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ENSAYO
     

 

 

El Panóptico del Azar

Christopher Domínguez Michael

 

 

 

El amasiato entre el juego y la cultura fue pudorosamente ocultado por los filósofos durante siglos. La evidencia de que el hombre, por encima de todas las cosas, juega, acaso era tan obvia que pasaba inadvertido, como la famosa carta robada del cuento de Edgar Allan Poe. Fue el historiador holandés Johan Huizinga quien empezó a llenar ese vacío con un libro que desde su título era ya un programa: Homo ludens (1932). El hombre no sólo piensa y hace, sino juega.

 

Juegan sus dioses como los niños y todos los hombres. Huizinga definió esa ontósfera lúdica: “El estadio, la mesa de juego, el círculo mágico, el templo, la escena, la pantalla, el estrado judicial, son todos ellos, por la forma y la función, campos o lugares de juego; es decir, terreno consagrado, dominio santo, cercado, separado, en el que rigen determinadas reglas (…) He aquí otro rasgo positivo del juego: crea orden, es orden. Lleva al mundo imperfecto y a la vida confusa una perfección provisional limitada. El juego exige un orden absoluto (…) Entre las calificaciones que suelen aplicarse al juego mencionamos la tensión. Este elemento desempeña un papel esencialmente importante. Tensión quiero decir: incertidumbre, azar.”1

 

El crítico francés Roger Callois, en Los juegos y los hombres. La máscara y el vértigo (1967), reprochó a Huizinga la escasa relevancia que otorgó en Homo ludens a los juegos de azar, añadiendo el papel de la suerte, tan distinto de la antigua fortuna. La suerte es para el moderno, habitante de un mundo en apariencia sin dioses, la única forma resplandeciente de la injusticia. Es decir, del favor gratuito y merecido que se burla del trabajo, del ahorro, de las privaciones sufridas en busca del bienestar. Eso dice Callois.2

 

Un siglo atrás, el olvidado economista norteamericano Thortstein Veblen (1859-1929) hubiera aplaudido, pero desde la irónica perspectiva puritana, esa herejía de la suerte que apasionaba a Callois. La teoría de la clase ociosa (1899), un libro que ´solo Borges ha recordado entre nosotros, es una refutación del optimismo liberal o marxista. Veblen advierte que el diseño de la economía capitalista se dirige hacia el sostenimiento de una  clase ociosa y de su servidumbre vicaria, manifiesta a través de ese progreso impudictivo  del que habló Gabriel Zaid en México. Entre la galería de ociosos analizada por Veblen, que incluye al derrochador, al criado, al rentista, al burócrata o a la mujer adinerada, no podía faltar el jugador, pues “la inclinación a los juegos de azar es otro rasgo de ese temperamento bárbaro” que distingue a la economía moderna.3

 

A finales del siglo XIX, cuando escribe Veblen, todas las literaturas occidentales, incluyendo a la mexicana, reprueban el juego, obsolescencia de una Edad Aristocrática que burguesía y proletariado condenan por igual –aunque todos jueguen en casinos y garitos-. Según la investigación realizada por Álvaro Vázquez Mantecón,4 nuestra literatura como país independiente comienza con el famoso Periquillo transformado en tahúr. El Periquillo Sarmiento (1816) de José Fernández de Lizardi (1776-1827) es una forma degradada de la novela picaresca, actualizada con audacia para fines políticos. La afición del último pícaro novohispano por los naipes complementa su repulsa de la “sociedad colonial” mediante otra exaltación de la marginalidad. Desde la picaresca, nuestro Periquillo utiliza las barajas y sus albures para hacer costumbrismo entre los cócoras, esos viciosos a quienes Fernández de Lizardi acaba por espetar la proverbal amenaza moralizante.

 

Alrededor del azar, asegura Vázquez Mantecón, toda la nueva sociedad mexicana “echaba albures en la vía púbica, a escondidas de los serenos y gendarmes”.5 Para los léperos y los pelados estaba la pulquería como templo de la suerte. En esos mismos andurriales se refugiaba la gente decente, que en salones reservados ilustraba la compulsiva movilidad social decimonómica: si un soldado corso –Bonaparte- había llegado a ser Emperador del Universo, cualquier señoritingo podía recorrer el camino inverso y, durante una noche a la semana, convertirse en excursionista de los bajos fondos. Tanto el grabador italiano Claudio Linati (1790-1832) como Guillermo Prieto (1818-1897), el cronista por antonomasia, ilustraron ese mundo tan deplorado como persistente que malvivía jugando con las barajas floreadas. En torno a ellas estaba el fraile irredimible, el mílite de diverso grado, los artesanos ladinos y tras ellos, las cantaoras y las suripantas.

 

Hacia los años treinta del siglo XIX, el café se expandió en Occidente como espacio social. Allí se practicó el ajedrez, las damas chinas y el dominó, que tampoco se salvaron de los bandos prohibitivos, tan reiterados como inútiles, publicados por las autoridades, como el de 1832. Pero sitios de sano esparcimiento como La Sociedad del Progreso, El Café del Sur o La Gran Sociedad tampoco se salvaron de la doble condena, liberal y conservadora e librepensadora y eclesiástica. La sociedad política decimonónica insistió, con tierna impericia, en erradicar sitios de reunión ajenos a la misa o al cenáculo de oradores. El jugador negaba el trabajo honrado. Y para no dar de qué hablar, los ricos capitalinos empezaron a organizar veladas ludomaníacas, con derecho de admisión y alguna discreción, en sus fincas veraniegas de San Ángel, Mixcoac o Coyoacán.

 

El juego se sofisticó, preludiando a los modernos “estrategia” o “turista”, de tal forma que tuviesen acceso a éste los niños, los viejos y las mujeres, estas últimas ya adictas a la mantilla o al tresillo. Astucia, el jefe de los caballeros de la hoja o los charros contrabandistas de la rama (1865-1866), la vasta novela de Luis G. Inclán (1818-1879) sugirió variantes ingeniosas y localistas, como el propio juego de los “charros contrabandistas”. No faltaron –sigo a Vázquez Mantecón, variaciones patrióticas y contemporáneas como jugar al Sitio de Puebla o al Sitio de Sebastopol.

 

La baraja, en un país cuyo gobierno monopolizó hasta 1850 la producción de naipes, está presente en toda la literatura secular, desde Inclán hasta Los bandidos de Río Frío (1888-1991) de Manuel Payno (1812-1894), pasando por Prieto y los cronistas de la escuela, sin olvidar a eruditos como don Antonio García Cubas, o a esos viajeros extranjeros en cuyas memorias se advierte la sorpresa por la incidencia, no pocas veces rematada con sangre, de la ludomanía mexicana. Las condesas Calderón de la Barca y Paula Kolonita se alarmaron al ver mujeres apostando a los gallos.

 

Quisiera que un Jeremy Bentham nos explicase por qué la sociedad de las Luces inventó ese Panóptico de Azar que son las loterías estatales. El emperador Iturbide dio continuidad a la Real Lotería novohispana, rebautizada como Lotería del Estado. Se pretendía que el Vicio pagara impuestos a la Virtud: utilizar la inaprensión del apostador para las obras pías. En 1843 la crónica insolvencia gubernamental obligó a la cesión de la Lotería a la Academia de San Carlos. Al fin Benito Juárez ratificó el monopolio estatal del Azar; la Lotería Nacional, benemérita como él, las loterías particulares, competencia desleal, fueron reprimidas, otra vez sin mayor éxito. Hasta la fecha, la secretaría de Gobernación “interviene” en los sorteos privados para garantizar su imparcialidad y el pago al fisco por parte del ganador.

Indios de la Sierra de Oaxaca en juego de naipes
Anónimo. Siglo XIX



 

Esa segunda mitad del siglo XIX que aquí comienza cabalmente con el Porfiriato, ratificará la transformación detectada por Huizinga. La burguesía abandona el casino y se traslada al hipódromo y a su Jockey Club, y casi al mismo tiempo se comienza a practicar la esgrima, la lucha, el box y el futbol… Occidente  apuesta por el deporte y la higiene: el azar se adecua al orden reglamentado de los cuerpos. El acto de apostar –sin  que se esfume el garito- se desplaza con toda legitimidad al hipódromo, ya sea en Indianilla o en lo que hoy es la Colonia Condesa. Mientras Tiburcio Montiel, gobernador de la ciudad de México en 1873, recorría la noche capitalina para cerrar personalmente los antros, la nueva literatura, pasando del romanticismo al modernismo, condena el vicio exaltando sus emocionantes consecuencias. Julio Sesto (1879-1960), en La bohemia de la muerte (1920), exageró complacido al hablar de 86 escritores, pintores, músicos y actores mexicanos consumidos por las enfermedades venéreas, el alcohol y las drogas, el suicidio y el homicidio, y desde luego, por el vicio de jugar.

 

El panfleto de Sesto es una condena hipocritona y alarmista de moral artística del fin du siécle. Ya la había hecho Vicente Morales en Gerardo, Historia de un jugador (1874), novela punitiva prologada por el poeta Manuel Acuña… el más famoso suicida de nuestra pobretería romántica, quien firmó su texto exactamente veinticuatro días antes de darse muerte, el 6 de diciembre de 1873. La moral finisecular, que con una mano firma condenas y con la otra parte la baraja, queda retratada en ese  episodio

 

La transición entre idolatría decadentista y el deportivismo del nuevo siglo está, sin duda, en las memorias de José Juan Tablada, -La feria de la vida y Las sombras largas- donde el gran poeta (1871-1945), que nació modernista y murió en la vanguardia, conoció a fondo la bohemia de la suerte para deturparla y exaltar después al box y al automovilismo. La Santa Alianza del siglo XIX contra los juegos de azar, por más ineficaz que haya sido, unió a la Iglesia y al liberalismo, a la novela naturalista y a los poetas modernistas, a los nuevos radicalismos y a la ciencia médica.

 

Ningún escritor mexicano –y muy pocos en el resto del mundo- escribió una novela como El jugador, donde Dostoievsky utiliza la suprema y escasa psicología literaria, mostrar cómo ocurren las cosas antes de decir por qué suceden.

 

La Revolución Mexicana tuvo entre sus enemigos más contritos al poeta Enrique González Martínez (1871-1952), quien se arrepintió, con una honradez inusual, de haber servido a Victoriano Huerta, aduciendo miedo e ignorancia. Pero en sus memorias (El hombre del búho) La apacible locura, 1945, leemos un arrepentimiento más íntimo y conmovedor. El probo doctor González Martínez se desvela jugando al póker hasta que una mirada reprobatoria de su hijo lo alejó para siempre de las mesas verdes.

El juego de rayuela
Manuel Serrano. Siglo XIX



 

El estado de ánimo de González Martínez concuerda con el espíritu de la época. La Revolución recordó a los letrados formas de barbarie y vileza que ignoraban; las ruletas rusas reseñadas por Rafael F. Muñoz o la impunidad política y crematística de los caudillos revolucionarios denunciada por Martín Luis Guzmán iba más allá del respeto al decoro burgués. José Vasconcelos, queriendo lavar la sangre de la cara de México, programó sus misiones educativas para alejar de su vista su propia juventud decadente.

 

Condenó al jugador, a la víctima indiferente de las enfermedades venéreas y al toxicómano. Ofreció a los jóvenes, a cambio, el libro, la tabla gimnástica, el trabajo social. Inclusive, una de las únicas prohibiciones que Vasconcelos alentó desde la Secretaría de Educación Pública fue la de las corridas de toros. El maestro de América fue enemigo de la clase ociosa y encontraba, con Veblen, en los juegos de azar, un testimonio de irreligión y barbarie.

 

Las revoluciones se hacen para imponer un nuevo orden y los órdenes alternos, como el juego, resultan incómodos. Tendrían que venir las  juguetonas vanguardias para reivindicar al azar como celebración profana o sagrada. Salvador Novo, novator en tantas cosas, ofreció en la Defensa de lo usado (1938) el disfrute de los nuevos juegos de la técnica como alternativas de liberación; la radio, la discografía y el cine, sobre todo el cine, ese juego sin apuesta. En esos años, un periodista injustamente olvidado, José Alvarado (1913-1974), escribió una pequeña “Poética del azar” que reivindicaba, como ya lo había hecho Tzara, Breton o Huidobro, el lenguaje y la poesía como los nuevos escenarios del juego. No es extraño que un amigo suyo, nada menos que Octavio Paz, regresase del París surrealista para titular, mexicanísimamente, ¿Águila o sol? (1950) a una fabulosa colección de poesía en prosa.

 

A mediados de los años sesenta, el propio Octavio Paz prologará la autología Poesía en movimiento recurriendo al I’Ching. Y los poetas más jóvenes, hacia 1980, proyectarán una lotería poética donde cada bardo escogería una figura de las viejas ilustradas. El libro nunca apareció. Pero inspirados por ese motivo, David Huerta, Ricardo Yáñez y Alberto Blanco escribieron versos memorables.

 

El juego de azar pertenece, en el siglo XIX, al álbum de costumbres, mientras que durante la vigésima centuria se refugia en dos extremos: el laboratorio verbal del poeta o las diversiones televisivas de las masas. El vendedor de lotería, con su estanquillo, permanece y permanecerá, aún cuando la suerte virtual o el falso azar de la bolsa de valores lo tornen un tanto obsolescente. Pero la invocación a la suerte navega sin fatiga, cada minuto, por esa televisión donde los banqueros y los mercaderes ofrecen la escasa y anhelada injusticia.

 

Las escenas de jugadores y casinos se pierden en muchos libros de la narrativa mexicana moderna: en Rodolfo Usigli (Ensayo de un crimen, 1944), en varias de las novelas punitivas de Luis Spota, en Vicente Leñero (Los albañiles 1964), o en Jorge Ibarguengoitia (Maten al león, 1969).

 

Abundan los cuentos de ocasión o las narraciones vernaculares donde, con motivo del box y la lotería, se pretende volver al costumbrismo de don Hilarión Frías y Soto. Otros narradores, con mayor éxito, han incursionado en el mundo de los deportes, el futbol esencialmente. Me temo que la lotería se ha difuminado como pasión cultural: pertenece a nuestro pasado, aunque su tríada mágica, el azar, la suerte y el juego, acompañarán al último hombre. Sólo una novela contemporánea retoma esa ecuación que ocupó a Huizinga o Callois; La lotería de San Jorge (1995), de Álvaro Uribe (1953), Curiosamente el libro trata la lotería en un contexto extraño a los modernos, pero que hubiesen entendido los antiguos devotos de la diosa fortuna: la Política. La novela utiliza el billete del azar y la necesidad para ilustrar la vida de quienes apostaron por la otra diosa, la Revolución.


Cuadrilla española en la plaza de toros
Johana Salomon Hegi. 1853



 

Pero la lección siempre está en los clásicos. Ellos suelen poner sobre la mesa la carta robada. Juan Rulfo lo hizo, El gallo de Oro redactado a principios de los años sesenta, es un falso guión de cine, pues es –novela corta o relato largo-, otra de sus obras maestras. Es inferior a Pedro Páramo pero tan inolvidable como varios de los cuentos de El llano en llamas. Me atrevería a decir que es el único texto mexicano sobre el azar y los juegos que logre evocar a Dostoievsky y a Mallarmé. Y es, como tanta de la prosa memorable, una evocación profunda (y aparente) local.

 

En apenas 52 páginas –Rulfo nunca necesita más- nos presenta a Dionisio Pinsón, hombre pobre de alma y de hacienda que vive de su “gallo de oro”, al que acaba por perder en un combate singular, tras haberle sacado algún dinero en los palenques más polvorientos. En la legua conocerá a una pareja de pícaros que hubiera conmovido a Galdós: Bernarda Coutiño y Lorenzo Benavides. Con ella, cantante de palenques, se casará. Él lo esperará en el futuro con una venganza muy refinada.

 

Transando peleas de gallos aquí y allá, Pinzón acaba por asentarse a la mesa del verdadero azar, esas barajas que anulan la noche y el día bajo el signo (o el espejismo) del oro. En una visita casual a don Lorenzo, éste se juega al Paco, a beneficio de la nueva pareja, toda su propiedad. Su venganza será perderla. Agraciados por la injusticia, Pinzón y Bernarda arman un garito. Se vuelven ricos; la suerte jamás los abandona hasta que ella –Fortuna es una mujer- muere alcoholizada mientras contempla –como todos los días- las jugadas y las jugarretas de Dionisio. Johan Huizinga aclara que el tramposo es un verdadero jugador; no lo es, por el contrario, el aguafiestas.

 

En Rulfo están casi todos los componentes de la lotería universal. Y acaso sólo podía relacionar al mexicano con el juego de azar, relación que no creo distinta a la de cualquier otro ser que se encuentra sólo ante lo indeseable: el desamor, la pobreza. Su héroe no era un avaro: son las leyes del azar las que lo convirtieron en un ambicioso. Pero El gallo de oro no podía haber sido escrita hace un siglo: tras los inánimes caminos del México central que sus apostadores recorren se proyecta la sombrea kafkana. Y tras leer a Callois, titularía El Gallo de oro como la crónica de un encuentro con la injusticia gratuita. Dionisio y Bernarda no se explican las cosas, las hacen. No buscan la suerte, la ganan. No anhelan la vida, la pierden. Pero reían al azar y lo ganan. Justifican la tesis capital de Huizainga, el juego es una actividad seria. Frecuentemente melancólica, que puede excluir por sistema de sonrisa, la carcajada, el placer. Pero la lotería se redime –cada vez que apostamos- en su medida de ser, únicamente, deseo. Quizá sólo el juego y el sueño son metáforas imperecederas de la existencia.

 



1 Johan Huizinga, Homo ludens, Alianza Editorial, Madrid, 1972, pp. 22-23.

2 Roger Callois, Los juegos y los hombres. La máscara y el vértigo, Fondo de Cultura Económica, México, 1986.

3 Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, Fondo de Cultura Económica, México, 1939, pp, 282-288.

4 Álvaro Vázquez Mantecón, “Vayan todos apostando. El juego en México en el siglo XIX” Mimeo, Universidad Iberoamericana, México, 1998, p. 17

5 Ibíd.



Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.

 









 
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