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ENSAYO
     

 

 

 

DISPOSICIONES DEL CABILDO SOBRE LA DEMARCACIÓN DE SUBURBIOS EN LA CIUDAD DE MÉXICO
Holguer Lira Medina



La ciudad de México vista como sujeto histórico ha tenido múltiples interpretaciones desde los más diversos puntos de análisis. Los historiadores han recurrido al aporte interdisciplinario para obtener resultados enriquecidos por el conocimiento de otras áreas del saber humano. De este modo, las miradas se enfocaron desde hace buen tiempo en la antropología, la arquitectura, el urbanismo, la sociología, la jurisprudencia, las ciencias médicas y otras tantas disciplinas de las que se han desprendido copiosos estudios que han logrado abrir perspectivas de mayor alcance.

La Historia del urbanismo y arquitectura en México, en particular sobre la ciudad capital, arroja gran cantidad de reconstrucciones y escenarios interpretativos que representan vastos campos para el estudio de las ciudades y el imaginario colectivo que interactúa con éstas, y que permiten:

...un análisis con una perspectiva más amplia, en particular la de profundizar en las explicaciones del funcionamiento del sistema urbano decimonónico, ya que de esta forma, nos aproximaría a estudiar las ciudades insertas en el conjunto del territorio nación, es decir, podríamos diferenciar comportamientos, agrupar características comunes y sobre todo incorporar una mirada de conjunto al sistema urbano. [1]

 

De tal forma, acercarse a los estudios urbanísticos se ha vuelto una tarea imprescindible para los historiadores interesados en la reconstrucción de la vida en las ciudades.

Para entrar en materia, esta presentación está dividida en tres partes: en la primera se tratará el tema de los conceptos de arrabal, suburbio y periferia con la intención de distinguirlos en cuanto a su etimología como en su representación popular, gubernativa y urbanista. Una segunda parte atiende a la ciudad, su morfología urbanística y sus transformaciones a lo largo del siglo XIX y que originaron los cambios urbano-legales a mediados del siglo con el liberalismo juarista. En la tercera se tocará lo respectivo a un documento encontrado en el Archivo Histórico del Distrito Federal, dividido en dos partes, fechado entre mayo 7 y junio 3 de 1851 y que trata sobre la comisión nombrada para la demarcación de los límites de la ciudad de México para su separación de los suburbios o arrabales, punto central de este trabajo.

 

1. Arrabales, suburbios y periferias

La historia de la fundación de la ciudad de México es particularmente interesante. Su situación geográfica lacustre, su condición política y económica dominante, la simbiosis de las estructuras sociales, étnicas y culturales de sus protagonistas le dieron a la ciudad la policromía que la caracteriza hasta nuestros días.

Primero, es de suma importancia hacer mención de cierta terminología básica que ayude a la intromisión en temas histórico-urbanísticos. Arrabal, suburbio y periferia se usan en la actualidad como sinónimos aunque su sentido etimológico sea otro, pues se definen más bien a partir de lo que representan y es precisamente aquí donde cabe su similitud. [2]

La palabra arrabal se uso de manera regular hasta finales del siglo XIX siguiendo la usanza europea. Más tarde, en el siglo XX y con una notable influencia americana se utilizó suburbio y a finales de la década de los 70 se usaba ya periferia desde un fundamento más latinoamericano. [3] Así las cosas, el arrabal inicia como concepto de lejanía, lo que está afuera. Se le llama suburbio al área poblada de relativa cercanía con la traza urbana principal, en particular por el acercamiento dado gracias a los medios de comunicación que acortaron distancias. Finalmente periferia se entiende como lo que está alrededor.

El arrabal significó la zona barrial donde se gestaban todos los males sociales, lugar donde se arrojaba la escoria no deseada por el centro de la ciudad. Aunque se trató de evitar a toda costa el contacto con barrios nefastos, la ciudad requería del servicio de esos seres despreciables y viceversa. Muy pronto la barrera sociocultural fue superada al extremo de permitir el intercambio de pobladores ciudad-arrabal, unos para descansar, los otros para trabajar.

Cuando esta barrera es derribada y fluye de manera constante el paso arrabal-ciudad-arrabal, se necesitaron adecuar mecanismos que facilitaran dicha dinámica: se arreglaron los caminos, se introdujeron sistemas de carros propios o de alquiler y más adelante, como señal fidedigna de progreso, el ferrocarril. Además de este acercamiento, se reconceptualiza al arrabal y se le atribuye la connotación del espacio de extensión de la ciudad, pues los nuevos pobladores de esas áreas limítrofes desean hacer de sus barrios extensiones de la misma ciudad. [4]

Todo este estudio semiótico se reduce a la apropiación de los espacios, a la materialización territorial de la ciudad en un proceso incesante que configura la morfología urbana. Aunque en el papel se esboza un desarrollo lineal y progresivo, la realidad, como siempre, supera lo estimado. La cotidianidad del pensamiento popular no atendía a la distinción conceptual entre arrabal y suburbio, probablemente porque no le era necesario conocer esta diferencia o porque, seguramente así fue, el arrabal abandonado por la ciudad y el suburbio comunicado y considerado extensión de la urbe, fueron siempre sitios de diferenciación social, de discriminaciones que originaban como en la mayoría de los casos, la exclusión social.

 

2. La morfología urbana y sus transformaciones

Se ha discutido lo suficiente –aunque parezca lo contrario– sobre la evolución urbanística de la ciudad. Desde aquella descrita por vez primera por Cervantes de Salazar, pasando por doctas plumas como la de Bernardo de Balbuena, Juan de Viera y Manuel Orozco y Berra entre otros tantos, la ciudad ha sido plasmada con sus muchos atributos, no obstante, ha habido diferentes escritos que lejos de estas loas, hicieron notar la gravísima y precaria situación de la urbe capitalina: Hipólito Villarroel, Baltasar Ladrón de Guevara, Francisco de Sedano, Madame Calderón de la Barca y muchos más. Sin tratar de esgrimir elementos a favor o en contra, es prudente recalcar lo contrastante que puede ser la ciudad de México, en particular en el siglo XIX que es del que toca hablar.

El reformismo Borbón originó que las añejas estructuras virreinales se resquebrajaran. La sociedad del ocaso novohispano fue testigo y partícipe del proceso Ilustrado que altero el orden acostumbrado e introdujo nuevas perspectivas de socialización que infirieron en la morfología y usos de la ciudad y sus elementos. Se entendió la urbe como elemento que reflejaba poder y, por tanto, sólo una ciudad ordenada sería la que provocaría tal condición. El proyecto de Ignacio Castera remató la idea del virrey 2º Conde de Revillagigedo de ordenar y componer los males sociales que tenían su origen y consecuencia precisamente en la ciudad.

La ciudad de México se dividió en cuarteles, ocho mayores y cada uno en otros cuatro menores, un total de treinta y dos, los que sustituirían la estructura prehispánica en la que se basaron para hacer jurisdicciones barriales en el siglo XVI. [5] Una serie de planos fueron levantados para conocer de mejor forma la ciudad; cada recoveco, cada calle, cada casa y cada espacio abierto fue registrado para hacerle, si se requería, la modificación pertinente (figura 1). Conocer la ciudad era conocer sus problemas, de los que:

... en los dos primeros siglos del virreinato, la capital carecía de varios de los servicios, entre ellos el del alumbrado, pavimentación, desagües, acueductos y policía, cuya carencia, con el tiempo se fue subsanando, pero todavía a mediados del siglo XVIII la apariencia de la ciudad reflejaba que las acequias, las plazas y las calles estaban llenas de basuras amontonadas, que ofendían la vista y el olfato. A pesar de los esfuerzos hechos por la policía, los vecinos continuaban arrojando todo desperdicio al frente de sus inmuebles, y si se trataba de una familia muy limpia, cuando el montón de basura era ya muy grande, le prendía fuego, causando incomodidad a los peatones, humo y un olor insoportable. [6]



FIGURA 1. Plano levantado por Ignacio Castera, 1794.

Del mismo modo, el amanecer del agitado siglo XIX, ese que vio la luz con la extrañamente nítida opinión de Humboldt sobre la ciudad calificándola de excelsa y majestuosa, fue al mismo tiempo el del tránsito de poderes, o más bien, de personas en el poder. La Ciudad de todas formas se desgastó ante la cantidad de hechos presenciados entre 1810 y 1821. La economía estaba mermada, la moral relajada, las costumbres oprimidas y los proyectos empantanados por más de una década de luchas. La ciudad y su lastimera y descuidada condición no entraba en los proyectos ni en los presupuestos del gobierno independiente. Los bandos, avisos, reglamentos y otras disposiciones abundan en cantidad y en intentos por normar la ciudad y a sus habitantes, sin embargo, no hay decretos trascendentales que brindaran protección a los elementos urbanísticos de la ciudad.

Aunque la ciudad mostró a principios del siglo XIX un crecimiento en su área habitada, hasta la mitad de dicho siglo la urbe aparecía en una empantanada situación que socavaba todo desarrollo. La población desacelera su crecimiento, las industrias son pocas, la división cuartelaria borbónica cumplía varias décadas de haber entrado en funcionamiento. Seguía presente la dualidad urbana, mientras que al centro la plaza y los principales edificios mantenían el modelo virreinal que seguía cierto orden, la periferia matizaba con su colorido desorden la morfología de la ciudad.

Durante casi toda la primera mitad del siglo XIX, la ciudad de México no experimentó cambios sustanciales en su conformación urbana; no así en dos periferias, una vigorosa y moderna en la colonia Nuevo México en el extremo suroeste y otra en el resto, arrabalera, paupérrima, desorganizada por excelencia y engrosada por la necesidad de refugio, trabajo, supuesta seguridad y comodidad o tan sólo por alimento.

Guillermo Prieto describió así las calles de la capital a mediados del siglo XIX, con lo que es posible constatar que los males urbanos persistían casi intocables: “En los barrios era el lodazal y el caño inmundo, ...la ausencia de alumbrado y las miserias humanas entregadas a la más cínica publicidad. Escondrijos, ...muladares en los campos, léperos que se adueñaban de las calles... embrollos de callejones” [7]            

Llega así la ciudad de México a la mitad del siglo XIX. Su crecimiento urbano fue poco, casi imperceptible salvo en los casos antes mencionados. En general aún conservaba el aspecto novohispano en su arquitectura y sus costumbres. La vida citadina seguía siendo religiosa en un alto nivel: “En 1850 siete conventos de religiosos, veintiún monasterios de mujeres, catorce parroquias velan por la salvación de la ciudad. Más de la mitad del suelo urbano es propiedad de la iglesia” [8] Los mercados, plazas, acequias, acueductos, atarjeas, accesorías, casas de vecindad y grandes casonas señoriales constituían parte del crisol citadino, diversidad poco alterada en tres siglos. Fue entonces el momento de un cambio drástico, no observado desde aquel distante reformismo de la Casa Borbón.

El proyecto liberal encabezado por Benito Juárez propuso entre varias cosas, terminar con el enclaustramiento religioso en México, expropiar sus bienes y secularizar sus espacios. Si se considera que para las fechas de las que se habla, un alto porcentaje de los inmuebles de la ciudad de alguna manera pertenecían o estaban relacionados con la Iglesia, el nivel de afectación fue muy elevado. La imagen de la ciudad fue rota, trastocada desde sus cimientos y transformada paulatinamente en una urbe progresista, acorde a los nuevos tiempos encausados en la figura de Juárez. Los especuladores y fraccionadotes aprovecharon el momento para sacar el mayor provecho, pues inmensos terrenos y edificios retirados a la Iglesia fueron puestos a la venta a particulares. En poco tiempo con relación al proceso urbano anterior al decreto arriba citado, la capital del país vio invadido su territorio con nuevos elementos y materiales urbanos. Las vías férreas hicieron suyas las calles y acortaron las distancias, se abrieron y fraccionaron nuevas colonias en particularmente en las periferias sureñas, donde ciertamente las condiciones eran mucho mejores que las de las zona norte de la ciudad. La reestructuración urbana estaba en marcha y se debían adecuar los espacios a los nuevos elementos: apertura de calles, aplanado de pisos, cambios de circulación, disposiciones reglamentarias y demás adaptaciones socio-urbanas fueron necesarias para caminar a la par del progreso propuesto por el sistema juarista. [9]

 

2. El documento

La fuente en cuestión se localiza en el Archivo Histórico del Distrito Federal en la sección de Policía en General. Se compone de dos partes: la petición del gobierno del Distrito de mayo 7 de 1851, y la respuesta de la comisión fechada en junio 3 del mismo año, algunos antes de la reforma juarista antes mencionada.

En general, los fondos documentales de Policía y de Gobierno del Distrito son poco revisados para la vinculación analítica entre ciudad y legislación. Son abundantes los estudios sobre la ciudad desde los reportes de las juntas especializadas en el cuidado de algún aspecto de la sociedad, pero no hay suficientes trabajos que contengan descripciones del accionar legislativo del gobierno sobre aspectos urbanos. Habrá que desglosar el documento en partes para poder relatar no sólo su contenido, sino su vital importancia, tal vez no de hecho, sino en la intención misma de las autoridades que solicitaron y las que respondieron.

Cabe hacer mención que la estructura gubernativa de la capital del país se dividía en el Ayuntamiento de la ciudad de México y el Gobierno del Distrito Federal que, en su conjunto, formaban el Cabildo de la ciudad. A la par, se delegaban funciones en síndicos y en juntas, para casos especiales se creaban comisiones para resolver un acontecimiento en particular. Dichas comisiones variaban en duración, apoyo, importancia, recursos confinados y en seguimientos de caso. A este respecto, en la primera parte del documento, es decir, la que corresponde a la petición del gobierno del Distrito al Ayuntamiento de la ciudad, se menciona lo siguiente en su encabezado: “El gobierno del Distrito sobre que se nombre una comisión que asociada a los arquitectos de ciudad proceda a fijar de toda preferencia los puntos donde deba fijarse la línea que demarque los suburbios de la capital” [10]

De tal forma el gobierno del Distrito solicita al Ayuntamiento que realice una separación geográfica y por consecuencia jurídica de lo que se considera el casco principal de la ciudad para con los suburbios. Para tal efecto se solicitaba la ayuda de la comisión de arquitectos de ciudad, comisión encargada de tales asuntos y de otros proyectos urbanos trascendentales y de gran envergadura y que funcionaba de forma permanente, aunque con sus altibajos económicos que trastocaban su funcionamiento y por ende el cumplimiento de sus objetivos.

Más adelante, el gobierno del distrito explica las razones por las cuales solicita el establecimiento de tal comisión y la labor que llevaría a cabo: “El movimiento que ha sufrido la Capital en orden de sus edificios ha hecho que muchos puntos que antes de ahora eran muladares se hayan convertido en regulares edificios, y que otros hayan desaparecido quedando en páramos los que antes eran calles pobladas.” [11] Refiere este fragmento a la movilidad social que presenciaba la ciudad. No se habla de barrios alejados o periféricos, sino de zonas que han sufrido poblamiento y abandono, que han sido habitadas en ciertos periodos y desalojadas en otros, volviendo irregular su crecimiento urbano. Este fragmento es importante puesto que denota, tal vez sin percibirlo así por parte de sus autores, que se habla de suburbios y no de arrabales, no porque se comprendieran las diferencias conceptuales antes esbozadas, sino por el simple sentido suburbano que observan en primera instancia en las poblaciones circunvecinas y que por tanto confirma el desglose antes analizado.

Continuando con el documento petitorio, el Gobierno del Distrito deja entrever otra razón por la cual considera pertinente la delimitación; con urgencia señala que:

 

Por esta causa se hace preciso el que nuevamente se señale la línea que debe enmarcar dónde empiezan los suburbios, porque como en ellos deben fijarse para lo venidero varios establecimientos de hoy es que sin esta previa declaración se apoyen los empresarios en lugar que tal vez no convenga. [12]

 

 

En líneas anteriores se hizo mención a factores económicos como promotores de los cambios urbanísticos. El párrafo trascrito es prueba de una práctica recurrente que no debe extrañar a quien lo interprete. Por un lado es claro que reconocer los límites de la ciudad y separarla con precisión de los suburbios traería consigo una vigilancia mucho más estricta sobre tales zonas, es decir, el Ayuntamiento estaría obligado a brindar servicios como el de celadores, recolección de basura, alumbrado, abastecimiento por cañerías y desagüe en atarjeas. Si estas condiciones se les aseguran a los futuros inversionistas, es de esperarse que éstos hagan una pronta ocupación de los espacios urbanos reacondicionados.

Luego de mencionar la importancia de la delimitación, el Gobierno del Distrito gira instrucciones al Ayuntamiento para que éste promueva que se forme una comisión especial para el caso, que estaría apoyada en la comisión de arquitectos de la ciudad, órgano consultivo del gobierno que tenía bajo su resguardo los planos maestros de la urbe y el poder de decidir la construcción de edificios y demás obras, posiblemente herederos de cargos como el de obrero o albañil mayor. Se hace un urgente llamado al Ayuntamiento para que realice el levantamiento de los puntos que trazarían las líneas divisorias. Se destaca que la comisión debe recorrer en persona la ciudad para obtener los límites hacia los suburbios:

 

Desearía por lo mismo que de toda absoluta preferencia el Ayuntamiento nombrara una comisión que asociada de los arquitectos de Ciudad recorra a la mayor brevedad posible todos los límites de esta y con presencia así de su situación, como del bien y conveniencia de la población me informe lo que le parezca para resolver lo conveniente acerca de los puntos a donde deba fijarse la línea mencionada, y lo demás consiguiente a esa resolución. [13]

 

Así termina la primera parte del documento. El expediente contiene, como ya se ha señalado, la respuesta de la comisión formada a petición del Gobierno del Distrito. Los intereses de éste se vieron mermados, pues como reporta la comisión los resultados no fueron satisfactorios:

 

La comisión especial nombrada para que demarque cuál es la situación de los suburbios en esta capital no ha podido como hubiese deseado, dar una base fija e inmutable para saber en cualquier tiempo dónde comienza la línea que divide los suburbios del centro, por este motivo, la comisión después de varias y diferidas discusiones resolvió hacer la demarcación de los suburbios de acuerdo con el señor gobernador y es la que se expresa en el artículo 1º de la parte resolutiva de este dictamen. [14]

 

En efecto, la complicada trama urbana no permitió que la comisión dictaminara con facilidad dónde terminaba la ciudad e iniciaban los suburbios. Probablemente en siglos anteriores resultaba menos complicado señalar las diferencias campo-ciudad; no obstante, el paso del tiempo propició que, por un lado, el crecimiento y la cercanía de los barrios perimetrales y por otro, la delgada y casi inexistente línea que separaba el espacio rural del espacio urbano, complicaba la toma de  decisiones de la comisión.

La traza reticular del centro, conforme se alejaba a la periferia, rompía este esquema de damero. Si bien hacia el sur había un orden aparente producto del fraccionamiento para nuevas colonias como la de los Arquitectos o la Francesa, hacia el norte se abrían arrabales, callejones, plazoletas y casas en evidente desorden urbano. El oriente estaba limitado por los reductos del gran lago, lo que hacía de esta zona las más sucia, malsana y receptora de las basuras de la ciudad, lo que la convertía en un verdadero muladar; y el poniente, más apacible y refugio veraniego de los potentados de la ciudad (Figura 2).

En pocas palabras, la ciudad se diluía hasta aparecer los arrabales. Los añejos proyectos virreinales e independentistas de encuadrar la ciudad en murallas que aseguraran a los pobladores y delimitaran el espacio de la ciudad, nunca surtieron efecto.

 



Para concluir, algunas breves anotaciones generales. Pasada la década de los 50 del siglo XIX, la ciudad se transforma, se amplia de manera acelerada, aparecen nuevas colonias, nuevos suburbios, crecen los pueblos y villas aledaños y se intensifica el tránsito por las nuevas o reacondicionadas vías de comunicación. Se corregirían ciertos problemas medulares del urbanismo citadino como el abastecimiento y la ubicación de mercados, la desecación de acequias, la ampliación del alumbrado, el drenaje y alcantarillado. Cambia también el uso de suelo, se abren nuevos comercios, se aprovechan los espacios dejados por las fincas y otras propiedades otrora de la Iglesia para abrir calles, acondicionar vecindades, rentar accesorías o para el fraccionar de especuladores en bienes raíces.

De la ciudad barroca de fines del XVIII, pasando por la ciudad Ilustrada de principios del XIX, se abre paso la ciudad moderna de finales del mismo siglo. La traza y estilo virreinal fueron definitivamente sustituidos por el modernismo decimonónico, con materiales y técnicas que verificaban el progreso. Desafortunadamente, contrario al modelo positivista en boga para esos años, la sociedad camina a paso diferente que la intención modernista del gobierno o de algunos sectores de la sociedad. La costumbre, lo cotidiano, el trajín diario no podía ser legislado y alterado de un momento a otro. La resistencia de los habitantes a aceptar un proyecto de segregación, discriminación y por tanto de demarcación y aislamiento, no fue bien recibido en el pensamiento colectivo.

Las fronteras suelen ser determinantes, pero también imaginarias y más cuando provienen de una decisión política o administrativa. La sociedad puede ser legislada, sometida, pero la práctica cotidiana está y estará por encima de tales intereses.

 

FUENTES CONSULTADAS

·       Gortari, Hira de, “Itinerarios en el estudio de las ciudades decimonónicas mexicanas” en Entorno Urbano, revista de Historia, Vol. 1/ Núm. 2/ julio-diciembre, 1995, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Universidad Veracruzana, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.

·       Gruzinski, Serge, La ciudad de México, una Historia, Trad. Paula López Caballero, México, Fondo de Cultura Económica, 2004. (Colección Popular, 556).

  • Hiernaux, Daniel y Alicia Lindón, “La periferia: voz y sentido en los estudios urbanos” en Papeles de Población, octubre-diciembre de 2004, número 042, Universidad Autónoma del Estado de México.

·       Morales, María Dolores, “Cambios en la traza de la estructura vial de la ciudad de México, 1770-1855”, en Regina Hernández Franyuti (compiladora), La ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luís Mora, 1998. Ilus., tomo I.

·       Orozco y Berra, Manuel, Historia de la ciudad de México, desde su fundación hasta 1854, México, Secretaría de Educación Pública, 1972. Ilus. (SEPSetentas, 112).

·       Rodríguez, Martha Eugenia, Contaminación e insalubridad en la ciudad de México en el siglo XVIII, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Medicina, Departamento de Historia de la Facultad de Medicina, 2000. Ilus., (Serie Monografías de Historia y Filosofía de la Medicina, 3).

·       Vargas Martínez, Ubaldo, La ciudad de México, 1325-1960, México, Departamento del Distrito Federal, 1961. Ilus.

 

 

DOCUMENTO DEL ARCHIVO HISTÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL

 

  • AHDF, G. D. Policía, Sección: Policía en General, v. 3632, exp. 399, 6 fs.

 



[1] Hira de Gortari, “Itinerarios en el estudio de las ciudades decimonónicas mexicanas” en Entorno Urbano, revista de Historia, Vol. 1/ Núm. 2/ julio-diciembre, 1995, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Universidad Veracruzana, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, p. 11.

[2] Daniel Hiernaux y Alicia Lindón, “La periferia: voz y sentido en los estudios urbanos” en Papeles de Población, octubre-diciembre de 2004, número 042, Universidad Autónoma del Estado de México, p. 103.

[3] Ibíd., p. 104.

[4] Ibíd., pp. 108-110.

[5] Para conocer un recuento descriptivo de los cuarteles, su localización y el área que correspondía a cada uno ver Manuel Orozco y Berra, Historia de la ciudad de México, desde su fundación hasta 1854, México, Secretaría de Educación Pública, 1972. Ilus. (SEPSetentas, 112), pp. 98-101.

[6] Martha Eugenia Rodríguez, Contaminación e insalubridad en la ciudad de México en el siglo XVIII, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Medicina, Departamento de Historia de la Facultad de Medicina, 2000. Ilus., (Serie Monografías de Historia y Filosofía de la Medicina, 3), p. 41.

[7] Citado en Ubaldo Vargas Martínez, La ciudad de México, 1325-1960, México, Departamento del Distrito Federal, 1961. Ilus., pp. 108-109.

[8] Serge Gruzinski, La ciudad de México, una Historia, Trad. Paula López Caballero, México, Fondo de Cultura Económica, 2004. (Colección Popular, 556), p. 455-456.

[9] Para mayor información de las transformaciones urbanas de la ciudad de México en el siglo XIX, se recomienda ver el sustancial estudio de María Dolores Morales, “Cambios en la traza de la estructura vial de la ciudad de México, 1770-1855”, en Regina Hernández Franyuti (compiladora), La ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luís Mora, 1998. Ilus., tomo I, pp. 161-224.

[10] AHDF, G. D. Policía, Sección: Policía en General, v. 3632, exp. 399, 6 fs.

[11] Íbid.

[12] Íbid.

[13] Íbid.

[14] Íbid.

[15] Íbid.

[16] Íbid.

[17] Íbid.

Este ensayo fue presentado en el mes de noviembre del 2009 durante el coloquio Internacional Los Márgenes de la Ciudad. Los Barrios de la América Hispánica (siglos XVI.XXI)







HOLGUER LIRA MEDINA: LIC. EN HISTORIA FFL, UNAM, ESTUDIOS DE MAESTRÍA EN ARQUITECTURA (ÁREA DE ANÁLISIS, TEORÍA E HISTORIA), F. ARQUITECTURA, UNAM, DOCTORANDO EN HISTORIA EN EL CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE EL COLEGIO DE MÉXICO.
HE DICTADO CLASES EN LA UNIVERSIDAD DEL VALLE DE MÉXICO, UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA.
DIRECCIÓN DE TALLERES DE HISTORIA VIRREINAL Y DIPLOMÁTICA NOVOHISPANA, FFL, UNAM.
MIEMBRO DEL SEMINARIO INTERDISCIPLINARIO DE ESTUDIOS MEDIEVALES, FFL UNAM.
CONFERENCIAS PRESENTADAS EN COLOQUIOS Y ENCUENTROS NACIONALES E INTERNACIONALES, TANTO EN UNIVERSIDADES EN MÉXICO Y EL EXTRANJERO.
DISTINGUIDO CON LA MEDALLA GUSTAVO BAZ PRADA DE LA UNAM Y EL PREMIO NACIONAL AL SERVICIO SOCIAL DE SEDESOL EN 2002.
ÁREAS DE TRABAJO: URBANISMO Y ARQUITECTURA DE LA CD MÉXICO SIGLOS XVI Y XIX. POLÍTICAS DE SALUD PÚBLICA EN LA CD DE MÉXICO, S. XIX.






 
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