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ENSAYO
 
 

 

 

Oralidad, escribanos, testigos y verdad en los barrios indígenas de la ciudad de México. Siglos XVIII y primeras décadas del XIX.


Marcela Dávalos

 

INTRODUCCIÓN

En este texto me referiré a la relación de los indígenas con el mundo letrado de los juzgados en el siglo XVIII. Se trata de pleitos por tierras comunales, ubicadas en el sureste de la ciudad de México, que los indios defendían verbalmente ante los jueces y escribanos. Cada línea aquí redactada, emana de un “código de comunicación” singular que es el ámbito jurídico, por lo que estaremos ubicados en ese entorno letrado que extendía sus reglas a una colectividad analfabeta, y que nosotros alcanzamos a ver en los legajos casuísticos conservados en los archivos.
Por un lado estaba el uso de la escritura jurídica y por el otro quienes no sabían leer y escribir, es decir participantes de una
“oralidad primaria” (Olson), iletrados, que asistían a los tribunales. Ambos sistemas comunicativos corrían paralelos en ese entorno social de fines de la colonia. Para introducir  los referentes académicos de los que hacían uso los hombres del juzgado, empleo uno de los muchos manuales dirigidos a los escribanos, La Práctica de Escrivanos escrita por Francisco González de Torneo. Asimismo señalaré cómo su contenido se ponía en práctica en los juzgados, permitiéndonos, de una lectura residual de los legajos manuscritos, reconocer la figura del indígena en su contacto con ese lenguaje especializado.
Esos legajos, sin embargo, se derivaban de una estructura social definida inicialmente por la oralidad. Veremos que algunas reflexiones vertidas en los últimos años sobre la distinción entre las estructuras de conocimiento de sociedades de comunicación oral con las de comunicación escrita, coinciden cuando  contrastamos las referencias eruditas jurídicas con su empleo en la casuística aplicada en el juzgado; la verdad inscrita en un orden divino, la memoria como proclamación colectiva, la palabra como un acto de fe o  la teatralización adjunta al momento de firmar escrituras, son algunos de los rasgos que muestran cómo ambas comunicaciones, la oral y la escrita, compartían plaza. La palabra y la verdad eran actos de fe porque se respaldadan en un orden religioso, pero también porque en aquella estructura social premoderna lo enunciado, al menos en los juzgados, no debía confrontarse con una exterioridad verificable; la realidad se construía desde criterios distintos a los de objetividad. La palabra sustentada en el acto de creer, daba sentido, en aquel contexto, al ser “un hombre de palabra”.
 
 
 
 
1) ANALFABETAS Y LETRADOS: UN ENTORNO ORAL
Treinta años antes de la Independencia el analfabetismo reinaba entre la población de la ciudad de México, sin embargo, la difusión del texto escrito era ya considerable. Mientras que los escribanos formaban parte de una cultura letrada desde la que percibían y construían el mundo legal, los indígenas, a quienes presento aquí a través de sus solicitudes de permiso para vender tierras ante el juzgado, eran todos iletrados; el puente entre aquella cultura portadora de una sólida tradición académica y la asistencia iletrada de los indígenas a las instancias judiciales es el testimonio oral, del que ambas partes hacían uso.
El testigo era el representante ejemplar de aquella cultura oral en el juzgado, pero antes de abordarlo será necesario detenernos en cómo se practicaba la cultura jurídica y el uso que la población iletrada le daba al asistir al tribunal. Para ello el libro, dirigido a los escribanos, de González de Torneo, muestra la concordancia de su contenido cuando era aplicado en las disputas casuísticas procesadas por el Juzgado de Indios.
Esto con tres intenciones:   1) explicitar los referentes culturales, letrados, de los magistrados  2) mostrar la aplicación directa del ejercicio jurídico en la casuística de pleitos singulares y 3) considerar la persistencia de la comunicación oral en el entorno  de aquel saber jurídico especializado. El corpus de documentos elegido muestra a indígenas muy poco familiarizados con la escritura ¿Cómo podemos explicar la asistencia de esa población iletrada a una institución que se servía por excelencia de la lengua escrita? ¿Qué era lo que permitía que ambos mundos, aparentemente opuestos, lograran comunicarse? ¿Cómo se vinculaba la comunicación en aquel sistema social en que circulaban tanto el lenguaje escrito como el oral?
Ante los escribanos aquellos vecinos declaraban no firmar por no saber escribir; además, su precariedad en el dominio del español -o bien la necesidad del tribunal de no dejar fisuras en la comprensión de lo que en esas instancias sucedía-, lo revela la presencia, ciertamente cada vez menos necesaria conforme avanzó el siglo dieciocho, de los intérpretes que traducían del náhuatl al castellano. Sus testimonios eran verbales. Algunas características señaladas para las sociedades regidas por la comunicación oral, serían una realidad construida en base a la memoria colectiva, el diálogo cara a cara, el que la palabra no es dada sino interpretada o bien el que la voz  involucra la intención y finalidad de quien habla (Havelock, Ong). La cultura escrita, por el contrario, “proporciona una representación de lo dicho pero no de cómo el hablante pretendía ser interpretado” (David R. Olson, El mundo sobre el papel 119).
Antes de llegar al juzgado, jueces, escribanos, acusadores, demandantes, testigos, etcétera, se reconocían como vecinos,  pues formaban parte de una comunidad, jerárquica, en un momento y espacio determinados. En los pleitos por tierras los actores revelan algunos aspectos en los que coincidían los postulados de un saber jurídico especializado y el vínculo que con ellos tenía la población iletrada. Esos escritos nos facultan a reconocer otros muchos aspectos de la comunidad: a través de las declaraciones orales ante los escribanos se muestra la vecindad en pleno. Los actores participantes sabían a quién y cómo se dirigían, cuáles eran las condiciones del entorno, cuántos vecinos había implicados, si eran o no parientes, de los pagos sustentados en la palabra o lo virulento de las riñas.
Como bien lo ha señalado María Teresa Sierra, los argumentos con los que contamos en esta clase de escritos no son más que prácticas jurídicas, las cuales “son básicamente prácticas discursivas; es decir, prácticas sociales organizadas por y a través del lenguaje; en ellas se tratan de resolver conflictos con medios discursivos como la argumentación y la retórica” (232).
Esto sirve como antecedente para postular, siguiendo a Richard Rorty, que las declaraciones vertidas en los tribunales y transcritas por los escribanos no son representaciones de experiencias vividas, sino de un lenguaje que servía como medio de socialización (164). Ya hace tiempo que para ciertos historiadores una pregunta constante ha sido asentar las palabras en su correspondiente estructura social (Lockhart; Kellogg); el significado de voces como posesión, venta, testigo, privado, etcétera, pertenecen a un “horizonte de expectativas” y por tanto no son universales.
El lenguaje como construcción social refiere a los distintos contextos históricos que lo produjeron:
“...the legal documents presented to the Real Audiencia...they are treated here as a form of narrative, as a compedium of dramatic stories and carefully crafted fictions rooted in real conflicts and struggles...Rather than using legal records simply to uncover the 'true' realities of early colonial indigenous life, this chapter employs close textual analysis to recover underlying cultural assumptions, attitudes, and perceptions...”1 (Kellogg, 38)
En los juzgados novohispanos, como plantean diversos especialistas en historia del derecho, se mantuvo vigente la tradición castellano medieval en los digestos jurídicos hasta la segunda mitad del siglo diecinueve. Este postulado, en el que no nos es posible detenernos, enlaza a ese saber jurídico especializado con la población que lo practicaba. Evitaré abundar sobre si las maneras indígenas de usufructuar emanaban de tradiciones prehispánicas, en tanto el punto de partida es discurrir desde el postulado de que el ámbito jurídico dictaba las normas; todos los referentes vertidos en y desde los juzgados exhalaban los principios y lógica concernientes a  la legalidad hispana.2 Un elemento de no poca importancia que reafirma la fuerza de la herencia escriturística occidental en los juzgados, es que todos los manuscritos, tal como lo señala Roy Harris,  concernían a una “escritura alfabética”, es decir, se distribuían en una superficie específica, manteniendo una secuencia y  formato que estaban cargados de significado. No empleo códices o textos en náhuatl entre otras cosas porque para el siglo dieciocho la “escritura  pictográfica-glífica prehispánica”, que  había sido un medio común para registrar las tierras indígenas, siguiendo la reflexión de Lockhart, había ya declinado (235).  De modo que la ancestral herencia castellana era un elemento común a escribanos e indígenas, un “espacio del sentido” que daba forma a las prácticas culturales en el juzgado.
Fuera del dominio del juzgado, todos, incluyendo a los escribanos, juristas y letrados, convivían cotidianamente en una sociedad alejada del dominio de la comunicación impresa. Por el contrario, en el entorno jurídico, el derecho es, y era, un “código de comunicación de acuerdo con cuyas reglas se expresan, se forman o se simula todo el orden normativo de la sociedad” (Javier Torres Nafarrate: 303). Ese código, como el entorno en que sucedía la comunicación judicial, se revelaba en el juzgado. Ahí interactuaban letrados con indígenas que persistentemente declararon no saber escribir, pero que en su mayoría saldaron con éxito las transacciones que los llevaron ante el juez ¿A partir de qué instrumentos y medios se efectivizaba ese código de comunicación del que habla Nafarrate? Por una parte se hallaban la literatura, machotes y fórmulas escritas, procedentes del derecho castellano medieval, que veremos en el siguiente apartado, y por el otro una cultura que corría paralela, oral y gestual –también contenida en formas hispanas-, que tenía mayor dominio, en el ámbito coloquial, que el de la comunicación escrita.
Y aunque los manuscritos de los que extraemos nuestro análisis se hallan circunscritos en el “medio de comunicación derecho” al que refiere Torres Nafarrate, es necesario considerar que los actores analfabetos, practicantes de la comunicación oral -también contenida en formas retóricas e hispanas-, intervinieron, reaccionaron, aprehendieron o rechazaron aquel lenguaje legal. De aquel entorno jurídico colonial, claramente delineado por una tradición castellana medieval, no estaba excluída la “oralidad primaria”, sino sustentada en criterios ajenos al moderno antagonismo que confronta al conocimiento impreso con la supuesta vaguedad de otro saber sustentado en la memoria y la retórica. Los letrados, juristas y escribanos coloniales se reconocían en la autoridad donada a la palabra, pues también eran parte de un entorno sustentado mayormente en la comunicación oral.
 
2) LOS REFERENTES CULTURALES DE JUECES Y ESCRIBANOS.
Los pleitos por tierras asentados en el Juzgado de Indios profesan una tradición jurídica que se remonta más allá del medioevo. Como varios historiadores del derecho nos lo han hecho saber, la cultura jurídica hispana y castellana se continuó en México, casi sin cambios sustanciales, desde la Baja Edad Media hasta bien entrado el siglo diecinueve:
hoy en día a nadie le cabe la menor duda de que el llamado derecho indiano continuó con vida años después de la consumación de la Independencia en todos los países que habían pertenecido a la Corona española. Ello fue así por el hecho de que los mismos funcionarios, las mismas leyes y los mismos procedimientos seguían en vigor, como no podía ser de otro modo. Tuvo que transcurrir un siglo para que esta situación cambiara paulatinamente...a fines del siglo XIX aun los grandes abogados de México utilizaban constantemente las fuentes coloniales, a partir cuando menos de las Siete Partidas (Fernández  139).
¿Qué implicaciones tiene considerar que el sistema jurídico castellano medieval se continuó en México hasta el siglo diecinueve? Lo primero que debiéramos señalar es que los mecanismos internos que regían el derecho tradicional son ajenos a los que actualmente lo rigen. La cultura de jueces y escribanos que atendían los juzgados a finales de la colonia, bebía de una tradición que iba desde
las Sagradas Escrituras a los Padres de la Iglesia, pasando por los Concilios (desde el IV Cartaginense realizado en el siglo V), las Bulas papales, las constituciones apostólicas y la lectura de autores clásicos como Aristóteles, Cicerón o Tertuliano, hasta los cuerpos jurídicos, legislaciones reales y decretos de Cortes, tal como nos lo han hecho saber autores como Anzoátegui, Arenal, Lira o María del Refugio González. De ellos se deduce que la creación del derecho positivo, entendido como un cuerpo legislativo único emitido y dictado por el Estado, es una elaboración que difícilmente se configuró antes del siglo diecinueve.
Por tanto, incluso años después de la Independencia, los referentes culturales de los jueces letrados no se distanciaban de la cultura grecolatina y bíblica citada una y otra vez por el derecho castellano.
Como portadores y continuadores de un saber, los hombres del juzgado se sabían insertos en una tradición a la que no pretendían innovar sino, más bien, repetir con precisión. Ellos se sabían compiladores y no aspiraban a una propia autoría, pues se sabían seguidores de una escritura heredada, el género judicial, a la que guardaban respeto. En esa  tradición legal el peso de la palabra manifestada, del testimonio vertido por la voz, era interpretado desde el horizonte de expectativas de una sociedad creyente en el vínculo verdad-fe-Dios.
Para reconocer algunos atributos de esa inmemorial comunicación erudita, se conservan libros dirigidos a los escribanos, profusamente consultados a lo largo de la colonia. Más de una decena de títulos, editados y reeditados, nos habla de la utilidad que tuvieron en su tiempo.3 Los manuales indicaban a los escribanos paso a paso cómo debían sustentar y dictar sentencia según la circunstancia: todo se hallaba allí registrado. Desde pleitos por herencia hasta traspasos o venta de algún bien, pasando por conflictos entre parientes o vecinos, los casos se resolvían en fórmulas previamente construidas desde un sistema de comunicación jurídico castellano medieval.
Como contraparte de aquellos manuales, tenemos los manuscritos conservados en los archivos, la casuística practicada desde ese “ámbito de comunicación derecho”. En los procesos y juicios individuales se siguió casi literalmente la secuencia dictada en aquellos manuales; iniciaban y terminaban con fórmulas y oraciones predeterminadas que eran copiadas de los manuales. Los escribanos calcaban las preguntas, método y orden para requerir la información de las partes
(Martínez López-Cano,  IX-XXIX), en fin, los legajos prefiguran cómo los hombres del juzgado aprehendían y practicaban el contenido de aquel lenguaje jurídico, haciéndonos ver que nada en los procesos legales era espontáneo.
El contenido legal distaba de ser positivo.  Al tiempo que todo estaba preestablecido en la literatura jurídica, la aplicación de la normatividad era casuística. Los escribanos y jueces recurrían una y otra vez a consultar los manuales en que se les dictaba el orden y método a seguir: cada uno de esos procesos legales se regulaba por una casuística y por el derecho común, y no por una ley aplicada homogéneamente, es decir, la singularidad, y no la universalidad, se hallaba presente en cada caso.
De entre los manuales para escribanos publicados a lo largo del siglo dieciocho, el de González de Torneo, La Práctica de Escrivanos, sirve de guía para introducirnos en el universo cultural de aquellos escribanos y jueces. Sus reediciones sugieren pensar en la vigencia que  para el siglo dieciocho tenían sus fundamentos grecolatinos y medievales. Los hombres del juzgado tenían claro que su manera de dividir el saber procedía de una tradición que se remontaba, al menos, al siglo XII con Santo Tomás de Aquino, autor que dedicó gran parte de sus textos a transportar las máximas aristotélicas y platónicas al ámbito religioso y explicar que el conocimiento y las maneras del ser, en última instancia, estaban determinadas por la voluntad del Creador, única fuente de la verdad. Por eso Torneo señalaba que antes de solicitar los testimonios, se debía encausar a los testigos hacia los principios divinos, a la auténtica verdad.  Esto explica la similitud entre el inicio de cada uno de los casos litigados en el juzgado con la leyenda que Torneo aconsejaba emplear: para que declare le recibí juramento por Dios Nuestro Señor  y la Santa Cruz bajo del cual prometió decir verdad en lo que supiere (59).
La palabra verdad no tenía en aquella sociedad tradicional el mismo significado que hoy le damos. En La Práctica, la verdad aparece ligada con la verdad divina; por ello en los hechos narrados ante el juzgado, lo primero que hacían los escribanos era:
suplicar a Dios Nuestro Señor, que los alumbre, para que sin pasión de odio, ni amor particular proceda. Porque es cosa el desear acertar, a que Dios hace grande ayuda. Y es razón pedirla, particularmente por ser cosa en que se trata de quitar honras, y vidas, y haziendas, y muy dificultoso porque no solo se requiere interpretar lo que los testigos dicen en lo que se escribe, sino aún sacar de ellos con propiedad lo que saben. Y yendo sin pasión, el entendimiento va libre y claro; porque como está dicho, hace Dios grande ayuda al deseo justo, y de acertar (59).
La verdad recabada en el juzgado dependía de la voluntad celeste que la guiaba: si Dios alumbraba a los testigos podían dejar de lado las emociones y “acertar” en sus testimonios.
Con pequeñas variaciones en la secuencia, los pleitos por propiedad iniciaban siempre con la fecha, la presentación del escribano, el lugar de procedencia, los nombres de quienes declaran, su lugar de origen, el juramento de decir verdad ante Dios, la exposición de los interesados, el testimonio de los testigos, la vista de ojos, la defensa de los acusados, en fin, la estructura argumental de cada legajo arrancar con alguno de estos puntos y terminaba con cualquier otro, pero invariablemente se repetía el esquema, guiado por el ritmo de un machote y aprendido en la academia por jueces y escribanos.
Casi nada era casualidad en ellos; todo era tomado, copiado y consultado de los manuales que remontaban a una tradición de siglos; desde la manera en que se distribuía su escritura sobre el papel, el sitio en que se ubicaban los sellos, las anotaciones hechas en los márgenes, el tamaño de las firmas, la disposición de las rúbricas, los encabezados que abrían cada juicio, la secuencia argumentativa hasta las frases empleadas, todo remite al sistema de comunicación que los produjo. De modo que las declaraciones de los indígenas, testigos y vecinos que asistían al juzgado eran vertidas oralmente en un molde elaborado previamente desde aquellos referentes culturales.
De las narraciones orales vertidas al testimoniar ¿qué fragmentos fueron seleccionados para quedar impresos en los manuscritos de los escribanos? ¿Desde qué criterios los eligieron? ¿Cuál era el papel de los testigos? ¿Cómo era entendido el acto de dar testimonio? ¿Qué relación existía entre este lenguaje oral y la trascripción impresa?
Parte de estas respuestas son sugeridas en los libros de cabecera, al enfatizar cómo debían acoger la verdad de las palabras de los declarantes.  Desde muy temprano a los escribanos se les dio un papel especial en relación con “las probanzas y recepción de testigos” en tanto eran a ellos a quienes los indígenas debían recurrir en primer lugar a declarar, es decir a atestiguar su verdad.
Quisiera detenerme en este punto, pues es sugerente para suponer cuáles eran los principios que vinculaban a los asistentes, letrados y no letrados, ante las instancias legales.
Libros como el de González de Torneo guardaban el significado de verdad en aquella sociedad tradicional y las implicaciones derivadas de su sentido: la palabra en estas circunstancias se hermanaba a un acto de fe. Cuando un hombre juraba, “daba su palabra”, un consenso previo, dado por el orden social, presuponía que la verdad se respaldaba en el honor y dignidad de quien declaraba. La misión de los escribanos era “interpretar” y “sacar con propiedad” lo que los testigos sabían, es decir su papel se restringía al de compiladores y no al de creadores. Ellos no pretendían ser autores originales de un escrito (Barry Sanders). Los legisladores eran, como tan claramente lo señala Jaime del Arenal, “prudentes de lo justo” su vínculo antes que con el derecho lo tejían con la virtud de la justicia. Fue con la modernidad cuando esta “visión romana como medieval” fue transportada hacia su nuevo significado: el de una ciencia de la normatividad no ya regida por virtudes, sino por preceptos (“Las virtudes… 26).
Los escribanos en aquel entorno continuaban la usanza de glosar  a las autoridades; su papel era de compilator es decir, quien componía su propio texto conformado por fragmentos de auctores.  Su papel, aún en el siglo dieciocho, no era el de ser historiadores omniscientes, es decir, que ver, oír y decir eran una y la misma cosa (Hartog, “El testigo...” 56).
Los escribanos se consideraban capaces de revelar la verdad a través de su saber, pues para ellos los testimonios se asociaban con la fuerza de la palabra bíblica y con la misión de transmitir “una experiencia que debía ser conservada como tal, en su singularidad...los cristianos no sólo van a hacer del testigo ocular una piedra angular de la Iglesia naciente, sino también del testigo, del testimonio y de su dramaturgia judicial una expresión de la Revelación...” (Hartog 51).
Y si Dios era quien dictaba y asignaba la verdad a las cosas, también el conocimiento, el entendimiento y la memoria lindaban con la divinidad. En la época la mentira no encarnaba del todo el “declarar falsamente con la intención de engañar”. El engaño más bien radicaba en la conciencia de la culpa; la mentira era reconocida por Dios y guardada hasta el juicio de muerte. Por ello los cristianos del siglo dieciocho antes de morir expiaban sus culpas donando bienes, o confesando mentiras en vida.
El juramento antes de declarar, pretendía alcanzar más francamente la verdad, pero lo cierto es que además estaba provisto de un aparato, jurídico, que hacía las veces de inquisidor: el simple acto de ubicarse en una instancia judicial daba a los escribanos y jueces autoridad para auscultar los probables encubrimientos. La verdad asociada a la divinidad y a la culpa cristiana era un criterio comprensible para todos, al que se sumaban el peso de la colectividad que detectaba, y en veces acusaba, los disimulos.
De modo que las tareas registradas por el Juzgado de Indios nos hablan de un saber muy anterior al que pretendió laurearse para las reformas ilustradas. Los testimonios orales iban de la mano con los recursos mnemotécnicos y con la presencia divina. Esa larga duración de la oralidad, también fue válida para Europa, como bien señaló Jacques Le Goff: “los efectos de la imprenta no se harán sentir plenamente sino en el siglo XVIII, cuando el progreso de la ciencia y de la filosofía haya transformado el contenido y los mecanismos de la memoria colectiva” (164).
Raramente los indígenas poseían escrituras de sus posesiones; con frecuencia declaraban haberlas perdido. Sus testimonios ante los jueces fueron verbales, por lo que la veracidad de su palabra se confrontaba también con la de los testigos. Sus títulos de propiedad desaparecieron quizá al decaer el uso de los “catastros unificados” en “escritura pictográfica/glífica dejando como recurso el consenso tan frecuentado a finales de la colonia, tal como los señala Lockhart (235).  Si los títulos de propiedad se habían perdido, las declaraciones orales bastaban para obtener uno, como lo fue el caso de una mujer que expresaba que: como por el transcurso de los tiempos se habían extraviado los títulos primordiales de dominio, pedí se me recibiera información de este particular y se me diera un documento que sirviera de título (AGN, Tierras, Vol. 1411, exp. 14, 1814). La información se vertía oralmente, sustentada en la memoria, con frases como la un escribano que declaró que: no habiendo instrumentos originales por haberse confundido se preguntó...a varios hombres peritos y ancianos de dicho barrio que conocieron de raíz a los abuelos, padres y demás parientes de los susodichos (AHAA, Terrenos, Vol. 4025, exp. 126, 1776).
Los testigos, generalmente vecinos que se conocían, fortalecían la palabra de los litigantes. Al presentarse al juzgado respondían a las fórmulas de los escribanos, añadiendo información de detalle que da pistas para entender la adecuación entre el saber erudito y el sentido común de las respuestas. En aquel sistema comunicativo los testimonios tenían mayor o menor importancia, dependiendo de quién hablara. No era lo mismo la declaración de uno de los “viejos del barrio” que de alguien que por casualidad se había enterado; del mismo modo no era lo mismo testificar si se había sido testigo ocular que si se había escuchado, por lo que aún menos fuerza poseía el declarar luego de haber escuchado a una persona que vio. Esto coincide con el Manual para Escribanos que aconsejaba guiar a los testigos del conocimiento empírico y sensible, al conocimiento inteligible. El primero provenía de los órganos sensoriales y de las sensaciones corporales, mientras que el conocimiento inteligible era parte del “entendimiento” y por tanto del conocimiento universal. Los juristas del dieciocho partían de que todo conocimiento era iniciado en la experiencia sensible.
Toda declaración se expresaba desde la “cierta ciencia, que es decir, que sabemos las cosas...y esta se recibe por cada uno de los cinco sentidos, que son, ver, oír, oler, gustar, tocar, con cada uno de ellos de la cosa que le es propia, como con el ver lo que pasa, como el oír lo que se dice, y cualquier ruido, y efecto, como oír un reloj, y cosas semejantes, en que no puede haber duda de qué pasó: con el oler, si lo que se olió, olía bien, o mal, porque lo olió” (González de Torneo 53).
Hablar de ciencia, es decir de vista y de experiencia; haberlo visto de cierta ciencia, son frases incluidas en el Manual referidas de boca de los testigos pero anotadas siempre por los escribanos. Por ello Torneo, guiado por la “Ciencia de Testigos”, aclaraba cuándo,  cómo y por qué las sentencias debían o no considerarse verdaderas, para ello debía tomarse en cuenta, decía, cómo expresan y prueban sus percepciones, si la declaración se respaldaba en el haberla percibido, en el haberla oído, o si se trataba de las percepciones que el pueblo tiene consideradas como ciertas y suple por cierta ciencia de los testigos, porque el admitirlas el pueblo, las califica para hacer probanza (57).
Los escribanos, decía Torneo, deben apartarse de las “superfluidades” y no olvidar que el oler, gustar y tocar eran una forma de conocimiento pero en estado primario. A excepción del ver y  del oír, sentidos vinculados a “cierta ciencia” de “haberlo visto”, el resto de los sentidos no tenían mayor validez al momento de testimoniar.  Los actores sociales que coincidían en el juzgado, eruditos o no, reconocían en el saber empírico y sensible la entrada para conocer el mundo. De modo que al testificar, tal como se deduce de los planteamientos de Hartog, el consenso precisaba el peso de la palabra según el sentido. Las  expresiones implicaban una forma de conocer a través de la vista, de declarar haber sido testigo del evento y de haber conocido por experiencia propia (“El ojo y el oído” 17).  La cierta ciencia de testigos que, al menos desde el siglo XII estuvo asociada con el conocimiento obtenido por la mirada y la experiencia sensible, recomendaba no confundir percepciones mal hechas por el pueblo con la “cierta ciencia de los testigos”.  Al interrogar el juez a uno de sus testigos, Juan Ignacio, éste dio fe de la manera siguiente:
que con el motivo de ser buen vecino de la que lo presenta, tiempo ha de doce años sabe, y le consta de vista, ciencia y paciencia, que es dueña de la casa que habita, la que hubo y heredó según tiene noticias de sus padres, por cuya razón la ha poseído quieta y pacíficamente.
Los testigos conocían todo sobre la situación del afectado: desde la ubicación del predio hasta  los ancestros “y demás parientes de los susodichos”, pasando por quiénes, cuántos y cuánto tiempo habían residido en el lugar en cuestión eran datos solicitados por los escribanos a fin de “hacer fe”.
A las palabras de los vecinos, el escribano añadía que le constaba “de vista, ciencia y paciencia”, remitiéndonos a cómo transfería la Ciencia de Testigos a los casos tratados en el juzgado. Para todos era una realidad aceptada que los testigos, vecinos del barrio, conocían con minucia el terreno o casa en litigio, al grado de que esperaban de sus declaraciones que pudiesen describir no solo la orientación y dimensiones de los solares, sino también quién y  desde cuándo habitaba en cada uno de ellos, si habían sido parientes, si los pleitos venían de años atrás, etcétera. Sin embargo, afuera de las paredes del juzgado nadie esperaba que los testigos supieran que la “ciencia cierta de testigos” remitiera a un mundo académico.
Las reflexiones de Francois Hartog, a partir de la distinción que señala para el mundo clásico entre la “ópsis”, es decir, el  saber algo por haberlo visto “con los propios ojos” y  la “akoé” el saber por “haberlo oído”, sugieren pistas para pensar a los escribanos dieciochescos. Al investigar sobre la relación entre verdad y testigo en la historiografía grecolatina,  Hartog se percató que “desde los filósofos jónicos hasta Aristóteles, pasando por los médicos y los historiadores, la vista fue considerada como herramienta del conocimiento” (“El ojo y el oído” 25). Sus propuestas sobre cómo se construye la idea de pasado, de verdad y de historia a partir de la memoria de los testigos, sugieren continuarse hasta el siglo dieciocho, antes de que fuera gestada la idea de objetividad, de constatación, en la historia.
La relación entre verdad y testigo nos induce a encontrar, una “constante epistemológica” sobre el conocimiento, a través de los sentidos, que “se fue transfiriendo hasta el siglo dieciocho”. Los testigos dieciochescos distaban mucho de considerarse portadores de la historia misma. Sus declaraciones estaban en relación directa con el papel de testigo “compilador” (“El testigo y el historiador” 55), que también jugaban los escribanos. La finalidad de los escribanos era recopilar y no crear de las narraciones escuchadas, su papel era reunirlas para que, en todo caso, fuese el juez quien las dictaminara.
Así los litigios de finales de la colonia nos remiten a un pasado lejanísimo en que el conjunto de la población parece haber hecho suyos los parámetros del “conocimiento verdadero”. Los indígenas, en su inmensa mayoría iletrados, se enfrentaban a una legislación impresa, coherentemente estructurada que brindaba a los escribanos los referentes para interpretar sus declaraciones orales. Así, los jueces, escribanos e indígenas compartían un  contexto cultural mediado por la oralidad.  Todos practicaban una verdad que repetía lo dictado por las autoridades, ya fueran los juristas clásicos para los letrados o el catecismo para los indígenas, pero lo cierto es que sus narraciones no debían dispararse del modelo autorizado por la normatividad de la época.
El consenso como certificación pública aseveraba y confirmaba la confianza de la palabra.  La voz vinculada a un acto de fe: creer en el otro por ser “hombre de palabra” fungía como base de cualquier transacción porque, como señalamos arriba, el honor era uno de los consensos sobre los que aquella sociedad construyó su realidad. Varios ejemplos de esto los hallamos en los tratos verbales entre vecinos que se traspasaban las tierras. Era usual que luego de que un propietario había aceptado del vecino dinero prestado consecutivamente, sustentando su futuro pago en la promesa de ceder la propiedad en que habitaba, llegara años después al juzgado a declarar las múltiples necesidades por las que había aceptado el dinero: enfermedad, pobreza, soledad, etcétera, y que debía ceder sus tierras por no tener ya con que pagar la deuda acumulada durante tanto tiempo.
Los testigos del juzgado no son más que una proyección general de la época. En aquella sociedad tradicional el manuscrito era para ser leído en voz alta o bien para ser memorizado (Margit Frenk). Práctica que se prolongó en la Nueva España hasta la primera mitad del diecinueve: al lado del manuscrito convivieron rasgos propios de la comunicación oral tales como el peso de la palabra, la mirada, la escucha o el rumor. La relación entre los hombres del juzgado y los indígenas se entablaba desde dos extremos: los letrados y los iletrados, pero ambos eran partícipes de esa comunicación oral que llevaba implícito que la palabra y la verdad significaban lo mismo para todos.
El significado de testificación hoy día, solicitar la voz de otros para certificar,  distaba por mucho del sentido de ser testigo a finales del siglo dieciocho. Por más rutinario que pueda parecer tal acto o incluso igualarlo a la actual “información sumaria”, considero que no son comparables en tanto el contexto referencial desde el que hablaban los testigos entonces no es semejante al presente. Entonces los testimonios estaban mediados por Dios, la culpa, la mirada, el oído, la memoria o conservar el equilibrio social.  Ese testigo, que fungía semejando un cargo de honor, evocaba prestigio y no solo, como expresan hoy los diccionarios, “el papel de una persona que asiste a otra”.
El consenso era parte de lo dado o, mejor dicho, de lo que no era interpretado: la palabra se asemejaba a un acto de fe. Una aseveración no era obligatoriamente constatada, pues un juez por encima de todos, Dios, tenía la omnipotencia de juzgar. Los individuos testificaban a sabiendas de que la falsedad los haría caer en pecado. De la misma manera que el impreso brindó la posibilidad de que el hombre construyera una relación directa con la palabra sagrada (Le Goff), la difusión del escrito permitió corroborar y generar opiniones, discernir. Así, el consenso de la palabra de alguien que declaraba estaba asociada con ser testigo, con la fe, con la verdad y con el juicio: cada palabra remitía a una realidad compartida y era partícipe de una valoración única que circulaba por medio de la comunicación oral. Pero del arte de la palabra y la memoria, se pasaría a la capacidad de confrontación. La difusión del impreso creó a posibilidad de corroborar y de crear opinión.
 
3) TEATRALIDAD Y ORALIDAD, ACTOS PREVIOS A LA ESCRITURA.
En esa sociedad tradicional regida por la memoria, el rumor, el testigo, el acto de fe y el honor como fórmulas de uso cotidiano se usaban gestos normados por la comunicación cara a cara en donde las genuflexiones, reverencias, modales, gestos corporales, frases preestablecidas y aspecto físico marcaban el sitio desde el que se actuaba y el lugar al que se pertenecía; una sociedad en que las distancias entre cuerpos se indicaban no por la separación funcional del espacio, sino por el dominio de ese saber gestual al que se pertenecía (Richard Sennett).
Además de esa mímica, históricamente situada, el lenguaje guarecía valores que formaban parte del orden colectivo y del sentido común, por lo que eran enunciados, explicitados, solamente cuando algún actor quería subrayar algo obvio.  Un ejemplo de esto sería la respuesta de una mujer que vendió parte de su solar a un italiano con quien nunca delimitó, tal como se usaba en la época, las fronteras de su propiedad. Años después, cuando la especulación urbana y el sentido de propiedad privada tomaron mayor fuerza, aquello se convirtió en una auténtica riña. Luego de muchos avatares, el extranjero Marioni acusó a Cayetana de que un amigo suyo, “un tal Escalona”, llegaba a insultarlo con “palabras furiosas y denigrativas”. La respuesta de Cayetana subrayó lo obvio que era que esa persona la defendiera:
Escalona es mi compadre de Bautismo, y pariente muy inmediato...y por estas relaciones, se ha esmerado en protegerme en el trato que como tan allegado he tenido siempre con él
(AGN, Tierras, vol. 1064, exp. 4, 1781).  Implícito se hallaba que por ser “pariente” tenía derecho a insultar al italiano, mostrándonos la importancia del parentesco en aquella sociedad. En otra situación Cayetana no tendría que haber hecho explícito que como mujer sola que ella era, resultaba natural que su “compadre de bautismo” –por documentos posteriores sabemos que también fue su amante- se metiera en el pleito.
Expresiones como estas eran enunciadas cara a cara ante escribanos y jueces en medio de una comunidad que estaba perfectamente enterada del conflicto de que Cayetana se había guardado muchos años de llevar su disputa al juzgado. Todos eran participes de los ilocusionarios, las intenciones, contenidos en aquella sintaxis oral. El equilibrio colectivo estaba dado por una población vigilante que implícitamente autorizaba quiénes, cuándo y cómo traspasar las propiedades. La voz, la mirada y también el gesto eran pilares del sistema comunicativo del que formaban parte tanto la gente no letrada como los lenguajes especializados.
Desde estos supuestos, la población hacía uso de una teatralidad en que los acuerdos implícitos, no escritos, prevalecían como formas de comunicación social, aun cuando los indígenas advertían la normatividad impresa de la que sus ancestros se habían servido por casi tres siglos. Aquí quiero centrar la atención en los ritos de posesión, en esa teatralidad concerniente a una sociedad pre-letrada, que acompañaba a la venta o arrendamiento de tierras. Siguiendo a David Olson he supuesto a esa mímica parte de las formas de comunicación propia de una cultura de “oralidad primaria” como lo podrían ser los indígenas que se presentaban ante el juzgado. Mientras que la comunicación oral empleaba recursos nemotécnicos para construir su forma de comprensión del mundo, la escrita confronta los textos y exige argumentos. La teatralidad formaría parte de los recursos para acrecentar y fijar la memoria colectiva, lo cual nos llevaría, entre otras cosas, a suponer que a finales del siglo dieciocho convivían personas capaces de conocer el mundo desde ambas experiencias.
Veamos algunos ejemplos de esto.  En 1722 el “Ministro de la Real Sala del Crimen de esta corte” amparó “la posesión” de una “casa y solar”. Para ello midió el terreno y luego, como era costumbre, “cogió por las manos a los dos…los paseó por ella,  hizo arrancarles yerbas y tirar piedras y los entró en dicha casa abriendo y cerrando puertas y ventanas y haciendo otros actos de verdadera posesión para que de ello no sean desposeídos sin ser primero oídos y por fuero y derecho vencidos ( AHAA, Terrenos, Vol. 4025, exp. 126, 1776).
La caminata alrededor de la casa o aventar hierbas y piedras tenía como fin dar posesión, de modo tal todos los presentes recordaran a los nuevos ocupantes. Esto garantizaba que en adelante no podrían ser despojados sin antes ser escuchados y luego por fuero y derecho vencidos: como vemos, la prioridad se centra en la escucha, en la comunicación cara a cara y a continuación le siguen el fuero y derecho. Esto sugiere la importancia secundaria del escrito al momento de teatralizar las posesiones.
Otro rito de posesión, registrado para 1776, refiere a un terreno en Santa Cruz Cuauhtzingo:
…y entregamos al subcitado el sitio y camellones, le hicimos arrancar hierbas y tirar piedras y demás adiciones necesarias de justicia según las leyes (AHAA, Terrenos, Vol. 4025, exp. 126, 1776).
Igualmente el texto sugiere que después del rito se seguirían las “adiciones necesarias de justicia”, pero lo importante de esto es el alcance del cuadro y de la actuación  para finiquitar procesos jurídicos. Por escrito el juez emitía un título en que asentaba la posesión, sin embargo -si añadimos elementos externos al documento como el que la mayoría de los propietarios no poseían escrituras o traspasaban verbalmente sus fincas-, queda la impresión de que el clímax del traspaso era precisamente la teatralidad que lo acompañaba. La parte en que los ocupantes tiraban piedras, cortaban pasto y lo aventaban, abrían puertas y ventanas o se agarraban de las manos, ocupa el centro de la narración ¿De qué nos habla esa teatralidad? ¿Esos gestos suplían formas de comunicación escritas? ¿A quiénes iban dirigidas las intervenciones?
Si seguimos el argumento de Olson de que la “escritura creó un texto fijo original y objetivo” contrastándose así lo “dado” de lo “interpretado”, podríamos partir de que en aquellas transacciones ambos momentos iban de la mano. Los ritos de posesión se actuaban ante un público determinado a fin de crear una impresión. Entre los espectadores había unos cuantos letrados –abogados, relatores, ministros, escribanos, alcaldes, curas e intérpretes- pero la gran mayoría eran los vecinos e indígenas de los barrios que declaraban no saber escribir.
La propuesta de Clanchy resulta sugerente para explicarnos la simultánea existencia del mundo letrado con el analfabeta y de la escritura con la teatralidad. Esas actuaciones formaban parte de una cultura paralela al documento y al saber especializado que depositaba. Dos lenguajes, uno referido al discurso jurídico y otro ajeno al uso de conceptos abstractos, fincaban intereses en el mismo objeto: la propiedad en cuestión. Esto querría decir que en aquel sistema de comunicación ambos lenguajes eran capaces de coincidir y acordar, aún cuando cada una reconocía en qué figura materializaba el acto de posesión. Probablemente una diferencia sustancial de esto radicaba en que el documento escrito se proyectaba a un futuro lejano, mientras que la imagen conservada en la memoria se sabía en una temporalidad, tal como lo señala Le Goff, no mayor a cien años: el alcance máximo de una vida.
El impacto de las actuaciones se encaminaba a la memoria de los asistentes que en adelante, de ser necesario, podrían fungir como testigos y declarar “haber visto de ciencia cierta”.  La actuación fortalecía a la letra, tanto como la letra se fortaleció conforme avanzaba el siglo diecinueve. Permítaseme ilustrar lo anterior con un ejemplo más. A finales del siglo dieciocho, en un pequeño poblado dependiente de Ixtacalco, causa sorpresa un ritual de posesión. A las nueve de la mañana diecinueve personajes, que en su época eran considerados autoridades -más algunos que son referidos como “otros naturales de la misma vecindad”,  como los “naturales de Santa Ana”, o bien como “otros varios oficiales de República”-, embarcaron en una canoa para celebrar un arrendamiento. Ahí solo se llegaba por agua por lo que ”todos entraron…en unas canoas para pasar por la Acequia Real” y alcanzar “la orilla del  dicho Potrero” a fin de celebrar el “derecho en posesión real (AGN, Tierras, Vol. 1220, exp. 2, f. 42, 1781)
Imaginar al abogado de la Real Audiencia y Relator del Juzgado General de Naturales; al guarda de la Viga; al Ministro Ejecutor de dicho Juzgado General; al Escribano del Juzgado; a Don Marcos el arrendatario que tomaría posesión del Potrero rematado por los naturales del barrio; al Alcalde de Santa Ana; al Escribano de Santa Ana; al cura, al gobernador, al alcalde ordinario y al alcalde de barrio del pueblo de Ixtacalco; al alcalde del barrio de la Mixiuca; al Intérprete General de la Real Audiencia y a “otras muchas personas”, montados todos en trajineras para cruzar la Acequia Real y llegar a dar posesión de una ciénega, resulta un pasaje muy lejano a nuestros ojos y muy posible de ser visto desde el presente como un festejo más folklórico que un evento de carácter jurídico. Sin embargo, aquello era un acto desde la ley y actuado por los hombres en el poder. Y si el entorno nos remite a prácticas que nuestro contemporáneo sentido común insinúa fuera de sitio, el acto mismo de la celebración evoca a una sociedad que no le daba a los manuscritos firmados una autoridad suprema.
Comenzando el acto de Posesión le hizo entrega Don José García Escalante anterior arrendatario a Don Marcos de Arteaga de este primero lindero en donde dándose por entregado, le tomó de la mano el expresado Ministro Ejecutor Don Antonio Gerardo Ponce de León, y entrándole como le entró en nombre de su Majestad (que Dios guarde) y sin perjuicio de tercero que mejor derecho en posesión real...De la referida ciénega o Potrero la que aprehendió dicho Don Marcos quieta, y pacíficamente sin contradicción de persona alguna y en señal de ella arrancó yerbas, e hizo otros actos de verdadera posesión
(AGN, Tierras, Vol. 1220, exp. 2, f. 85, 178).
Esos ritos de posesión evocan tiempos tan  pasados como los que refiere Clanchy para Inglaterra cuando afirma que tales gestos eran para imprimir el evento en la memoria de todos los presentes (54). También para Ixtacalco se manifiesta la fuerza del recuerdo como aglutinante; la actuación haría recordar a los asistentes que Don Marcos Arteaga era el nuevo arrendatario. La diferencia entre la posesión mediada por la comunicación oral y la posesión creada desde el lenguaje escrito radica en dónde se centraba la solemnidad del acto.
Aunque en todo acto de posesión, incluso actualmente, se entrega una cosa -en este caso la tierra-, hay un elemento clave que diferencia ese acto en una sociedad prealfabetizada de cómo culmina en una cultura dominada por la escritura: se trata de la solemnidad que los reviste. Al igual que en el presente, en la época colonial desde el objeto, hasta la licitud, pasando por el consentimiento eran elementos para elaborar un contrato de venta, sin embargo uno de ellos, la solemnidad, se basaba en un principio diametralmente opuesto al que se en una sociedad determinada por la escritura. En ésta para cualquier persona el punto culminante para cerrar una transacción sobre propiedad sería la obtención de un escrito  sellado y reconocido ante la instancia por excelencia, que es el notario. En el reinado de la comunicación oral esto no era tan claro4. Contados eran los que poseían títulos de propiedad, de modo que  la solemnidad del acto no forzosamente resultaba en la obtención de una escritura reconocida ante el notario; es decir, a pesar de que en ambas sociedades se hiciera entrega de una cosa, los fundamentos sobre los que se asentaba la validez distaban por mucho de ser iguales.
La solemnidad del acto no culminaba en la emisión de la escritura, sino en aquel momento teatral. La escritura parece haber sido tan solo una parte de la celebración del acto público. La pregunta que se deriva de aquí es cómo el incremento de la cultura escrita provocó cambios en esas prácticas culturales de larga duración y hasta cuándo podríamos considerar que persistieron aquellas formas mediadas por la comunicación oral, de las que también formaban parte el pertenecer a determinada comunidad, como la enunciada por el representante de la colectividad de Ixtacalco: vendemos por nuestro gusto y voluntad por estar sirviendo al rey nuestro y le damos la posesión por ser hijo del barrio y no advenedizo (AGN, Tierras, Vol. 1404, exp. 17, 1785-1809). Los vecinos del entorno excluían a los advenedizos, quienes no eran dignos de participar de su memoria colectiva y esto se inscribía también dentro de un lenguaje no escrito, sino gestual.
De una colectividad en que los forasteros eran claramente identificados -se sabía si eran parientes de algún vecino, si eran recién llegados al barrio, si habían mantenido vínculos de tiempo atrás-, en que la palabra prevalecía al impreso y en que los indígenas asistían al juzgado reconociendo las normas sin saber escribir. Si, reiterando, sólo algunos indígenas tenían títulos de propiedad -pues siempre manifestaban haberlos perdido o no tenerlos-, pero eran incapaces de leerlos ¿qué podríamos concluir? 
Que la fe, la memoria de ciertos testigos y la voz de los ancianos eran un principio de realidad incuestionable. La veracidad que tenía la palabra seguramente causaría extrañeza en nosotros. Así, el auge del documento impreso como respaldo de la posesión sugiere pensar en el declive de esas prácticas culturales antaño comunes y corrientes. Esto nos llevaría a compartir la idea expresada por varios autores de que la difusión y empleo de la comunicación escrita transforman hábitos, costumbres y creencias en las sociedades.
En aquel entorno comunicativo se empleaban recursos coligados a las sociedades orales, tal como podría deducirse de los planteamientos de Roy Harris: el simple hecho de que la escritura –a diferencia del habla- no pueda ser comprendida por todos los miembros de la sociedad es un hecho que en sí mismo da origen a cierta distribución social de la habilidad, y por ende instituye un conjunto de valores asociados (54). Un caso de esto sería la frase enunciada en el siglo dieciocho por una india viuda cuando al pelear su posesión solicitaba que: “...se digne mandar que por cualesquiera persona decente que sepa leer y escribir, se notifique a la nominada...me satisfaga lo restante a los veinte pesos que ha recibido (AGN, Tierras, Vol. 906, exp. 16, 1767). Lo anterior era  inherente a una estructura de sociedad estratificada; la gente se reconocía sin saber leer y escribir porque la idea de la difusión del impreso no era aún generalizada. El saber jurídico se desempeñaba en un contexto, entre hombres específicos y reconocidos como autoridades, lo cual desde luego no significa que tal hecho pueda ser traducido en términos de mayor o menor alcance de racionalidad. Lo único que reitero es que en aquella sociedad de antiguo régimen el saber escrito corría paralelo al oral, por lo que era un gesto unánime, seguramente sin el acentuado sentido peyorativo que tuvo desde fines del siglo diecinueve, el que alguien solicitara ayudar de una “persona decente que sepa leer y escribir”.
En aquella estructura social jerarquizada el saber jurídico no se había desprendido de sus postulados tradicionales.  Los hombres se reconocían como vecinos, tanto como sabían quiénes sabían leer y escribir. Al llegar al entorno del juzgado, los analfabetas no se distinguían en el término peyorativo de ignorancia; ellos eran portadores de un sistema de comunicación oral aún vigente, que era practicado por una gran mayoría. Los indígenas “aprehendían” los principios judiciales desde su sistema de comprensión del mundo; sabían leer los gestos de jueces y escribanos, interpretaban el contenido de los documentos que se les leían en voz alta o bien acertaban en los argumentos -asesorados quizá por alcaldes y protectores de indios- con que lograrían finalmente sus transacciones.
El rol de los indígenas de traspasar sus tierras haciendo el papel de “víctimas”, explica por qué argumentaban de inminente la obligación de ceder sus propiedades, forzados por un sin fin de restricciones; se trataba de una adecuación de los postulados jurídicos prevalecientes que -en un juego de prohibición tolerancia- en que mostraban que más allá de su voluntad de traspasar, sus propiedades, era una obligación hacerlo. Aunque no leyeran o escribieran los indios estaban informados sobre cuáles eran las respuestas y actos pertinentes ante el Juzgado: para vender recurrían a argumentos tales como vejez, pobreza, soledad, etcétera, como si de antemano supieran que ante tales argumentos los jueces no rechazarían la operación. Y efectivamente esas eran causas por las que los jueces, desde su discurso, justificaban los traspasos. Esas justificaciones, que quizá conformaban parte del saber mnemotécnico colectivo,  asociadas a la teatralidad y gesticulaciones, conformaban aquella estructura social tradicional que se desempeñaba en el entorno jurídico. En suma, el juzgado como un contexto delimitado, ha servido para considerar  la persistencia de la comunicación oral mucho más allá de lo supuesto por algunos historiadores. Aun cuando los grupos actuantes percibían al entorno jurídico desde vértices distintos, fueron capaces de culminar tratos ¿debiéramos considerar entonces que la retórica, la gestualidad, la teatralidad y la comunicación cara a cara, bien podrían ser parte obligada para efectivizar cualquier diálogo?

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REFERENCIAS DOCUMENTALES
 
Archivo General de la Nación (AGN)
Archivo Histórico del Antiguo Ayuntamiento (AHAA)

1  ...los documentos legales presentados a la Real Audiencia...son tratados aquí como una forma de narrativa, como un compendio de historias dramáticas y ficciones cuidadosamente creadas, enraizadas en conflictos y enfrentamientos reales... Más que simplemente emplear los registros legales pretendiendo alcanzar la 'verdadera' realidad de la vida indígena colonial temprana, este capítulo emplea el análisis textual cerrado para rescatar presunciones, actitudes y percepciones subyacentes...” (Susan Kellogg, 38. La traducción es mía).

2Remito a algunas publicaciones en tanto servirían de guía para elaborar una investigación detallada sobre el punto. Los artículos contenidos en el libro La supervivencia del derecho español en Hispanoamérica durante la época independiente, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, México, 1998. Anzoátegui, Víctor Tao, “La noción de ley en América Hispana Durante los siglos XVI a XVIII”, Anuario de Filosofía Jurídica y Social, Asociación Argentina de Derecho Comparado, Sección Teoría General No.6, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1986. Arenal Fenochio, Jaime del “Las virtudes del jurista”, Revista de Investigaciones Jurídicas, Escuela Libre de Derecho, Año 21, No. 21, México, 1997; Arenal Fenochio, Jaime del “Derecho de juristas: un tema ignorado por la historiografía jurídica mexicana”, Revista de Investigaciones Jurídicas, Escuela Libre de Derecho, Año 15, No. 15, México, 1991. Dougnac Rodríguez, Antonio, Manual de Historia del Derecho Indiano, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, México, 1994. Lira, Andrés, “La extinción del Juzgado de Indios”, Revista de la Facultad de Derecho, XXVI, Ene-Jun, No. 2, UNAM, México, 1976.

 

3Los libros para escribanos son diversos. Cfr. Pedro de Sigüenza , De Cláusulas Instrumentales,  Hermandad de San Jerónimo, 1767; José Febrero, Librería de Escribanos, Madrid, 1783 (Este manual fue reeditado al menos en ocho ocasiones, entre 1778 y 1802); Fray Diego Bravo, Manual de Escribanos, Imprenta Nicolás Rodríguez, Sevilla, 1640; José Juan y Colom, Instrucción de escribanos en orden a lo judicial, Compañía de Impresores y Libreros del Reino, Madrid, 1775; Diego Bustos y Lizares, Cartilla Real Theorica práctica según las leyes Reales de Castilla para escribanos, notarios y procuradores, Imprenta Pedro Marín, Madrid, 1778.

4En  términos jurídicos los elementos esenciales de todo contrato serían el Objeto, el Consentimiento, la Solemnidad y el Motivo o Licitud. Traspuesto esto a nuestro análisis cada elemento correspondería respectivamente al Terreno, a la Aceptación de vender, a la Solemnidad del acto (el rito de posesión) y a la susceptibilidad del objeto de estar en el comercio.

 

Este ensayo fue publicado en la revista Alter Texto Nr 7. Depto de Letras. UIA. Enero-Junio 2006






 
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