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ENSAYO
 
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Sobre la historiografía de la ciencia latinoamericana

Rafael Guevara Fefer

 

Hoy, está apunto de ponerse de moda hacer historia cultural de la ciencia, idea  con la que yo no estoy de acuerdo. A principios del siglo XX, se hacía  historia de la ciencia y de la medicina desde una perspectiva culturalista, es decir;  desbordaba  los espacios de los artículos científicos y las dinámicas estrictamente científicas, y ampliaba el horizonte al concebir el desarrollo de la ciencia desde una perspectiva culturalista. Se extendía  también al  campo de la historia de la ciencia al salir del contexto de sí misma y entrar por  otros caminos.
En este ensayo me permitiré  dar  algunas ideas  sobre la reciente historiografía científica   latinoamericana; pero en forma previa,  daré   un marco general del desarrollo de la historia de la ciencia.

La historia de la ciencia,  es una vieja actividad que podría rastrearse, como algunos sugieren, hasta el siglo VI,  antes de nuestra era, cuando surge el pensamiento presocrático, pero,  eso es muy atrevido, e implica afirmar  que éstos hicieron historia de la ciencia desde el  momento que narraban  los saberes de la antigua Grecia.

Lo que si podemos afirmar es que ésta tiene aproximadamente  doscientos años. De hecho  la palabra “científico” tiene esa antigüedad, aunque en  la realidad pueda ser tan antigua  como el siglo VI antes de nuestra era;  así,  el científico, como lo conocemos hoy en día,  es relativamente reciente, y tiene un proceso de desarrollo que comienza  desde el siglo  XVIII  hasta nuestros días. Es un proceso, en los que emergen  los saberes científicos que nos son familiares a todos. Hay quienes hablan de que en ese momento se dio la revolución científica, con  la pléyade de personajes como Kepler, Newton, Galileo, etc. A mi no me gusta pensarla como  una “Revolución” porque tiene un problema: echa por la borda el significado para la ciencia del descubrimiento de América. Los historiadores anglosajones piensan en esa “Revolución” como un proceso Europeo.



Para mi, como americano, ese acontecimiento es más relevante, porque significa un cambio de cosmovisión de los europeos,  -parafraseando a O’Gorman-, diría que Europa inventa a América, pero también nos dijo de alguna manera que América inventa a Europa, en tanto que hay una  absoluta restructuración de   su propia  cosmovisión;  es decir, la idea que se tiene del hombre y del espacio, y la relación entre éstos dos conceptos, lo que implica un cambio en las  nociones de la religión, de la medicina, del  Estado, de la  familia, en otras palabras, de la   reproducción simbólica y material en general.
De esta forma, observamos  que el descubrimiento de América es un cataclismo en la concepción del europeo,  del hombre y de los saberes que tienen para dar cuenta de sí mismos   y la naturaleza. Se trata de una realidad que nunca han visto: tanto los ecosistemas como de las diferentes diversidades humanas y sus culturas.

Yo diría, entonces, que el descubrimiento de América es sumamente importante, junto con los nuevos saberes para explicar la realidad. Ello permitió el impulso de  nuevos conocimientos como el de Galileo o el de Copérnico. Se trata de un acontecimiento que obliga a los europeos a reconstituir sus conocimientos,  hasta ese momento, porque deben dar cuenta de qué es América.

Samuel Tomas Kuhn  lo define claramente en su libro  “La estructura de las revoluciones científicas”, en  donde establece que hay un periodo llamado “Revolución Científica”, y  da los elementos para explicar cómo éstas  se gestan. El título mismo,  es  en sí, una contradicción;  porque  permite que el elemento histórico se introduzca para explicar estos cambios,  pero al mismo  tiempo, establece  una estructura de lo que son las  Revoluciones Científicas, y con ello,  también los fenómenos a-históricos, lo que  por cierto no le hace un favor a la historia pero si se lo hace a la filosofía.

El pensamiento moderno, introduce causas objetivas;  introduce el materialismo y la aplicación de las matemáticas. De esta forma, genera nuevos  saberes, con causas verdaderas, que  en realidad  son sencillas,  y evidentes. También  nos ofrece el sentido de explicarnos  los fenómenos desde nuestro discurso o del  logos, con todos aquellos elementos que están operando a nuestro alrededor. Esto implica también un mundo mecanicista.

Pero lo contradictorio de toda esta idea,  es que muchos de los pensadores  que estaban al servicio de su tiempo no se habían despegado completamente del pasado pre-renacentista. ¿Qué hacían?  por ejemplo,  pensemos en Kepler. Al buscar los cinco sólidos tratando de encontrar la dinámica del movimiento de los planetas, en realidad lo que buscaba eran las razones de Dios; por lo tanto  su materialismo no estaba muy claro,  o Newton;  resulta que estaba  vinculado con la alquimia, cuando se suponía  que  la ciencia ya había dejado a atrás el mundo del pensamiento medieval.   Fue, por lo tanto, hasta la ilustración que se consolidó el pensamiento científico moderno a través de un universo mecanicista.

Con  la Revolución Científica el hombre dejó de ser  “egocéntrico”,  porque se dio cuenta de que no era el  centro del universo y tampoco la   creación de  un Dios único; sino de  un proceso evolutivo dentro de un desarrollo dinámico.
Lo  paradójico de esa “Revolución Científica”,  fue que  con ella, el hombre aumentó su  “soberbia”  pues al descubrir que no era obra de la divinidad, pudo apropiarse de su historicidad y planificar el mundo; es decir, al alejarnos de Dios, comenzamos a explicarnos a nosotros mismos.

Así el proceso del desarrollo de la ciencia desde el siglo  XVI, es muy amplio, porque se reformula toda la cosmovisión: la concepción de la relación del hombre con el espacio y del espacio con el hombre que se transforma radicalmente, cuando aparece América como parte de Occidente. Sin embargo lo incongruente,  es que la historia de la ciencia viene contando los actos heroicos a partir de  un puñado de hombres.

¿Quiénes inventan la idea de que existió una revolución científica? Los que   tienen que administrar las nuevas instituciones de educación superior y que trabajan para un nuevo Estado que demanda nuevos expertos. El  Estado nacional del siglo XIX es, en ese sentido, idéntico al  actual,   y  al igual que ayer, demanda hombres con nuevos saberes, no le bastan los expertos que hay. Lo que no sucedía en  las Universidades Medievales.

Hasta el siglo XVIII, los diccionarios,  al definir   la palabra ciencia, hacían énfasis en la idea de que “la verdadera ciencia era la teología”, es decir aquello que Dios infunde en los hombres a través del conocimiento en  saberes institucionalizados y formales como la medicina, la abogacía, la teología. Aunque claro existían también los conocimientos que requerían de resultados inmediatos, como por ejemplo los armamentos en donde se generaban nuevos conocimientos y nuevas tecnologías.

Con  el descubrimiento de América,  no sólo  se impulsó  el desarrollo de ámbitos  como la astronomía o la geografía,   también surgen disciplinas como   la antropología. Cuando Fray Bernardino de Sahagún da cuenta de lo que hay en América a través de los informantes, utiliza  un proceso de metodología y de clasificación diferente;  se encuentra con “el otro”, que es el trabajo conceptual básico del antropólogo social. Y también desarrolla la antropología física, porque realiza mediciones de las tipologías de eso que es el humano, porque el antropólogo físico también es un biólogo del hombre como una especie global. Es una disciplina que se viene haciéndose  desde la conquista de América.

 

Así mismo, en esta época surgen nuevas formas de abordar la  lingüística o la filología; sólo basta pensar en el proceso de enseñanza de un idioma que es el español  en forma sistemática y extensiva  a lo largo de todo un continente, y en contraparte, los  españoles debían dar cuenta de las lenguas que existían en la época en todo ese vasto territorio.

El “científico es como los mamíferos, frágil”: hoy tiene mayor independencia e influencia para desarrollar su trabajo; pero en el pasado, y me estoy refiriendo hasta al siglo XVIII y XIX, genera sus saberes al margen de las instituciones universitarias, claro en menor proporción que en el medievo. Es así como muchas de las invenciones y los conocimientos fueron desarrolladas por los artesanos, los ejércitos o los navegantes; y todos ellos, pondrán sus inventos al servicio de los procesos económicos; de ahí que el científico –como si fuera un mercader- tenía que “negociar” su trabajo, ofreciendo sus “disertaciones” para obtener recursos. Un ejemplo de ello son los famosos “Cofee House” ingleses que tuvieron su auge a finales del siglo XVIII, en donde por un penique uno podía tomar un café y además escuchar una platica sobre astronomía o física, muchas de ellas eran muy espectaculares como la bomba que producía el vacío donde introducían a un animal, ya sea reptil o insecto –se tiene conocimientos que llegaron a hacer demostraciones con algunos mamíferos grandes- para hacerlos colapsar. Sin duda alguna, dichos espectáculos debieron ser sensacionales, sin pensamos que en aquel entonces no había ni radio ni televisión; es decir, la ciencia se ve obligada a negociar su oficio como “espectáculo”, pero al mismo tiempo, impulsa sus logros y alcances a través de muchos testigos directos.
Por otra parte, al igual que los artistas, los científicos tendrán sus “mecenas”, personajes de poder, éstos serán también testigos de los logros científicos.

En el siglo XIX se gesta lentamente un cambio importante. Será el propio Estado quien le comenzará a otorgar mayor independencia y autoridad a los científicos; porque a diferencia del pasado, a los gobiernos ya no les bastan los médicos, los abogados o teólogos, lo que va a necesitar son nuevas formas de saberes, como el de los topógrafos, o diversas especialidades de las ingenierías sobre todo en los ejércitos, así como nuevas formas de administrar al propio Estado.

Recordemos que durante el siglo XIX muchos países obtienen su independencia; en la definición de sus proyectos de nación impulsan innovaciones como, nuevas formas de educación: surgen así las escuelas politécnicas, los centros de investigación etc.
Un ejemplo muy conocido es el de Alejandro Humboldt: su obra sobre la Nueva España es el resultado de los métodos científicos que él aprendió dentro del pensamiento de la Ilustración y los modernos en las Universidades alemanas. Su trabajo estaba destinado al Estado para poder administrar sus territorios tanto en lo económico como en lo político. Y eso es lo que enseñaba la Universidad Moderna, la Estadística, que es una disciplina que tiene una doble herencia: por una parte, la probabilidad y la numeraría que es propia de las matemáticas y por la otra, los recursos tanto físicos, como sociales, por que no hay que olvidar que todo Estado necesita conocer los medios que posee su territorio, cuántos habitantes hay, como abastecerlos, cómo llevarles medicina o cómo vigilarlos; en otras palabras, el Estado necesita contar, medir, etc. para poder administrar políticamente su territorio.

Por lo tanto, para gobernar se requieren de dos elementos fundamentales: control y conocimiento sobre los que se gobiernan; la estadística será el instrumento fundamental. Esta noción no es nueva, ya desde el concilio de Trento, todo recién nacido debía ser llevado a la Iglesia para ser registrado, pero es partir de esta idea, que el Estado genera espacios civiles y cuerpos administrativos para poder “registrar y controlar”. Esta dinámica genera la noción de las historias sobre “Las Revoluciones Científicas", lo cual a su vez impulsan la creación de nuevas instituciones dedicadas a la ciencia.

Otro ejemplo que destaca en este sentido es la medicina: al irse desarrollando en la practica moderna, esta ciencia a partir del siglo XVIII, en diferentes países europeos se empieza a desarrollar una historiografía de las ciencias medicas, ello se da en forma paralela al impulso del desarrollo de nuevos marcos conceptuales para establecer las novedades que se gestaban frente a las prácticas tradicionales. Hasta hoy en día, en todas las escuelas de esta especialidad, enseñan a los estudiantes la “historia de la medicina” para que los jóvenes estudiantes, tengan conciencia de cómo se desplazó a las “ formas tradicionales de curar ” por la práctica científica; ello tiene una doble función didáctica: genera un ethos en el profesionista y a la vez lo instruye en el trabajo científico de los ilustrados y así se asume como un “moderno” que utiliza los nuevos métodos para curar. Sus aplicaciones estarán por encima de las “practicas tradicionales” que hasta hoy en día se ejercen en todas partes del mundo.

Por su parte, el historiador, al igual que otras disciplinas, estará al servicio de las monarquías –pensemos en los músicos de las cortes europeas; con sus compositores y cuartetos para amenizar los momentos de ocio-. Más tarde al consolidarse los Estados nacionales, los historiadores van a cumplir un papel fundamental: la consolidación de una identidad nacional; herramienta esencial para la legitimización de los grupos en el poder, fundamentalmente a través de los grandes movimientos sociales como Independencias y las Revoluciones.
Con la consolidación del Estado Moderno en el siglo XIX la ciencia será materia para la historiografía, porque los Estados para consolidar sus gobiernos, se apropian no sólo de la historia social, también de la historia de la ciencia e incluso de la historia de la literatura y el arte como un “patrimonio” más de su pasado.

En este entorno, el impacto que tuvieron algunas obras científicas durante el siglo XIX, impulsaron la necesidad de difundir la “historia de la ciencia”. Un ejemplo destacado fue el libro escrito por Charles Darwin “El origen de las especies por medio de la selección natural”, por la polémica que causó desde su publicación.

Por otra parte, los científicos “inventan el futuro”; de ahí que son comunes las historias en donde se muestra cómo el ser humano llego a ser lo que es a través de la ciencia; este concepto está íntimamente ligado a la idea de “progreso”, que fue uno de los fundamentos esenciales de los modernos. También se difunde la idea de que el saber es una herramienta fundamental para organizar a la sociedad.

Muchos de los países que en el pasado estuvieron colonizados por diferentes potencias europeas, con su independencia, comienzan a desarrollar una historiografía científica propia. Un ejemplo de ello fue nuestro país, con la “Historia de la Medicina” de Francisco Pérez de Asís, cuyo objetivo no sólo fue hacer una historia general de esta disciplina, también impulsar la idea de que el país “tuvo historia”. A que me refiero con esta idea. En la concepción euro centrista existió una gran diferencia entre los pueblos que tuvieron historia y los pueblos “con antropología”. Dentro de esta visión, éstos últimos, serían todos aquellos que no tuvieron el “grado de civilización” como la europea y viven igual o casi igual que hace mil años; en su contraparte, aquellos pueblos que tuvieron historia, están asociados a un devenir; desde las pinturas rupestres hasta la Grecia Clásica; devenir que esta asociado al progreso. Lo que este libro buscó fue demostrar que México también tuvo historia y hace una paralelismo desde el México antiguo, que equivaldría a la Grecia Clásica, el pasado colonial asociado a la Edad Media y finalmente llegamos al mundo civilizado con Porfirio Díaz. Una historia que pretendió asociarnos con la “escala del progreso” similar a los parámetros que utilizaron los Europeos en el siglo XIX.

En este sentido, si hacemos un repaso de las Historias de las Ciencias en América Latina del siglo XIX y en parte del siglo XX, lo que buscaron hacer estas obras, fue demostrar precisamente el avance y el ascenso de nuestras sociedades hacia el progreso.
Ya desde el siglo XVIII, Clavijero había polemizado sobre esta disputa con los Europeos. En alguna ocasión dijo en forma irónica que para demostrarles que en esta región del mundo sí hubo historia y progreso, estaría dispuesto a decírselos en latín, alemán, inglés, francés, italiano, e incluso en náhuatl, en tarasco o en otomí.
 

Notas sobre la genealogía de la historiografía reciente de la ciencia latinoamericana, o de cómo se inventaron historias para ser esgrimidas contra los embates del atraso.

 


Entre el mito y la realidad


Hasta hace apenas veinte años que  América Latina aparece en el escenario internacional de la historiografía de la ciencia  como tema de estudio. Y hasta hoy en día,  está disciplina sigue siendo un tema “ambiguo”. En algunas ocasiones, los estudios apuntan a países específicos, en otras ocasiones aparecen como marcos conceptuales que explican  el origen y el devenir de las de ciencias  de toda la región.

Un elemento característico  a nuestra región es que la “memoria científica”, se comenzó a recuperar hasta mediados del siglo XIX; coincide con el nacimiento  de las sociedades científicas,  las cátedras en las Universidades, enmarcadas en el pensamiento de los modernos y las instituciones de investigación. De ahí que muchos de nuestros científicos transitaron de  amateurs a profesionales, de aficionados a expertos; un trabajo que implicó un gran esfuerzo, pero que tuvo un objetivo común: estar a la altura de la ciencia universal como parte de una tradición internacional pero  a la vez reivindicando  nuestros países.

El entusiasmo que despertó la ciencia desde las primeras décadas del siglo XIX llevó a los intelectuales y a los académicos a depositar su confianza  hacia una búsqueda  de la perfección a la que –pensaban ellos-  deberían acceder todos los pueblos civilizados. De ahí que se generó un discurso que buscó encontrar en el pasado  científico las claves  para acceder al progreso; pero se enfrentaron con un  pretérito complejo en descifrar; de ahí que nuestra historiografía científica haya tenido  una trayectoria sinuosa en su camino para conformarse  como disciplina bien establecida.
Diana Obregón nos ofrece una visión muy clara: “La historia de la ciencia en Colombia no es un tema nuevo. Los periodos de mayor interés por el conocimiento científico, han estado  acompañados por una indagación del pasado; pero tal parece que  la escasa atención que la sociedad colombiana le ha prestado  a la ciencia, los propios científicos, así como los funcionarios encargados de administrar los recursos para ésta, necesitaron siempre recurrir  a la tradición existente para legitimizar su acción. Esta estrategia ha sido utilizada desde el siglo XIX hasta la fecha.”
Por su parte, José Saldaña narra la influencia que tuvo  en México el positivismo al   desarrollar  la historiografía  de la ciencia en nuestro país; influencia que surge desde la década de los 80’s en el siglo XIX y que tuvo un gran peso  en otros países latinoamericanos.

 

Exponer de manera crítica los escritos que conforman la enorme y variopinta historiografía de la ciencia en América Latina rebasaría el objetivo de este ensayo, pero si quisiera mencionar algunas ideas generales; ideas que han surgido también a partir de mi  trabajo de investigación    que es el estudio de las ciencias naturales en México durante el siglo XIX.

Para entender a partir de la segunda mitad del siglo XX, el fenómeno habría que estudiar con más detenimiento los proyectos diseñados por los organismo internacionales, fundamentalmente la OEA y la OMS. En éstos, queda claro que los objetivos esenciales,  se hallan en la búsqueda de políticas que tiendan a lograr que los países pobres aspiren a mejores condiciones de vida a través de la puesta en práctica  de políticas científicas, destinadas a desarrollar, dentro de sus fronteras, la ciencia y la tecnología.

Al hacer un breve repaso, en el verano de 1979, la ONU organizó una conferencia Internacional sobre Ciencia y Tecnología  para el desarrollo de la región. El objetivo fundamental de esa conferencia  fue profundizar en el conocimiento de la ciencia y la tecnología para el impulso del desarrollo de los países participantes.
Ahí se concluyó que sí un país atrasado buscaba aspirar  al desarrollo económico, debería  incorporar necesariamente del mundo desarrollado uno o varios componentes  del complejo e intangible ingrediente llamado ciencia.
Pero resulta ser que este proceso es arduo por varias razones:

a) El primero reside en el hecho de que la ciencia y la tecnología progresan, cambian y se hacen más  complejos y a la vez se vuelven  obsoletos en forma rápida.

b) El segundo aspecto  reside en lo que se ha llamado “la brecha creciente de los países desarrollados”; brecha que en el devenir del tiempo se ha ido ampliando debido a los intereses creados y a la falta de comunicación entre los diversos centros de investigación.

c) La tercera razón radica en el alto costo y el largo proceso de gestación de la mayor parte de los procesos tecnológicos modernos:last but not least.

d) En cuarto lugar, están los problemas de las patentes, los financiamientos y otros procesos más de carácter burocrático que son costosos y difíciles de dar seguimiento.

Y si bien hay que reconocer -como decía un sociólogo de la ciencia-  que la contribución de América Latina a las políticas científicas y tecnológicas para el desarrollo, tradicionalmente han sido significativas;  quizá sólo se deba  a que  su historia como países independientes de una metrópoli  permitieron  el desarrollo  de una “cierta apreciación intelectual”  y una  política más amplia y mejor fundamentada del papel que debería  desempeñar la ciencia y las tecnología al interior de cada una de las  sociedades latinoamericanas.

Así el apoyo que brindó la OEA en la década de los sesenta al  fomento para la investigación y creación de políticas científicas y tecnológicas, tuvo un efecto positivo en el desarrollo de dichas capacidades, sin embargo, todos los logros latinoamericanos en políticas científicas deben contrastarse con la idea de que la ciencia está establecida y definida por instituciones científicas de los países desarrollados.
La cita a la que me referí hace un momento del sociólogo surge como tema central durante la conferencia organizada por la ONU en 1979 a partir de la tesis de que como nos independizamos mucho antes   que muchos países de Asía y  África,  se presupuso que por lo tanto tuvimos  un trecho más largo y con mayor experiencia que esos países; pero la realidad es otra. Los modelos de modernización que se implementaron después de la Segunda Guerra Mundial, serán casi idénticos –con algunas variantes claro-  para los países en vías  de desarrollo. Y fue en ese mismo marco conceptual en el que  se desarrollaron  las políticas científicas de toda la región latinoamericana con la finalidad de superar su atraso.

Dentro de ese mismo entorno, emerge un gigante llamado URSS; su presencia cambia radicalmente la imagen que tiene  occidente de sí mismo. Hasta antes del surgimiento de la Unión Soviética como potencia, se tuvo la idea de que el desarrollo de la ciencia era el producto la  “libre creatividad”, al margen de las “tutelas del Estado” y que sólo de esa manera se podría progresar. Pero surge un país que demuestra que la ciencia  se puede desarrollar  con la injerencia directa del Estado en forma centralizada, y ese Estado  gobierna casi sobre la mitad del mundo –si incluimos los países bajo su influencia- y  además genera resultados;  sólo basta recordar la carrera espacial que demostró hasta los últimos días de la existencia de la URSS un nivel científico de proporciones importantes. Claro, todo ello enmarcado dentro de una economía planificada,  y  planes quinquenales;  pero que al fin y al cabo demostró  un  crecimiento económico muy importante. Y por qué es importante mencionarlo. Porque ese modelo generó una disputa en la manera en que se concibe  el desarrollo de la  ciencia. La pregunta entre muchos científicos se hizo inevitable desde los años 50’s ¿Estado Socialista o el viejo Estado Liberal
Y si algo impusó esta “disputa”  fue hacer de la historia de la ciencia una historia social; fenómeno ligado al impacto del pensamiento marxista en  general. Ya desde  los años 30’s  durante un congreso de la ciencia en Inglaterra a donde se convocaron a destacados físicos y biólogos  a discutir sobre diferentes aspectos de la historiografía de la ciencia, llegó el representante soviético y sacó de su maleta  un tratado que llevó por nombre: “Las raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton” . El libro causó impacto entre los presentes porque lo que decía es  que Isaac Newton no era más que un producto de la economía  del naciente capitalismo del siglo XVI al  XVII a través de  una obra mecanicista.
¿Y por qué impacto tanto ese libro?
Porque pusó las bases teóricas  sobre la discusión de cuál es el mejor  modelo para el desarrollo de la ciencia o dicho en   otras palabras. ¿Cuál es el  pacto social que permite desarrollar la ciencia en mejores condiciones?

No debemos olvidar que esta rivalidad se agudizó después de la Segunda Guerra Mundial,  en el marco de la Guerra Fría que  aceleró la rivalidad por la ventaja tecnológica y científica entre las grandes potencias; rivalidad que también se dio entre las instituciones científicas y sociales.

Así mientras la historia de la ciencia era testigo  grandes rivalidades  y cambios   importantes,  en nuestro continente y  como resultado  de las políticas implementadas por los organismos internacionales, el debate se enfocaba a la lucha  contra el atraso.   
No es sino hasta los años 80’s cuando se inicia la toma de conciencia de la necesidad de comenzar a hacer estudios más serios  sobre la historia de la ciencia en América Latina; lo paradójico es que en más de un caso esta “toma de conciencia” no se dio al interior de nuestros centros de investigación. Los debates se iniciaron ya sea en Estados Unidos o en Europa; un ejemplo de ello , se dio en  1981, cuando   grupo de historiadores de la ciencia de origen español asistieron  a una reunión en un país Centro Europeo en donde destacan lo útil que resulta para la ciencia en general estudiar a América Latina y proponen metodologías para llevarlo a cabo; en otras palabras: en el viejo continente se daban   cuenta de la importancia de estudiar y conocer la historia científico-tecnológica propia de América Latina.

 

Debemos reconocer que  en los primeros años de la década de los 80’s se impulsó una intensa actividad para legitimar la Historia de la Ciencia en América Latina y buscar nuevos  e innovadores enfoques para el desarrollo de la tecnología y la ciencia. En aquellas fechas también se hizo hincapié en la necesidad   de buscar recursos, así como  la institucionalización de  los proyectos de investigación y desarrollo para que no acabaran “esfumándose”. Es así como surgen en varios países de la región importantes negociaciones en el terreno de la política académica y también –no menos intensas-  con los gobiernos.  En este contexto, durante el XI Congreso Interamericano de Filosofía que se llevó a cabo en la ciudad de Guadalajara, se organizó un simposio sobre “Historia y Filosofía de la Ciencia Latinoamericana” . Los textos que se presentaron fueron editados en una obra bajo el título de “El perfil de la ciencia en América”;  libro que será precursor a las críticas  en torno a la “Unilateralidad”  de la historiografía dominante, que veía a Latinoamérica como un mero receptáculo pasivo y subordinado del saber producido en los países que detentan la hegemonía  del discurso científico. Así, desde la filosofía, nos llegaron voces como la de López Beltrán con su libro “Ciencia en los márgenes. Una reconsideración de la asimetría  del centro y la periferia”  que enriquece la crítica  impulsada durante el simposio “Sociedad Latinoamericana de la Historia de la Ciencia y la Tecnología.”
En ese texto López Beltrán y cito textual, afirma: “El común denominador  de entre los más destacados analistas del desarrollo científico español y latinoamericano, fue  el malestar que  la visión universalista de la ciencia y los  filósofos de esta imponían. Esta postura condenaba primero  a un divorcio entre la epistemología e historia de las ciencias locales, y lo que es más grave, le quitaba al conocimiento producido por los científicos locales, toda importancia e interés como una ciencia genuina y forzaba la impresión de que la historización de los eventos científicos locales tenían un puro interés anecdótico y provincial.”
Por su parte, Antonio Lafuente impulsó la idea de vincular ciencia y actividad para poder desarrollar un discurso sólido entre pensamiento científico y practicas de investigación. Esta idea tuvo un gran impacto, no sólo en el quehacer científico, también en lo que se refiere a la historiografía científica. Gracias a ello muchos de los que estudiamos en las aulas nuestras licenciaturas y posgrados aprendimos que la práctica científica requería de una   categoría analítica e historiográfica.
López Beltrán, con su penetrante crítica del perfil de la teoría, advirtió que un enfoque localista puede llegar a pervertir el conocimiento, a tal punto,  que sólo llegue a tener validez a nivel provincial. También propone que es preciso buscar una objetividad intercultural, así como una epistemología global,  basada en la traducibilidad de conocimientos;  al margen de  distorsiones y complejidades que emanan del desbalance que existe entre ciencia y periferia, entre norte y sur. En otras palabras lo que necesitamos es  una agenda para la ciencia en América Latina.

Considero fundamental reflexionar y discutir más ampliamente y con mayor profundidad sobre América Latina, vista como  categoría  analítica a  escala social  tanto a nivel local como internacional. Ignacio Sosa ya nos advirtió: “Representantes de las distintas escuelas, tanto de la historia social,  cuantitativa,  demográfica y de las mentalidades, parecen interesarse en América Latina por su capacidad para generar discípulos e influir en ellos para demostrarles que sus metodologías y corrientes específicas son las más importantes para la propia disciplina como para la sociedad. El único requisito para que sus estudios historiográficos sean publicados y tengan difusión, es que apliquen su enfoque metodógico a una región especifica, ya sea geográfica o de individuos,  grupos sociales, etnias o pueblos”.       
Al leer lo anterior, tal parece que América Latina importa métodos  y teorías, mientras que exporta datos  y a veces estudios que ensanchan la capacidad explicativa de  las historiografías foráneas que están de moda, en otras palabras , “les hacemos la talacha.”.   Sosa nos advierte de la necesidad de crear metodologías propias.
Y la realidad no estuvo muy lejos de esta apreciación. Los historiadores de la ciencia en América Latina importaron los métodos y los enfoques de la historia social y científica anglosajona . Ello permitió que la región se convirtiera en un enorme y fértil terreno para la investigación histórica, filosófica, sociológica y antropológica de las ciencias. Tal proceso puede rastrearse por ejemplo desde Noviembre de 1983, cuando se celebró en Colombia el Seminario Internacional sobre Metodología de la Ciencia Social en América Latina, auspiciado por la OEA. Tal encuentro permitió discutir la naturaleza y los objetivos del desarrollo de la ciencia social en nuestros países. Los trabajos presentados  dejaban más dudas que certezas.

En la inauguración de ese evento,  Eduardo Aldana Valdés, director del Fondo Colombiano de Investigaciones Científicas y Proyectos Especiales, se preguntaba,   en medio de la retórica propia de los discursos protocolarios lo siguiente:
¿Cuáles son los factores que favorecen y condicionan el desarrollo y fortalecimiento de la investigación científica en nuestro medio?
¿Qué interrelaciones se presentan entre el reconocimiento social y la   importancia de la ciencia, con los elementos ideológicos, culturales e intelectuales, y las limitantes económicas y financieras que enfrenta la institucionalización de esta actividad en nuestro país?
Dadas esas interrelaciones

¿Cuál es el mejor camino para romper los círculos viciosos que se  establecen?

Estas preguntas, que por cierto provienen de un  funcionario, pueden ser entendidas como las exigencias que los gobiernos le hacen a los expertos para que construyan las claves que se necesitan, para comprender la trayectoria de la ciencia en el subcontinente y obtener elementos teóricos y metodológicos que puedan  arraigar la cultura científica y tecnológica que propicie su  desarrollo.

En ese mismo encuentro, el matemático Carlos Eduardo Vasco presentó “Historia y Sociedad en América Latina. Aportes Conceptuales.”. Se trató de un trabajo en donde se presentaban ideas para pensar y discutir la política social colombiana  desde la perspectiva científica; trabajo que fue financiado por la OEA. En ese texto, el investigador se hacía dos preguntas fundamentales:
¿Por qué calificar de social una historia de la ciencia?
¿Qué significado tiene la demanda social por las ciencias y hasta qué punto esta demanda determina la existencia de una ciencia en un  momento histórico?
Destacaban la necesidad de crear los instrumentos presupuestales necesarios para llevar a cabo una ciencia empírica. Por otra parte  sostenían la  necesidad de impulsar “comunidades científicas” como una herramienta de gran utilidad. Y retomaban la historia social Europea.
Por su parte Diana Obregón presentó. “Historia social de las ciencias. El proyecto en Colombia.” En donde  destacaba la necesidad de impulsar el conocimiento impulsado desde las  instituciones. Este conocimiento sería una herramienta para la planificación de la ciencia.
En tanto que el sociólogo de la ciencia Joseph Hodara presentó un trabajo con el nombre de:  “Reflexiones sobre la historiografía y el análisis social de la ciencia en América Latina” .
El investigador inicia su planteamiento con una negación:
a) Aquellos que  consideraban que es  necesario institucionalizar la historia de la ciencia en nuestro continente con el fin de obtener resultados en forma acumulativa y envolvente que justifiquen este quehacer.
b)  Impulsar el  objeto de  estudio de la historiografía  científica  que aún no termina por  arraigarse  en la región.
A partir de esta idea se desprenden dos vertientes  fundamentales. La primera legitima la defensa de impulsar una historiografía propia de la región, porque ello permite el avance de la ciencia; en tanto que sus detractores afirman que ésta es una labor prematura  y contraproducente; labor que se lleva a cabo en otras disciplinas como la sociología y la historia  y que por lo tanto el examen del pasado presupone la determinación  del atraso, más no así del progreso.
En contra posición, en  ese mismo encuentro una destacada socióloga  sostenía que el pasado nos provee de herramientas fundamentales para enseñar y difundir las estrategias más eficientes, para arraigar la ciencia y la tecnología en la región. La investigadora proponía abordar dos temas escenciales:
a) Cómo se dio en el pasado la institucionalización de las disciplinas y una evaluación crítica de la política científica.
 b) Los estudios sobre la historia de la ciencia no son de ninguna manera ideologías ni recetas políticas o administrativas.
Lo paradójico es que esa misma socióloga se   ha dedicado durante muchos años  a administras las políticas científicas en países como Argentina y Venezuela.
Luis Carlos Arboleda aprovechó el seminario para seguir una discusión en la que no aparece Latinoamérica, aunque deja muy claro que la historia de la ciencia debe ser una disciplina diferenciada de otras ciencias sociales, y no una práctica científica al servicio de otras.

Por su parte M. Saldaña  enfatizaba que la historiografía latinoamericana era esencial para impulsar e “imaginar”  los presupuestos de una “nueva historia de la ciencia de la región”. Y recalcaba que no debería ser una historia “internalista”, “continuista” ni “recursiva”,  tampoco  debería estar al margen  de las tendencias  positivistas. Ni  estar desvinculada de la epistemología  y de la sociopolítica  pues de lo contrario se aislaría. Lo paradójico es que nunca hizo una propuesta.

 

Algunas consideraciones 

Es evidente que hay un sin fin de contradicciones  inherentes al quehacer historiográfico de la ciencia en América Latina; se hace necesario reinventarnos para poder impulsar a la ciencia. En tanto no tengamos la capacidad de reelaborar una idea científica  enfocada a la región, las contradicciones van a ser permanentes. A la fecha lo que hemos hecho –en gran medida- es aplicar “modos foráneos” , que  no contribuyen a un imaginario y un pensamiento propio.
Hoy, a dos décadas de los congresos que han reunido a destacados científicos, historiadores y políticos de este ámbito, estoy convencido que la única forma legítima  de entender y por lo tanto impulsar los objetivos de la historiografía de la ciencia latinoamericana, es a través de la lectura analítica y persistente del gran cúmulo de experiencias que se tienen y la gran producción historiográfica que se ha realizado en el pasado. Sin duda alguna  esta historiografía es de una gran riqueza pues ha producido infinidad  de estudios, investigaciones, compilaciones y artículos tanto para especialistas como de divulgación; lamentablemente muchos de ellos se hallan dispersos.
Sí, hay que reconocer que en muchos de estos  trabajos podemos observar que el compromiso con la historia social de la ciencia a veces se queda en lo discursivo, pues en éstas solo aparecen los “Estados Metropolitanos” tanto de la época colonial como de las Repúblicas independientes como los artífices de la tradición científica de la región, con lo que se vuelve invisible una historia social de una gran riqueza que es parte de nuestro entramado social en las que se han desarrollado las complejas  estructuras de la ciencia moderna y los efectos del cambio tecnológico que han beneficiado la calidad de vida, el empleo y la estructura de la sociedad en general.
Con el “bagaje”  de la historia social  acumulado, cualquier persona esperaría  por lo menos que aquellos  que se dedican al ámbito científico alcanzarán mejores objetivos, incluso más allá de los  que promovieron  la ilustración y la ciencia novohispana con sus Universidades Escolásticas y  que con sus instituciones detentaron el monopolio de los legítimos saberes, según los cánones de aquella época.

Por otra parte,  muchas veces existe un desconocimiento sobre las investigaciones y el avance historiográfico  entre los propios latinoamericanos; una prueba de ello tuvo su expresión en  las conversaciones que se llevaron a cabo durante el IV Congreso de Historia y Ciencia que se realizó en 1988  en la ciudad de Pamplona, España; por una parte, excelentes trabajos que se habían desarrollado en algunos países latinoamericanos  no se presentaron ahí,  –lo mejor de nuestra historiografía brillo por su ausencia- por otra parte, científicos e historiadores que provenían de un mismo país,  no conocían los trabajos de sus colegas. Un problema similar se repitió en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas llevado a cabo en Noruega en el año 2000. Ahí Tulio Hulperín presentó un excelente trabajo titulado  “Situación de la historiografía latinoamericana”, lamentablemente  omitió trabajos recientes. Hoy más que nunca precisamos de una comunicación gremial  más intensa y mejor organizada; con ello tendríamos un conocimiento mucho más enriquecedor, que sin duda beneficiaría nuestros propios temas de investigación, así como nuestros enfoques, métodos e hipótesis.
Estoy convencido  que es necesario discutir puntualmente sobre América Latina como región ya que en mi opinión la historia de la ciencia no deber verse como una suma de historia nacionales;  este concepto es necesario llevarlo  a las aulas también. Hoy en día, en cada país se enseña a la ciencia  a partir de los grandes avances  “universales” o sólo   a nivel local.
Sobre este aspecto quisiera también hacer otra  referencia. Si hacemos un estudio comparativo entre la “historia regional” y las “historias nacionales”,  observamos que son más complementarias que antagónicas. Un recurso que ensancharía   nuestra capacidad  en ambas categorías,  serían los estudios comparativos serios que superen la fácil tentación  de ser libros colectivos en los que cada autor escribe  una monografía de su tema, muchas veces inconexos unos de otros  y lo único que los une, es que están impresos en el mismo libro, con la misma tipografía y una misma portada.
Es necesario que nuestra historiografía se transforme en una “arqueología” del conocimiento e impulse una crítica sistemática de las fuentes con las que cuenta y a la vez que sea capaz de inventar marcos conceptuales; de los contrario correrá el riesgo de caer en la ficción.
Dos ejemplos  que muestran una gran creatividad, y  que van más allá de los enfoques metodológicos tradicionales son los trabajos   del peruano Marcos Cueto con su libro “Excelencia Científica en la Periferia. Actividades científicas e Investigación Biomédica en el Perú” y del  mexicano Alberto Saladino García, “Ciencia y Prensa durante la Ilustración Latinoamericana.” El primero es una historia nacional y el segundo es una historia regional desde la perspectiva de la historiografía latinoamericanista.

Para concluir quisiera decir que las tareas pendientes para la  historiografía de la ciencia en América Latina  son numerosas: profundizar y ampliar los estudios en la época colonial, conocer  más de cerca el siglo XIX en toda su extensión y prestar más atención al siglo XX. También es imprescindible proseguir con  las investigaciones sobre la forma en cómo se desarrollaron  las diversas disciplinas científicas en nuestro región. Es imprescindible dejar de concentrarse  sólo al desarrollo de la ciencia en la capitales y enfocarse a las provincias; así como,  emprender investigaciones sobre la educación científica desde la perspectiva de la historia de la ciencia y no sólo de la educación. Reflexionar en torno  al impacto que ha tenido  la ciencia  sobre las sociedades en general   a lo largo del tiempo.  Ampliar las biografías científicas, superando la tentación de concentrase sólo a los personajes más destacados, claro sin dejar de reconocer sus  descubrimientos y las dificultades que encontraron para institucionalizar las ciencias en sus países.

Para impulsar estas tareas y muchas otras que seguramente no mencioné, debemos profundizar en el conocimiento de nuestra propia historiografía reciente;  imaginarla y reinventarla desde esta región; y si lo digo, es porque  su trayectoria metodológica ha obtenido resultados de gran valor, tanto para los estudiosos de la ciencia, como para quienes se ocupan de pensar Latinoamérica.
Muchas Gracias.


Este ensayo formó parte de la exposición que se llevó a cabo el día 5 de Noviembre del 2008, dentro del Seminario de Historia Cultural organizado por el "Programa de Estudios de Historia y Difusión Cultural" de la UACM .      




Rafael Guevara Fefer Licenciado y Maestro en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM). Profesor Asociado “C” de Tiempo Completo Definitivo. Autor del libro “Los últimos años de las Historia Natural y los primeros días de la Biología en México” (Instituto de Biología 2002), ha publicado diversos textos sobre historia de la ciencia mexicana. Imparte las siguientes materias: Teoría de la Historia, Comentario se Textos, Historia de la Ciencia y Seminario Taller Especializado en el Colegio de Historia; en el CELA imparte Ciencia y Tecnología en América Latina 1 y 2 para alumnos de 5º y 6º semestres, estos cursos tiene la intención de poner al alumno en condiciones de conocer y reflexionar sobre los saberes científicos en la región a través de su historia y los de estudios sociales sobre ciencia. Sus líneas de investigación son historia social de la ciencias en México y la historiografía de la ciencia de América Latina



 
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