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ENSAYO
 
 

 

 

Michel Foucault: Historiador de la Verdad, Arqueólogo del Saber*

 

ADRIANA G. MAÍZ







Había que llegar temprano los miércoles al Colegio de Francia, el curso de Foucault no era una moda sino un acontecimiento intelectual. Un respeto casi religioso se imponía en el auditorio cuando M. Foucault daba su lección magistral. Cada miércoles tenía lugar un verdadero culto a la filosofía. Durante la celebración del mismo. M. Foucault no imponía dogmas ni exigía fidelidad, sino al contrario: desafiando siempre al discurso y al orden de la verdad, lograba exitosamente sacudir los espíritus poniendo en duda todo lo que uno cree saber.

 

Foucault creía en el lenguaje que se pronuncia y se intercambia, pero también interroga los silencios que rodean las palabras, los límites que definen la racionalidad. Seguido reunía en un mismo discurso y en una misma práctica las razones de esos límites, la sensibilidad a sus rupturas, la invitación a la transgresión. Su llamado fue siempre a pensar lo impensable a romper la seguridad que engendra el discurso del orden.

 

En paralelo a la belleza de su prosa y al esplendor de su estilo, su acción intelectual es subversión provocante, transgresora, intentando constantemente mantener la vitalidad de espíritu que caracterizó la obra de Nietzsche, de G. Bataille, de A. Artaud, de Sade, de Bianchot.

 

Foucault se decidió a explorar lo impensable haciendo la historia de las categorías del conocimiento, buscando interrogar siempre de manera sutil y crítica, los movimientos del orden del saber. Aunque no se consideraba historiador, su esfuerzo cristaliza en una historia social en la que busca hacer surgir el espacio de la verdad. Historia social de la locura, del encierro clínico, de la prisión, de la sexualidad.

 

En el orden del pensamiento Foucault fue un innovador. Su obra reúne la experiencia subjetiva a la producción teórica: su reflexión, profundamente enraizada en la historia discontinua de las sociedades, circunscribe un territorio intelectual alrededor de aquellas zonas del ser, donde las distinciones tradicionales  del cuerpo y del espíritu, del instinto y de la idea, parecen absurdas: nos referimos a la locura, al crimen, a la sexualidad. A través de su obra, M. Foucault nos permite pensar de manera diferente la situación del loco y del delincuente, la relación del cuerpo con los fantasmas del individuo, la enfermedad mental y la normalidad sicológica. De la locura a la prisión, el filósofo denuncia todo aquello que pretende dominar el cuerpo y el espíritu, abriendo al mismo tiempo enormes horizontes a la historia de las ideas. Para Foucault, la historia del pensamiento no significa simplemente la historia de las ideas o de las representaciones, sino la exigencia antes que nada, de establecer cómo se conforma un saber. ¿Cómo el pensamiento en si mismo se funda en relación a la verdad y cuál es su historia?

 

Poniendo en duda algunas categorías, cuestionando las certezas ya adquiridas, preocupado fundamentalmente por comprender aquello que permite en una sociedad, la imposición de una moral, de un orden y de una racionalidad. M. Foucault recorre los procesos históricos, dando un lugar central a la cuestión del sujeto.

 

¿Cómo, por qué y a qué precio se intenta elaborar un discurso de “verdad” sobre el sujeto? Esa es la cuestión esencial en la obra de Foucault. A partir de ahí, ha sido posible reconocer entre las fronteras del pensamiento y de la historia, el territorio virgen descubierto por él.

 

En las sociedades primitivas Foucault nos pone de ejemplo la Grecia clásica, el discurso verdadero es aquel que es pronunciado por quien tiene el derecho de hablar de acuerdo al ritual. El discurso verdadero es un discurso eficaz, que tiene el poder de decidir la justicia, de anunciar la verdad, de profetizar el porvenir. Discurso que no sólo predice lo que va a pasar, sino que contribuye a su realización. Eficiencia mágica de la palabra verdadera, aquella capaz de borrar la distancia entre hablar y hacer.

 

Sin embargo, después de la época clásica, el discurso verdadero desaparece. La verdad “se desplazó del acto ritualizado, eficaz y justo de enunciación, al enunciado mismo”. Desde entonces, nos dice Foucault, tres formas principales de exclusión afectan al discurso la palabra prohibida, la separación entre locura y razón y la voluntad de verdad. De estos tres grandes sistemas de exclusión, el último es determinante y crucial.

 

La voluntad de verdad se apoya en un soporte institucional y se acompaña “por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica en una sociedad, en la que es valorizado, distribuido, repartido y en cierta forma atribuido” [1] . Esta voluntad de verdad tiende a ejercer sobre el discurso una especie depresión, un poder de coacción. La razón, nos dice Foucault es que el discurso verdadero no es y a más, en efecto, desde los griegos, el que responde al deseo o el que ejerce el poder. Siendo así, la voluntad de verdad no puede más que reflejar en esencia la voluntad de decir ese discurso verdadero y por lo tanto lo que está en juego, es realmente el deseo y el poder.

 

La voluntad de verdad, se convierte en una prodigiosa maquinaria destinada a excluir. Para Foucault, los “saberes” más exactos son transitorios y mortales, resultan sólo del poder temporal de un discurso, de un sistema de representaciones que delimitan en una época determinada lo que es verdad y lo que no lo es, lo que es pensable y lo que no lo es: saberes que nos enfrentan a un relativismo absoluto.

 

Si la verdad ha muerto, como pretendía Nietzsche, Foucault sueña con otro compromiso para la filosofía y decide que la perspectiva histórica es practicable. En esto se parece a Marx, quien también prefirió la perspectiva histórica, en lugar de la filosofía eterna.

 

“La filosofía decía Foucault es profundamente política y completamente histórica. Es la política inmanente a la historia, es la historia indispensable a la política”.

 

La reflexión de M. Foucault es profundamente política. Como “arqueólogo del saber”, nos recuerda constantemente que el poder está en el saber,  pero también que el saber está en el poder. Es el filósofo que piensa los poderes, que analiza su anatomía. Nos descubre con lujo de detalles el encierro de los locos en la época clásica, la nueva cara del hombre que aparece a finales del siglo XVIII, el surgimiento en el siglo XIX de una mirada diferente sobre el cuerpo del enfermo. En su obra descubrimos toda una genealogía de la locura, de la enfermedad y del sexo.

 

La historia de la locura presenta el análisis de la separación que se establece entre locura y razón, delineando las formas de esta división desde la época clásica. La locura es una de las fronteras sociales definitivamente decisiva, aquella que señala como los hombres excluyen a otros hombres considerándolos “sin razón”. Foucault nos presenta una génesis social de la exclusión, tal como se materializa en el asilo, entre lo normal y lo patológico. Pero el filósofo no se limita a escribir la historia de la locura, sino que participa con energía en el movimiento anti-siquiátrico, intentando destruir al interior al interior de las instituciones y de la conciencia misma del siquiatra, las modalidades médicas del tratamiento de la locura.

 

Sobre ese territorio M. Foucault va a realizar un verdadero trabajo de arqueólogo, reconstruyendo profundamente las sedimentaciones que han conformado la cultura. Al interior de una historia específica reina una identidad, una misma cultura permite a un grupo humano la posibilidad de reconocerse como un Nosotros; pero esta identidad se constituye a través de exclusiones. En el caso de la cultura occidental. Foucault señala los puntos centrales de división: separación  entre la razón occidental y el oriente, entre el sueño y la realidad, entre lo trágico y lo dialéctico, y sobre todo… entre razón y locura.

 

Desde el momento que hay razón e historia, hay locura, en ese sentido la historia de la posibilidad de la historia. La historia exige que las obras sean creadas y que palabras cargadas de sentido y de significación sean transmitidas. Pero la locura es lo contrario a la razón, es la ausencia de creación. Los gestos del loco no llegan a nada, sus propósitos delirantes no tienen referencia real. La posibilidad de la historia descansa entonces en la decisión de excluir a los “sin razón”: de abolir los gestos y las palabras que no tengan una significación positiva. “no he querido hacer la historia de ese lenguaje –nos dice Foucault- más bien he deseado construir la arquelogía de ese silencio”.

 

La función del arqueólogo, opuesta a toda historia retrospectiva sobre el progreso de la razón, parece comenzar ignorando lo que es la locura y proponiéndose mostrar cómo esa “producción de identidad”, inherente a toda cultura, requiere expulsar del espacio común, todo aquello que no se somete a dicha identidad, todo aquello que es por lo mismo, designado negativamente: la diferencia, la incoherencia, la “sin razón”.

 

“Vigilar y castigar” analiza otra forma de exclusión diferente de aquella que opera  en nombre de la razón: aquí se trata de cuestionar el poder de castigar, de denunciar cómo la siquiatría cambia la práctica del castigo, pero lejos de mejorarla, sólo disfraza bajo aspectos “más humanos” el poder de coerción.

 

Esta genealogía de sistemas carcelarios y represivos, nos permite ver cómo a través de “tecnologías” disciplinarias y coercitivas, el individuo se convierte en objeto de conocimiento. Con este curiosos proyecto de “encerrar para corregir”. M. Foucault caracterizaba a la sociedad disciplinaria. La disciplina (reunión del saber y del poder) asegura al poder, el control del individuo. Las relaciones de fuerza aparecen también en las relaciones de reproducción de la familia, en las relaciones sexuales, en las instituciones: pero sobre todo, la disciplina se interioriza, permitiendo la “normalización” sicológica de los individuos.

 

La última parte de su obra la constituye la historia de la sexualidad. Esta vez. M. Foucault se propuso analizar las formas por las cuales el individuo se reconoce como sujeto tomando otro sendero teórico que él mismo definió como la “historia humana del deseo”

 

En la introducción al último de sus libros “L’usage des plaisirs” (Vol. 2 de la historia de la sexualidad) M. Foucault confiesa que aquello que deseaba verdaderamente  hacer desde  largo tiempo, era centrar su esfuerzo en aclarar algunos elementos que le permitieran realizar una historia de la verdad. Una historia que no se preocuparía por lo que pueda haber de verdad en el conocimiento, sino que fuera una análisis de los “juegos de la verdad”, juegos de o verdadero y de lo falso, a través de los cuales el ser se constituye históricamente como experiencia, es decir, pudiendo y debiendo ser prensado.

 

“¿A través de qué juegos de verdad el hombre se piensa en su propio ser cuando se percibe como loco, cuando se ve como enfermo, cuando se reconoce como ser vivo hablando y trabajando, cuando se juzga y se castiga como criminal?”.

 

Siempre presente. M. Foucault nos sigue incitando a pensar lo impensable, a descubrir los aspectos más obscuros de la dominación social. Su desaparición deja, en efecto, un espacio vacío, un silencio pesado donde se adivinan las sombras de la tristeza y la emoción de aquellos que lo conocieron. Los hombres que manifiestan una tal vocación hacia la verdad son raros. M. Foucault, historiador de la verdad arqueólogo, fue uno de ellos.

 



[1] El orden del Discurso “Archivos de filosofía No. 4, UNAM. Pág. 8.

 

* Texto publicado en la Revista El Buscón. Nr. 11-12. 1984. p.p.131-141
Imágen: ©Stefano Tiraboschi - Fotolia.com. Para Estudios de Historia Cutural.







 
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