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ENSAYO
 
 

 

 

La Blanca Visibilidad de la Muerte*

 

THOMAS LAQUEUR








Para el pensamiento médico del siglo XVIII, la muerte era tanto un hecho absoluto como el más relativo de los fenómenos. Marcaba el fin de la vida y el término del padecimiento si este era de naturaleza fatal. Con la muerte se había llegado al límite y a la consumación de la verdad pero también a través suyo encontraba la enfermedad el fin de su curso, caía al silencio y se transformaba en un punto en la memoria. Pero si llegaba a dejar huella en el cadáver, no había evidencia que pudiera establecer la frontera entre enfermedad y muerte, sus signos se interceptaban en indescifrable desorden. Era la muerte aquel absoluto fuera del cual no existe vida ni enfermedad, no obstante, sus desorganizaciones guardaban semejanza con todo fenómeno mórbido. En su confrontación original, la experiencia clínica no cuestionó este concepto ambiguo de la muerte. Habría de corresponder a la anatomía patológica, la técnica del cadáver, darle mayor precisión a esta noción, es decir, conferirle un carácter más de instrumento.

 

El nacimiento de la clínica enuncia su objeto con extraordinaria audacia y alusión poética: “trata del espacio, del lenguaje y de la muerte: trata de ver de la mirada”.

 

Sobre todo a fines del siglo XVIII, el cuerpo humano llegó a definir “el espacio donde se origina y distribuye la enfermedad”, un espacio trazado por el atlas anatómico, y en su sentido más amplio trata sobre cómo la mirada clínica hizo del sujeto humano un objeto de conocimiento revocó el antiguo velo aristotélico, había llegado el momento de sustentar un discurso científicamente estructurado acerca del individuo”.

 

Esto último vincula El nacimiento de la clínica con una inquietud presente en toda la obra de Foucault: demostrar que la noción misma de hombre es una creación cultural. Para él, con la aparición de las ciencias humanas en los siglos XVIII y principios del XIX, el individuo se constituyó “dentro de la cultura occidental en sujeto de lo concebible y objeto de los cognosible”. En este sentido, el lenguaje de la clínica del modelo anatómico, patológico de la enfermedad, se convierte en uno de los medios que dan origen a categorías a través de las cuales el ser humano llega al conocimiento de sí mismo. Lo que da al trabajo de Foucault la fuerza para inspirar y provocar en su firme insistencia en que nada es esencialmente humano hasta en la apariencia íntima e inquebrantablemente eterna, la más autárquica piedra de toque de nuestro género: el cuerpo con sus padecimientos, dolores, placeres y su ultima disolución en la muerte, es criatura del tiempo y producto del discurso.

 

El espacio que le interesa estudiar en esta obra es el de la enfermedad en el cuerpo y también el de la clínica u hospital donde las enfermedades llegaban a ser estudiadas. La vieja noción que las definía como un conjunto de cambios cualitativos que por algún motivo localizaban bajo determinadas circunstancias en un órgano u otro (un espasmo puede afectar los intestinos durante la digestión, los pulmones en la respiración y el útero cuando la menstruación) cedió ante el punto de vista “moderno”, según el cual la verdadera naturaleza de la enfermedad reside en la lesión orgánica. Así pues, no consiste en una concatenación de síntomas que como señalara la experiencia, se presentan a la vez, antes bien, su esencia reside en cambios diminutos en los tejidos. Según la antigua noción, la enfermedad y el cuerpo se “comunican tan sólo a través del elemento no espacial de la cualidad”. En el modelo anatómico patológico la enfermedad es lo que revela la mirada, es decir, la tuberculosis pulmonar no es escupir sangre, toser o letargia (que pueden o no manifestarse como signos o síntomas del padecimiento), únicamente el tubérculo en sí, la lesión específica en el pulmón, es patogenía de la enfermedad. De hecho es la enfermedad misma objetiva, trasparentemente obvia para el iniciado, queda expuesta ante los ojos del observador entrenado. La clínica hizo posible el nuevo concepto, al ser “quizá el primer intento por ordenar una ciencia sobre la base del ejercicio y las decisiones de la mirada”. El historial idiosincrático del trastorno de cada paciente podría correlacionarse con la verdad de la mirada que se despliega por la superficie del cuerpo y después de la muerte, en sus profundidades.

 

Por esto, la muerte resulta medula en El nacimiento de la clínica. A través de ella se revela la verdad. En la nueva medicina es “el gran analista”, “el gran ojo blanco que ata el nudo en la vida”: de alguna manera extraña la doméstica. Deja de ser esa siniestra y amenazante figura que acecha detrás del médico, el esqueleto que burlonamente rompe su matraz y le tienta de modo irresistible a bailar una danza macabra del Renacimiento. El lego no desempeña ya un papel esencial en la medicina. “Vida enfermedad y muerte integran una trinidad técnica y conceptual. Desde la cima de la muerte es posible ver y analizar dependencias orgánicas y secuencias patológicas”. En la óptica de Foucault, la obscuridad de la muerte cede ante la luz: “La blanca visibilidad de los muertos” revela la verdad. El hecho es, en parte que la medicina ganó autoridad en su principio al constituirse en “el primer discurso científico sobre el individuo” en razón de su dominio epistemológico sobre ella antes que por la capacidad técnica para contenerla. La lectura de un caso clínico moderno basta para refrescar en la memoria lo preciso y narrativamente convincente que el método analítico-clínico es en realidad. Comienza así: “Se internó una mujer de setenta años en el hospital, por presentar disnea”. Prosigue con el diagnóstico: “derrame pleural maligno debido a linfoma”. Concluye el patólogo: “la exploración post-mortem reveló…”. Por último se ofrece un diagnóstico o, mejor dicho, el “diagnóstico anatómico: linfoma maligno, tipo B-inmunoblástico: abarca esófago, estómago…”. Casi dos siglos de una interpretación del mundo que tiene supremacía precisamente por definir los términos en que se estructura la experiencia (y que Foucault denominara en otra parte el “poder del conocimiento”), se revela aquí en la cúspide de su gloria.

 

No obstante, en esta relación que hace Foucault de la reconceptualización de la muerte hay más elementos que entran en juego. Si a partir de la incorporación de la muerte en el pensamiento médico nace una medicina que se propone al individuo en calidad de ciencia, ello se debe, a mi juicio (si bien no puedo asegurar que Foucault aceptaría este salto), a que “en términos generales, la experiencia de la individualidad se entrelaza en la cultura moderna con la muerte…”. Sobre este punto, el filósofo realista se torna lírico en extremo: “En la muerte se fija la piedra tangible, la vuelta del tiempo, la hermosa tierra inocente bajo la hierba de palabras. Es un espacio articulado por el lenguaje, revela la profusión de cuerpos y su orden sencillo”.

 

Con todo, estas imágenes de piedra, tierra y hierba curiosamente nos desvían de la línea de discusión. En primera instancia El nacimiento de la clínica constituye el más fuerte argumento del antiesencialismo de Foucault (y de Nietzsche). Bajo su nuevo formato, la muerte, sino y terror del hombre desde la caída, resulta ser producto de un discurso específico, creación de la ciencia y vehículo de su poder. Sin embargo, la maldición del Génesis, aquel y “polvo eres y en polvo te convertirás”, trasciende cultura y lenguaje. Luego cabe preguntar si la afirmación de la medicina de haber domado la muerte (propuesta de modo tentativo en la imagen del anatomista del Renacimiento que disecta calmadamente bajo la sombre de la Parca esquelética, y que se articula por entero en las pretensiones de la mirada clínica, a las cuales consideró como base de su poder), no se sustenta en los más hondos temores humanos de caer en el olvido, sin depender del discurso.

 

Por último, es en esta meditación sobre el significado de la muerte, en la atención inherente a cualquier esfuerzo por domesticarla mediante la palabra, que El nacimiento de la clínica logra su más profundo e inquietante análisis.

 



* Texto publicado en la Revista El Buscón. Nr. 11-12. 1984. p.p.130-134. Traducción: Martha C. Saldaña
Imágen: © crimson - Fotolia.com para Estudios de Historia Cultural








 
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