde entonces ha prevalecido la ideología del mercado capitalista, por encima de la responsabilidad del Estado de  ser garante del abasto popular y rector del orden social de la producción. Por lo cual, los usos y costumbres del comercio se han tenido que ir adecuando a las circunstancias económicas y a los tiempos políticos.

 

Para acercarse a entender el desbordante ejercicio del comercio popular hay que analizarlo en sus cinco escenarios básicos. En el Histórico, hay una continuidad desde Tlatelolco a Tepito. En el Económico, destaca que a mayor crisis, más actividad callejera. El aspecto Normativo, siempre ha estado fuera de la realidad. Lo Político es una coyuntura cuando hay cambios o vacío de poder. Y en lo Social, es impresionante el perfil ocupacional de quienes se dedican a esta actividad.

 

Lo sorprendente es la consolidación y la permanencia de esta Fábrica social en las calles, articulada por los chilangos y conurbados más emprendedores de nuestra metrópoli, que se autoemplean en la más completa cadena de distribución de bienes y servicios, cual verdaderos trabajadores directos de la brica social, o sea: los tradifas.

 

La regatonería tolerada en La Bola y El Baratillo, convirtieron a Tepito en el ropero de los pobres y en el principal mercado de bastimentos del populacho, acostumbrado a chacharear en este tianguis barrial que conserva su sabor añejo y su esencia providencial.

 

Además de que Tepito también genera poder, capital y trabajo, a su vez forja su mercadeo de oportunidades y de posibilidades, pues  su tradición artesanal y comercial es el principal legitimador de su permanencia urbana. Ya que el poder que ejerce cada sujeto de la experiencia, es detentado entre quienes mejor reciclan la sabiduría de su tradición barrial.

 

Cuando Tepito deja de estar quieto como un resorte y de ser sencillo como un cerillo, y comienza a hacer girar los tres engranajes básicos de su rizoma comunitario: el arraigo, la identidad y su cultura, dando muestras de su alto rendimiento barrial. Mostrando que Tepito es todo y más de lo que se dice de él, y del Chico temido de la vecindad.

 

Con el paso del tiempo, Tepito avanzó de enclave miserable a barrio popular, al que ya nadie le quita la supremacía de lo bailado y de todo lo que ha vendido. Ya que la lógica del gran capital ha hecho de Tepito un reflejo del sistema político, pues,  si Porque la ciudad lo necesita, si Tepito no existiera, habría que inventarlo.

 

Si lo nuestro es la cultura comercial de lo inmediato y justo a tiempo, la competencia y resistencia se está librando entre el pequeño comercio popular frente al mercado transnacional. A Tepito no le son ajenos el caos, la crisis y el infierno, pues siempre ha vivido y sobrevivido en la delgada línea de estos conceptos. Ya que Tepito funciona dentro de la teoría de los sistemas barriales que construyen sus propias alternativas, transformando y reciclando cuanta madre llega del exterior.

 

Tepito es un barrio cuya matriz de percepciones, apreciaciones  y acciones se realizan en un espacio y tiempo comprimidos. Donde la piratería es la última modalidad impuesta al tianguis, para incorporar nuevos consumidores a la sociedad del espectáculo y al mercado global.

 

Con la pobreza, y el desempleo transitando por las calles, el precio de las mercaderías son un amortiguador social y garantizan la venta y el valor de uso de las mismas.

 

Ante esta realidad nacional, Tepito se sigue significando como un icono y una heterotopía barrial, donde las funciones diferentes de su espacio social lo han convertido en el barrio-bisagra del Centro Histórico; cuya confluencia de culturas callejeras divergentes está fragmentada por aspectos contingentes y accidentales en su otredad.

 

El resultado de lo anterior, ha sido producir una fragmentación, una inseguridad y un desarrollo desigual y efímero, en este mismo espacio económico, desde siempre altamente unificado en flujos de capital. Por lo que la superioridad en el control del espacio se está convirtiendo en un arma aún más importante en la lucha de clases, cada cual tratando de instaurar su propia identidad en el mercado citadino.

 

Lo que está en juego en Tepito, es la competencia en respetabilidad, calidad, prestigio, confiabilidad, innovación y precio; frente a la publicidad moderna que privilegia el dinero, el sexo y el poder. Pues su propaganda capitalista se dedica a la producción de signos, imágenes y sistemas de signos, y no a la calidad de las mercancías en si mismas.

 

Con todo lo anterior, si México ya era el Tepito del mundo, y mientras pareciera que hoy, todo México se está convirtiendo en China libre. Tepito sigue reciclando conciencias e inconsciencias y manteniendo la supremacía de sus usos y costumbres  comerciales,  justo a tiempo.

Este ensayo formó parte del encuentro que llevo por nombre "La Otra Ciudad", realizado en el mes de septiembre del 2006 en el Centro Cultural "Casa Talavera" de la UACM.



 
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