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ENSAYO
     

 

 

El presente como espacio in - finito
Primera Parte

Alejandro Semo
.

 

En la reflexión sobre la historia, se halla  una primera distinción que es muy evidente; el sitio común. Hay una historia cuyo objeto usual son los muertos y hay una historia cuyo sujeto son los vivos.

¿A qué nos referimos con estas dos distinciones?

Un elemento es escribir la historia de la época novohispana o el renacimiento, y otro aspecto muy diferente es escribir la historia del movimiento del 68 o la caída del Muro de Berlín.

¿En qué consiste esa diferencia?

Si reflexionamos sobre la historia de la Nueva España, podemos decir que es una historia que se inicia en algún momento del siglo XVI y concluye  en algún momento del siglo XIX  en México. Claro, existen estudiosos que dicen que el siglo XIX es un siglo “postvirreinal”, porque muchos de los paradigmas y de las percepciones de la cultura del siglo XVIII permanecen vivos y activos; pero sería incorrecto decir que hacia finales del siglo XIX, después de la intervención francesa y  con la modernización del Porfiriato, México podría ser definido como  país “pos virreinal”  independientemente que haya trazas del antiguo régimen.

En cambio, si hacemos la historia de lo que se inicia en 1989 con la caída del muro de Berlín, podemos fijar ese año como el inicio de ese suceso, pero sería absurdo tratar de fijar el momento que concluye ese período. Este acontecimiento tiene una significación sobresaliente, al representar el fin de una utopía basada en el provenir de la Revolución y por el ascenso de múltiples fundamentalismos; por lo tanto  ha trastocado y perturbado nuestra relación con el tiempo. 
Si entendemos “el porvenir de la Revolución” como un “tiempo finito” al derrumbarse  esta , se abre un espacio indefinido hacia el futuro.  A veinte años de este suceso podemos afirmar que las expectativas aún se hallan inciertas.      

De esta manera,  el tiempo histórico lo produce la distancia que se crea  entre el campo  de la experiencia, por una parte, y el horizonte de espera: el tiempo histórico se engendra por la tensión entre ambos. [1]
Un ejemplo  se da en la Odisea  dentro del movimiento mismo  de la  narrativa –cantar el retorno-, se despliega entre el pasado  de las salidas (de Grecia hace veinte años, de Troya  hace diez años)  y el futuro de un regreso, siempre esperado y del cual   se habla sin cesar. De la tensión entre los dos (prefiguración narrativa de la experiencia y de la expectativa) surge la cuestión  de las normas  de esos años pasados y que sin embargo gravitan  (“como una pesadilla”) sobre el hoy de los personajes.
Esta dicotomía es anterior al pensamiento cristiano. En la  Génesis (12.1)  la promesa hecha a Abraham por Yahvé  se menciona tal relación con el tiempo. Posteriormente en el Éxodo se   formula una nueva expresión, más dramática  y más rica. Desde la salida de Egipto  hasta la entrada  largo tiempo  diferida al país de Canaán, con Yahvé caminando al frente, se crea en efecto una espera  que es el resorte mismo del relato. Se inicia esta imbricación del tiempo  y del relato que Paul Ricoeur ha venido a escrutar al ser lector de Agustín [2] y de Aristóteles. De esta distensión, para retomar el vocabulario de Agustín;  Moisés está encargado  de hacer una historia, en tanto que una parte del  pueblo es incapaz  de asumir esta espera, no cesa de dispersarse en la inmediatez de los múltiple.  
En cambio lo que el  cristianismo  sí aporta al concepto del tiempo es la ruptura de éste  en dos, por el acontecimiento decisivo  de la Encarnación: el nacimiento, muerte y resurrección del hijo de Dios hecho  hombre. Se ha abierto así un tiempo  de espera: un presente que habita la esperanza del fin. [3]
Pero todavía más que este presente escatológico, lo que es nuevo  en el Nuevo testamento, es la tensión instaurada  “entre el presente y el futuro entre el acontecimiento decisivo por el que todo esta cumplido y el desenlace final muestra  bien que no todo esta acabado [4] . De esta tensión instauradora surge el orden propiamente cristiano del tiempo  en la historia como historia de salvación, en la cual el ya y el todavía no,  no se equilibran como dos platos en una balanza. El ya pesa más, porque la historia está volcada hacia él: nunca se esta más allá del “punto decisivo”. El mundo ha sido salvado. A esto sigue el presente abierto por el ya  que es un tiempo privilegiado

Michel de Certeau subrayó no sólo el significado de la  “historia presente” -más tarde Francois Hartog le otorgará una categoría propia-, sino el compromiso del historiador con su tiempo.
"El tiempo se ha convertido  a tal grado  en el pan cotidiano  del historiador que terminó por ser naturalizado o instrumentalizado. Permanece como lo impensado, no por tratarse de algo impensable, sino porque no es pensado o simplemente porque nadie piensa en él. En mi calidad de historiador que se empeña  en permanecer atento a su tiempo, he observado, al igual que muchos otros , el veloz ascenso de la categoría  del presente, que  ha llevado a imponer la evidencia  de un presente omnipresente". "Eso es lo que yo llamó “presentismo”. [5]
Desde la perspectiva de Francois Hartog, esta categoría adquiere un valor singular porque poco a poco el porvenir empezó a ceder terreno al presente, que tomaría cada vez más lugar, hasta poco después parecer ocuparlo todo por completo. Daba inicio así un tiempo en el que prevalecía el punto de vista del presente: justamente el del presentismo.
Esta idea nos lleva necesariamente a dos reflexiones distintas. La primera,  se halla en los acontecimientos   del siglo XX,  y que Francois  Hartog resume de la siguiente manera: “Si la catástrofe de la Primera Guerra Mundial   las crisis que le siguieron y después  la de la Segunda Guerra Mundial, estremecieron, incluso hicieron retroceder el futurismo, era necesario que toda una serie de factores –retomados a menudo como eslogan- se reunieron finalmente para reactivar los himnos al progreso y no solamente mantener en operación el régimen moderno de historicidad, sino para hacerlo el único horizonte temporal. Aun cuando  el futurismo, habiendo perdido su lirismo, debería adaptarse a la amenaza nuclear y esmerarse en responderla. En Europa fueron esgrimidos los imperativos de la reconstrucción  y de la modernización, acompañados de la planificación, mientras que a nivel mundial se imponían  las exigencias de la competencia económica con la Guerra fría como telón de fondo y la carrera armamentista cada vez más rápida. Tuvimos así, entre otros “el radiante porvenir” socialista, el “milagro” alemán o “los treinta gloriosos”   (llamados así a partir del libro de Jean Fourastié).

La segunda reflexión nos lleva necesariamente enmarcar  solo los acontecimientos en la historia cuyo impacto  trastocan el orden del tiempo  como la caída del  muro de Berlín en 1989 o la Revolución   Francesa en 1789,  o que por le menos, marcan  dos pausas, dos fallas en el orden del tiempo [6] .

Y aquí surge una  pregunta:  ¿acaso los acontecimientos que  tienen un impacto a nivel nacional  y que son universalizados a través de los medios de comunicación, fundamentalmente los electrónicos,  se enmarcan   dentro de esta categoría?

Desde este  punto de vista, el 11 de septiembre  del 2001 ( el derrumbe de las torres gemelas de Nueva York)  no aportará  un cuestionamiento  fuerte a dicho esquema, a menos que la administración norteamericana   haya decidido  colocarlo como punto cero de la historia mundial; un nuevo presente, un único presente el de la guerra contra el terrorismo. En todo caso el 11 de septiembre  llevó al límite la lógica  del acontecimiento contemporáneo que, al dejarse  ver en su propio constitución, se historiza en seguida y es ya, en sí mismo, su propia conmemoración: bajo la mirada de las cámaras.
Pero acaso  ¿podríamos enmarcar también la muerte de la Princesa Diana en el accidente automovilístico de París  dentro de esta categoría?
La respuesta nos lleva a una doble reflexión. Sí lo observamos desde el punto de vista del impacto que este suceso causó a través de los medios de comunicación “global”  tendrá  sin duda alguna una fuerte carga de “presentismo” –sólo basta recordar las expresiones masivas de condolencia que suscitó el acontecimiento entre la sociedad inglesa; suceso que “retumba” en el imaginario social  de esta sociedad hasta hoy en día. Pero  sí lo estudiamos a partir de que el suceso haya trastocado, o por lo menos cambiado en algo la estructura del Estado en ese país, definitivamente no.   

De esta forma,  podemos afirmar que en la historia presente se halla el fenómeno del centro que estamos describiendo.

 

El periodismo y la historia aparecen como  dos mundos distintos de escritura. El objeto del periodismo es el  “suceso inmediato”, el reporte, la relación, el testimonio. Así,  para  el informador el suceso que describe es un “temporal finito.” El objeto de la historia es la construcción de la narrativa.  De ahí que podríamos decir   que el periodismo es la continuación de la política por otros medios, en tanto que la historia es la continuación de la palabra; ya sea de la misma narrativa histórica,  la  filosofía la literatura u otras disciplinas.

Pensemos en otro ejemplo:  la democratización de México en el presente se halla en los años 80's. La pregunta que se hace inevitable es: ¿Cuándo  va a terminar esa democratización? La pregunta en sí, no es tanto  el objeto  de estudio del  historiador; lo que sí sería materia fundamental de  su trabajo  es  que ha sucedido y cómo se ha llegado de los años ochentas  al 2008.

 

El historiador del tiempo presente no sabe cómo va a terminar su historia: ¿acaso sabemos cuál va a ser el impacto de las computadoras en el futuro? Es decir, el tiempo presente es abierto y cognoscible, en tanto que para el historiador del tiempo pasado se puede datar; en ello reside otra diferencia fundamental.

Marc Bloch recuerda cómo en alguna ocasión, Henri Pirenne le comentó lo siguiente: “Tengo dificultades para escribir  el último tomo de mi Historia  de Bélgica , dedicado a la historia contemporánea. En este tipo de libros  sólo se deben de considerar los hechos importantes. Ahora bien,  un hecho importante es todo aquel que ha tenido como consecuencia resultados destacados por ello me resulta imposible valorar la importancia de acontecimientos cuyos resultados aún esperamos”. Pirenne  había dado en el clavo. Con respecto al presente siempre nos encontramos en una situación similar a la del químico que estuviese obligado a redactar el informe  de su experimento, sin esperar que se produjese la última reacción. A pesar de estas dificultades –y créanme no me las oculto- sólo el estudio del pasado nos permite entrenarnos para el análisis social. [7]

La pregunta se hace entonces inevitable ¿Cuál es el  pasado histórico?  Consideramos que es   donde la gente actúa por valores, sentidos, deseos propios que son distintos a los nuestros. El pasado es el sitio del otro. Es decir, las sociedades  del siglo XVIII no sólo son distintas porque usaban alpargatas y no tenían  carros de  combustión interna; es distinta porque percibían al mundo de otra manera,  sus gustos, nos son desconocidos y hay que descubrirlos. Parafraseando a Heidegger, son distintos porque no podemos proyectar todas las operaciones del mundo del pasado en el siglo XXI y por lo tanto no podemos proyectar  todas las operaciones del mundo de la cultura y  la política, es como si fuéramos a un país extranjero y tuviéramos que aprender su cultura, su idioma, sus costumbres etc.  

Michel Foucault estaba en lo correcto al introducir  la palabra “arqueología” en el estudio del pasado, porque lo que tenemos son vestigios inconexos  que creemos poder conectar a través de nuestra narrativa; pero como cada narrativa produce sus propios objetos de reflexión  sobre la historia y su propia  escrituración, lo que tenemos son textos re- escriturados.

En términos de nuestra reflexión una cosa es la función del arqueólogo que busca descifrar las  ruinas que ha dejado el pasado y otra cosa muy distinta es la actividad del testigo que busca el suceso a través de la oralidad y el suceso inmediato.

 

El presente es el sitio que habitamos, el pasado  es un sitio extraño. Es el otro en el sentido de que se tiene que hacer un esfuerzo muy particular para poder decifrarlo.

Sabemos que los factores dominantes  de la vida social se encuentran en perpetua evolución y creo que ninguno de nosotros diría, siguiendo a Maquiavelo, que “al menos hay algo inmutable: el hombre”. Pues no cabe duda de que el hombre también cambia, en su mentalidad y quizá incluso en las profundidades de su ser físico, debido, tal vez, a que su alimentación también ha variado profundamente con el curso de los siglos. En una palabra, no existe, verosímilmente, mejor distinción de la historia que esta: la historia es la ciencia del cambio y, en muchos respectos, es la ciencia de las diferencias. [8]
Esta reflexión se hace importante, ya que estamos hablando del territorio en el que trabaja el historiador, que es el  tiempo, es decir la forma en la cual se suceden los acontecimientos.

Bajo esta premisa podríamos establecer una categoría  determinante para la historia presente, la cual se establece a partir del promedio de vida de la población, que es de 62 años;  así la historia  presente  comienza en 1946.

Dentro de esta categoría que establecemos, Norbert Elías ya nos advirtió de un “continuo” entre pasado-presente-futuro [9] , ello nos llevaría a establecer un pasado inmediato  dentro de la categoría del historia presente, con la gran diferencia que el testigo vive.

EL TERRITORIO DEL RECUERDO

¿Pero hasta dónde es verosímil el testimonio oral (memoria) para la "historia presente"

La reflexión sobre la memoria tiene sentido en la medida en que las imágenes, las representaciones narrativas y  los símbolos del tiempo pasado son descifrables; ello se hace evidente pues no podemos hacer una encuesta ni una entrevista a una persona que participó en la Independencia; por lo tanto la memoria para el tiempo pasado tiene una función totalmente distinta que para el tiempo presente. Las personas (el testigo) al recordar los sucesos inmediatos; el  movimiento del 68, la caída del régimen soviético etc. permiten que en la historia presente  el recuerdo influya (la oralidad)  en forma determinante sobre la escritura histórica; en la historia el pasado, ingresa a partir de los “vestigios tangibles”. Los objetos: los documentos,  los cuadros etc….”no sólo hay que interrogar a los documentos, sino también a los monumentos. Sin su testimonio resulta imposible intentar estudiar cualquier aspecto del pensamiento religioso de una época en que el arte tenía como función esencial   enseñar a los más humildes las cosas que los sabios aprendían en los libros”. [10]  de esta manera, la reflexión sobre la memoria, adquiere una relevancia determinante para la historia presente en la medida que el testigo vive su testimonio enriquece la reflexión sobre el pasado.

La  historia busca revelar las formas del pasado , la memoria las modela, como lo hace la tradición. El objetivo de la historia  es  ordenar e interpretar, la  memoria esta atravesada  por el desorden de la pasión, de las emociones  y los afectos. La historia puede legitimar, pero la memoria  es fundacional. La historia se esfuerza  en  interpretar el  pasado la memoria intenta fusionarse con él.

Pierre Nora  va más allá al afirmar  que la   “historia es una anti-memoria y, recíprocamente, la memoria  es la anti-historia. En la medida que la historia  “sólo se vincula a las continuidades temporales, a las evoluciones y a las relaciones  entre las cosas”. Pertenece a todos y a nadie, tiene vocación de universalidad. Es una operación universal  y laica que demanda  un  análisis,  el discurso crítico , la explicación de las causas  y de las consecuencias. Para la historia todo es cognoscible: en tanto que  la  memoria se  instala en el  recuerdo, en lo sagrado  y por lo tanto la historia lo desaloja de allí.  Dado que memoria e historia se oponen totalmente , el “criticismo destructor”  de la historia  se utiliza para destruir y reprimir a la memoria [11] .
Existen  dos tipos de pérdidas que resultan temibles, –las    que proceden del recuerdo y las que proceden de la atención. Nuestra memoria es un instrumento frágil e imperfecto. Es como un espejo desconchado en el azogue, un espejo desigual  que deforma las imágenes que refleja. Sería  necesario determinar –y esto es algo  en lo que el juez se puede esforzar - el valor y la capacidad de la memoria  de cada testigo. Hay individuos  que pueden describir, sin error alguno, un paisaje o un monumento que ha visto dos o tres veces, sin embargo no pueden citar correctamente una cifra. Para el historiador, como para el magistrado, no hay nada tan importante como las fechas. Sin embargo, éste es uno de los datos que peor retienen  la mayoría de las personas. Nuestro pensamiento, al igual que un cesto  perforado, va perdiendo  por el camino una parte de los recuerdos que ha ido almacenando y en un momento dado, y ante los hechos  mismos, sólo percibe  una pequeña cantidad de ellos. [12]

De esta forma las referencias más precisas que requiere el historiador como las cifras o los nombres, por lo general no son retenidos por la memoria, además ésta tiende a debilitarse con el tiempo.

Y aquí sería necesario  hacer un paréntesis  

Pero ¿acaso las fuentes hemerográficas  no han llegado a tener un “valor singular” para la narrativa histórica? Sí partimos de la  que éstas se basan en la opinión emitida por la memoria inmediata del que esta declarando, el historiador tendrá que sujetarse a dicha información; lo que sí podrá hacer   es compararla con otras fuentes de información.

Una opinión opuesta es la de Tzvetan Todorov,  quien concluye a partir de un trabajo de investigación que la memoria es indispensable para la historia. De esa investigación, surge por una parte la historia, en ciertos casos también parcial, y por otra parte que la memoria es portadora  de una verdad reveladora   del sentido que compensa  ampliamente su relativa  ineptitud para establecer una  verdad de adecuación. [13]
Pero será Maurice Halbwachs quien proponga un punto intermedio. Tal es el postulado  de Los Lugares de memoria el último libro de este autor que apareció en 1984. El primer capitulo se denomina “Entre memoria e historia” . De entrada a lo más  importante  que es   colocarse entre  historia y memoria no oponerlas, ni tampoco confundirlas, sino servir de  una y otra. Recurrir a la memoria para renovar y ensanchar el campo  de la historia contemporánea  (hacer realidad, a la memoria  colectiva desempeñar el papel  que para la historia moderna desempeñó la historia de las  mentalidades). De ello resulta la apertura  de un nuevo campo: el de una historia de la memoria.
Cuatro décadas antes Walter Benjamin hizo de la rememoración (Eingedenken) uno de los conceptos centrales de su reflexión en sus tesis Sobre el concepto de la historia. Contra el “historicismo”, ideología que encarna según él, el fracaso de la historia  y de la cultura de la historia modernas, en contra de su tiempo “homogéneo y vacío”, con la idea de construir un nuevo concepto de la historia, para el que recurrió a la vez al marxismo y la mesianismo judío. Al forjar la noción “tiempo del hoy” (Jetztzeit), propuso definir  el tiempo histórico como lo que no nace  propiamente hasta que se opera “una conjunción fulgurante  entre el pasado y presente y ambos forman una constelación. En palabras de Hannah Arendt, él sabía que “la ruptura de la tradición  y la pérdida de autoridad sobrevenida durante su época eran irreparables, y concluía  que le hacía falta  descubrir un nuevo modo de relación con el pasado”, consistente en “instalarse por fragmentos en el presente”   [14] . La noción de progreso  que había permeado a la historiografía hasta principios del siglo XX, había encontrado en Benjamin un punto de ruptura irremediable y para entender el pasado habría que hacerlo desde el presente.   Y por otra parte, a partir de las tesis de este pensador,  el trabajo de los antropólogos adquiriría una mayor relevancia, ya que el sentido de las “rememoraciones “  que se puedan construir a partir  de fragmentos del pasado sentarían  bases para  su trabajo.
Halbwachs distinguió entre la “memoria histórica”, que sería una memoria prestada, aprendida, escrita, pragmática, larga,  y unificada y la “memoria colectiva, que por el contrario,  sería una memoria producida,  vivida, oral, informativa, corta y plural. [15]
La segunda distinción de Halbwachs, nos asocia  de inmediato a los medios informativos;  el “periodismo declarativo” fundamenta sus opiniones a partir de experiencias acumulada sobre prácticas  ejercidas. Ahora bien, aquí tendríamos que hacer una  tercera distinción necesaria. En las declaraciones a la prensa la fuente emite su información a partir de sus  experiencias inmediatas -por lo general asociadas a una coyuntura  determinada-, no así a partir de conocimientos adquiridos como resultado de un proceso cognoscitivo -como lo haría un profesor en un salón de clase-.

La “memoria histórica”, por otra parte,   nos remite  a la noción de memoria colectiva; un recurso que para el historiador quedaría sólo en  la trasmisión de un acontecimiento del pasado como el “recuerdo de  una generación a otra”, como lo comprobó Gérard Bellion,  quien demostró que la trasmisión de la Revolución Francesa   era siempre una reinterpretación del pasado  en el marco de recuerdos más recientes  (la lucha contra el fascismo,  El Frente Popular, que contribuía  a la persistencia de memorias  resplandecientes  de la Revolución etc.). [16]
Pascal Orly  se interesó especialmente  en las conmemoraciones de la Revolución Francesa. Cada una de estas  retrospecciones  reavivó  y alimentó  múltiples memorias, pero la República supo aprovecharlas para reforzar, con mayor o menor existió, la identidad nacional. [17]
En cambio,  la evocación que haría  una parte importante de  nuestra  sociedad  por la Independencia o la Revolución Mexicana -ahora que en breve se conmemorará el  bicentenario y el centenario, respectivamente- lo más probable es que no nos remita  a otros movimientos sociales  posteriores, como el movimiento ferrocarrilero de 1958  o el movimiento estudiantil de 1968; en todo caso, y en forma  muy excepcional, a la nacionalización del petróleo de 1938. Lo más seguro es que los  encuestados responderían evocando a algunos de los “protagonistas” de aquellos sucesos históricos o  incluso  a edificios o monumentos  alusivos.
Y aquí surge una pregunta fundamental ¿Cómo se transmiten los recuerdos colectivos dentro de un mismo grupo y de generación en generación?
La asociación hecha por la encuesta  que realizó Bellion, nos lleva a la conclusión  de que para el francés común la historia es un proceso continuo en  donde los acontecimientos más significativos del pasado están  relacionados  con los más inmediatos: Revolución Francesa=Lucha Antifascista; en tanto que en México la influencia que tendría la educación formal  jugaría un papel esencial.
Otro aspecto de que debe mencionarse, son aquellas personas que convivieron con familiares (abuelos o padres) que   fueron testigos de los acontecimientos revolucionarios en las primeras décadas del siglo XX  y que al trasmitir sus recuerdos a las generaciones más jóvenes éstas a su vez las puedan trasmitir.
Un tercer elemento “referencial”  es el papel que jugó el cine,  -y de hecho juega hasta hoy, en día a través de la televisión- con temas asociados a la Revolución Mexicana. Aquí habría que distinguir claramente que no se trata de un recurso memorístico a través de un testigo directo,  sino de la interpretación que el guionista de la cinta le de a su narrativa fílmica. Y a su vez, de la lectura que le den los espectadores en el momento de narrar sus asociaciones con el suceso histórico.
Así las primeras películas que tuvieron un tratamiento serio sobre este tema fueron   El compadre Mendoza (1933) y Vámonos con Pancho Villa  (1935), dirigidas por Fernando de Fuentes.
Para  Jorge Ayala Blanco, lo que le interesa al director en la cinta El compadre Mendoza  es el clima de crisis que crea la guerra civil. La decisión es algo que se arranca a los hombres  y los compromete vitalmente . A través de la sátira trágica, el director pasa al pensamiento ético y de ahí a la metáfora amplia. (…) La dialéctica  de la traición y el heroísmo sirve como basamento concreto de un significado  trascendente. El compadre Mendoza   es una alegoría política. Sin proponerse  desentrañar el sentido de la historia por medio de símbolos o como un fin en sí mismo. De Fuentes alcanza el carácter de alegoría como un resultado. En contra de lo que piensa, [18]   la alegoría  como forma de representación  no sirve aquí para aniquilar la historicidad sino para interpretarla, a la manera de Bertold Brecht.
Gracias a la contundencia de las imágenes cinematográficas y al arte del detalle de Fernando de Fuentes, la “particularidad abstracta” no sustituye lo “típico concreto” sino que establece  una relación armónica entre ambos. El proceso  de decadencia ininterrumpida que sirve como base a la alegoría de El compadre Mendoza,  que se instaura sobre las ruinas de las cosas y de los actos humanos, el reino conceptual de una belleza cinematográfica depurada. [19]  
En palabras del escritor José de la Colina, la cinta   Vámonos con Pancho Villa empieza con la sencillez  de un corrido  y termina con la  grandeza de una tragedia  antigua. El horizonte sin límites  del camino sustituye  al mundo cerrado. La Revolución representa  para los “Leones de San Pablo” (el grupo que se une a las filas del villismo en la cinta) un desafío  a la muerte. La película responde a una prolongada  meditación fúnebre. La muerte acecha  y clausura cada secuencia. Otra película que también tendría un impacto importante  sería La soldadera de José Bolaños (1966).   
Desde la perspectiva de la narrativa histórica, las cintas  testimoniales –in situ- son interpretaciones  directas [20], que permiten al espectador, en este caso el historiador juzgar por sí mismo  las imágenes que va observando para darles su propia interpretación de los hechos. Lo mismo se puede aplicar para las imágenes actuales, sobre todo aquellas que se dan en los noticieros  de televisión. En un ejercicio de trabajo reciente,  se le pidió a un grupo de estudiantes de historia que observarán  un acontecimiento  en un video sin escuchar la voz del narrador y elaboraran un breve ensayo en relación a los sucesos que veían. Los resultados sorprendieron, por el hecho de que los estudiantes pudieron confrontar las interpretaciones de  las fuentes a las que hacían referencia para su trabajo con  lo que habían observado.

Pero para que un grupo social  cuya duración temporal rebase la vida de un hombre pueda “recordar” no basta con que cada uno de los miembros que en un momento dado lo componen conserven en su cabeza las representaciones concernientes con el pasado del grupo, sino que también es preciso que los miembros de más edad se acuerden de trasmitir estas representaciones a los jóvenes [21]    

Al hacer  referencia a los edificios o monumentos,  éstos, aunque de manera simbólica, aluden a acontecimientos históricos;  los museos  cumplen, sin duda alguna,  una referencia más activa a través de los objetos que hacen referencia a los acontecimientos históricos, parafraseando a Proust se trata de casas que alojan solamente pensamientos. En todo caso, se trata de un “pensamiento”, de la herencia y de su trasmisión, una representación del pasado y de los legados para las futuras generaciones lo que dirige la creación de los museos de la sociedad.

Existe un evidente vínculo entre “patrimonio” e “identidad” en donde el museo se transforma  en el “espejo” de quien lo mira. Incluso hay  museos  –sobre todo en  pequeñas poblaciones- denominados museos-identidad, fundamentalmente los  que exponen las artes,  y tradiciones populares locales.   

Para Krzysztof Pomian, todo objeto patrimonial obedece a la siguiente secuencia: Primero es “cosa” cuanto tiene valor  de uso en el aparato productivo, luego es desecho, cuando deja de tener esa función, porque está deteriorado o es obsoleto; puede transformarse en “semiófora” está viejo, es decir, un objeto “con características visibles que pueden recibir significaciones” cuando se los exponga en un museo. [22] Un objeto “cosa” convertido en “semióforo” ya no puede ser percibido como lo era en su forma original; en el museo adquiere una connotación representativa que le otorga un significado referencial; claro,  fuera de su contexto, pero que al ser  “ puesto en escena”  por el  museógrafo que  interviene, lo  recrea en su “hábitat natural”.    

 

Por otra parte, como afirma  A. Leroi Gourhan, ningún antropólogo  puede discutir la voluntad  de los grupos humanos  para elaborar una memoria común,  compartida cuya idea es muy antigua. Los mitos, las leyendas , las creencias , las diferentes religiones son construcciones de las memorias colectivas. Así, a través del mito los miembros de una sociedad dada buscan traspasar una imagen de su pasado  de acuerdo con su propia  representación de lo que son, algo totalmente explícito en los mitos sobre los orígenes. El contenido del   mito es objeto de una regulación de la memoria colectiva que depende, como el recuerdo individual, del contexto social y lo que se pone en juego a fl momento de la narración

Pero incluso en el caso del mito ¿qué es lo que efectivamente comparte el grupo que nos autoriza a hablar de memoria colectiva? En última instancia, las representaciones que acarrea y provoca el mito son objeto de variaciones personales, individuales, aún cuando sean elaboradas en marcos sociales determinados y aun cuando podamos admitir que la significación que les da esos mitos es objeto de una focalización cultural que produce de esta manera  una “memoria étnica”.

Por lo tanto, el  problema inherente –para los antropólogos-  a la evocación del pasado bajo esta distinción,  se halla  siempre en función de las  experiencias presentes que imprimen un elemento esencial en el relato. En este sentido, ya Marc Bloch concluye a partir de las tesis desarrolladas por Halbwachs que todo grupo social extrae su unidad espiritual al mismo tiempo de las tradiciones que constituyen la materia propia de la memoria colectiva  y de las “ideas o de las convenciones que resultan del conocimiento presente”. Sin embargo, entre esas dos formas de percepciones colectivas, no existe la antinomia que algunos autores han creído descubrir; en realidad, éstas sólo existen una en virtud de la otra; la sociedad sólo  conoce o interpreta el pasado a través del presente y por otra parte el presente sólo tiene para ella un sentido concreto  y un valor emocional porque tras él se entrevé cierta duración temporal [23] ,   y por otra parte,  en la función de reinterpretación que cada generación da de esas leyendas y mitos; de ahí que las versiones  que obtendrá el investigador, serán en gran medida diferente a  las versiones  que podrían haber dado  sus antepasados.
El pasado es como una vasta reserva de esquemas de acción posibles, donde se va de los mitos de origen a los recuerdos recientes, de la separación de la Tierra y del Cielo a la fijación de las fronteras del grupo de los divino a lo humano, de los abstracto a lo concreto, de los universal a los individual. [24]
Bajo esta premisa podríamos establecer que existe una tendencia en cada generación de fijar sus recuerdos en los sucesos más inmediatos y “terrenales” 

De esta forma, la noción de “memoria colectiva” es difusa y, sin embargo, muy práctica (y a fortiori , del inconsciente colectivo), como el concepto de mentalidades en la historia, como las teorías  de identidad cultural colectiva o como la fantasía de un “alma del pueblo”, nos referimos a la Volskunde  alemana. De hecho es tan difusa como todas las retóricas comunitarias, tan ambigua como todas las concepciones  holísticas  de la cultura de las representaciones, de los comportamientos y de las actitudes (un excelente ejemplo  en sociología  es la noción de la opinión publica). [25]
CONTINUARÁ



[1] Reinhart Koselleck Los Estratos del Tiempo: estudios sobre historia. Ed Paídos Buenos Aires. 2001

[2] Agustín llega a la conclusión de que el tiempo  no es más que una “distensión” del espíritu mismo, si bien su medida debía  de operarse “en el espíritu . ¿Cómo? Por el juego  de la  “distensión” (disensio)  y de la atención (attentio)  “El espíritu espera (expectat) esta atento (adtendit) y recuerda (meminit), de suerte que lo que él espera, al atravesar aquello a lo que esta atento, pasa en lo que recuerda. Ver Agustín. Las Confesiones Madrid  Ed. Bac 2005.

[3] . Regímenes de Historicidad. UIA. Dep. de Historia. 2007. P.p. . 82-86

[4] Oscar, Gullman Le Salut dans l'histoire L'existence chrétienne selon le Nouveau Testament, Neuchátel, Delachaux et Niestlé. P.  173

[5] Ibidem. Francois Hartog P.p. . 28-29

[6] Erick Hobsbawm. Sobre la Historia. p. 311, Barcelona, Crítica 2002. 

[7] Marc. Bloch Qué se le exige a la Historia. (Bulletin de Centre polytechnicien d' études économiques, enero 1937, núm. Pp. 15-22 Mélanges Historiques I PP. 3-15)  Editado en Marc Bloc, Historia e Historiadores  Pág. 50 Ed. Ikal Barcelona.  2008.

[8] Op. cit. Marc Bloch. P. 46 

[9] “Los conceptos de pasado, presente y futuro  expresan la relación que se establece entre  una serie de cambios  y la experiencia que de ellos vive  una persona o un grupo.  Un instante determinado dentro de un flujo continuo sólo  cobra  el aspecto  de un presente en relación  con un ser humano  que lo vive, mientras que otros instantes cobran el aspecto  de un pasado o un futuro . En su calidad  de simbolizaciones  de periodos vividos, estas tres expresiones no sólo representan una sucesión  como el año o el binomio “causa efecto”, sino también la presencia simultanea  de esa tres dimensiones  en el tiempo de la experiencia humana. Podríamos decir  que pasado, presente y futuro  constituyen, aún cuando  son  tres palabras distintas,  un solo y único concepto. Véase Norbert Elías. Sobre el Tiempo. F.C.E. 2002. México.  Cap. 2 P.p.  82-86.

[10] Op. cit. Marc Bloch. P.p. .212 

[11] Pierre. Nora “Entre mémoire et Hostoire”, en Les liéux de mémoire. l.  La Republique. París, Gallimard 1984. P.  XV-XLII. 

[12] Op. cit Marc. Bloch P.  24

[13] Tzvetan, Todorov La mémoire devant l'histoire. Terrain, 25 de septiembre de 1995. P.p.  101-112.

[14] Hannah Arendt. “Walter Benjamin”. 1892-1940, apuad Étienne Tassin. Le Trésor perdu. Hannah Arendt Iíntelligence de láction politique. París, Payos Rivages, 199. Pp. 36-37

[15] Maurice Halbwachs. Les cadres sociaux de la mémoire. París. Albin Michel, 1925 y 1994, P.p.  370, posfacio de Gérdad Namer.

[16] Gérard Belloin. Entendez-vous Dans nos mémoires…? Les Fracais et lear Révolution. París, le Découverte, 1988. P. 270

[17] Pascal. Ory. Une notion pour mémoire; 1889, 1939, 1989 troís jubilés révolutionnaires. París, presses de la Fondation national des Sciences politiques 1992, P. 276

[18] George Luckács. Significación actual del realismo crítico. ERA México 1963 (citado por el autor)

[19] Jorge Ayala Blanco. La aventura del cine mexicano Ed. Grijalvo 1993 p. 21

[20] Existe una tendencia entre algunos historiadores a desclasificar los conceptos de “fuente primaria y fuente secundaria” por  sólo “interpretaciones”  y clasificarlas según el origen del que provengan  

[21] Op. cit Marc Bloch. P.  228

[22] Krzysztof Pomian, “Museé et patrimoine”, en H.P. Jeudy op. cit, P.p.  178-179

[23] Op. cit Marc. Bloch P.  226

[24] Op. cit, Francois Hartog P. 55

[25] Joël. Candau Antropología de la memoria . Ed. Nueva Visión. Buenos Aires 2002. P. 61.


Este ensayo formó parte de la exposición del Seminario de Historia Cultural que se llevo a cabo el día miércoles 17 de diciembre del 2008, organizado por el "Programa de Estudios de Historia y Difusión Cultural" de la UACM


 


 
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