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ENSAYO
     

 

 

En busca de la ciudad invisible: habitación, barrio e itinerarios urbanos en los
márgenes de Aguascalientes a principios del siglo XX


Gerardo Martínez Delgado

Hasta ahora, la historiografía urbana ha privilegiado el estudio de los proyectos, acciones y transformaciones de ciudades dirigidas o visibles en los espacios de las élites. Este trabajo se propone explorar algunos aspectos de la “ciudad invisible”, la más extensa y paradójicamente más obscura, a fin de comprenderla más integralmente en su complejidad. A partir de documentos judiciales –en busca de “fragmentos de vida” de acusados, testigos e involucrados en procesos-, y también de notas de prensa, estadísticas, reglamentos y diferentes tipos de imágenes, se hace un seguimiento a la vida de barrio, a las formas de habitación, a los itinerarios de la gente en la ciudad y a las estrategias implementadas por un amplio sector social para enfrentar y vivir una urbe como la de Aguascalientes a finales del porfiriato, cada día más compleja. Sin obviar la importancia de avanzar en el estudio de la formación, caracterización, fisonomía, cambio y protección de los barrios entendidos en su acepción llana, el texto da seguimiento a los “límites urbanos”, a la “ciudad invisible”, a partir de una definición de barrio más flexible y profunda a la vez. En esta, según Pierre Mayol, el barrio “es una noción dinámica”, “un dispositivo práctico” que significa la continuidad entre lo íntimo (la vivienda) y lo desconocido (el conjunto de la ciudad)2. En este sentido, la ponencia hace un seguimiento a los habitantes y formas de vida en las vecindades (el tejido de amistades, relaciones sentimentales, chismes, solidaridades o. enfrentamientos); a los itinerarios construidos a partir de referencias básicas (el lugar de trabajo de las personas, el punto donde se abastecían, el sitio donde vendían o empeñaban sus modestas pertenencias o el fruto de su oficio, el templo, la cantina y la estación del ferrocarril); a las formas de movimiento (modificadas por ejemplo con la instalación de tranvías, que integraron la otrora ciudad aislada y fragmentada, y ampliaron la visión y posibilidades de la gente); y a las estrategias de conducción, basadas casi siempre en referencias visuales que daban sentido a un mundo donde no hacía falta memorizar nomenclaturas de héroes patrios o números de casas.

Habitación y vecindades

Uno de los fenómenos más interesantes de cambio ocurrido en muchas ciudades latinoamericanas durante el siglo XIX –especialmente durante su segunda mitad- fue el de las vecindades. En la ciudad de México las hubo desde épocas tan tempranas como el siglo XVII y en cantidad tal que hacia 1813 se contaban más de 5 0003. No obstante, nos inclinamos a pensar que el de la capital mexicana fue un caso excepcional4. Al menos por lo pronto no contamos con ninguna evidencia que sugiera la existencia de vecindades en Aguascalientes antes del siglo XIX. La vecindad es por excelencia una expresión de algún grado de pobreza de la población y de otro grado de concentración demográfica, pero en la ciudad de México durante la época colonial funcionaron además como un tipo de vivienda adecuado a necesidades de gremios de artesanos, con cuartos que cumplían la doble función de casa y taller, brindando “vecindad”, “intercambio de ideas, la ayuda mutua y la unidad familiar”, según el pensamiento de las congregaciones religiosas, sus principales propietarias. Si estamos en lo correcto, las vecindades de Aguascalientes y de muchas otras ciudades corresponden a otro momento y otras circunstancias, cuando a finales del siglo XIX una fuerte corriente migratoria demandó viviendas baratas en arrendamiento.

En esta etapa, la vecindad nació en muchas ciudades como una de las más genuinas expresiones del embate del sistema capitalista que conjuga, según la vieja fórmula de Marx y Engels, la rápida acumulación de capital, el desarrollo de la industria, y la afluencia de fuerza de trabajo a las ciudades, todo lo cual produce especulación, amontonamiento de los obreros en barrios alejados y, finalmente, “la edificación de un centro que desarrolle funciones comerciales y directivas cada vez más idóneas para el predominio de la burguesía urbana, clase urbana hegemónica”5.

Desde luego, sabemos que esta cadena no está necesariamente ligada a la aparición de industrias, pues puede haber un despegue económico fincado en la producción agrícola, ganadera, o incluso en otras formas de producción artesanal. En realidad, el fenómeno puede ocurrir en cualquier época en ciudades grandes con aureola de atracción, a veces por sus minas o a veces simplemente por su condición de capital o centro rector; en todo caso, siempre se trata de una expresión de crecimiento poblacional desmedido y de marginación.

En el Aguascalientes de finales del siglo XIX tomaron asiento dos grandes industrias del giro metalmecánico, las cuales se constituyeron automáticamente en uno de los imanes principales que atrajeron fuerza de trabajo, moviendo a las élites locales a la especulación con la tierra, algunas veces ofertando lotes para edificar casas, y otras construyendo cuartos o habilitándolos en viejas construcciones que carecían de las más elementales comodidades.

No se exagera si se afirma que de un día para otro llegaban decenas o cientos de personas a buscar habitación en Aguascalientes, sobre todo en momentos claves como cuando empezaron a funcionar las mencionadas factorías. Algunos podrían improvisar una choza en los arrabales, otros se podían amparar bajo el techo de un pariente o un amigo, varios más tomaban en alquiler una casa, los menos se hacían de un terreno e iban fincando poco a poco, pero muchos más se tenían que amontonar en la que se ofreció como mejor opción para las ambiciones de algunos propietarios: las vecindades.

Cuando Engels se ocupó de estudiar las condiciones de vida de los obreros de ciudades como Manchester, observó que el hacinamiento y la degradación tomaban tintes

 

más dramáticos en aquellas ciudades que no habían sido originariamente industriales. En medio de esta situación imprevista: “La vivienda empeora cualitativamente a causa del progresivo aumento de la demanda por parte de una masa muy grande de recién llegados a la ciudad. Los alquileres aumentan y crecen también las incomodidades debido al número cada vez mayor de personas que ocupan cada vivienda”6.

El modelo tiene desde luego diferencias notables con la forma en que se desenvolvió el proceso en Aguascalientes. En las ciudades estudiadas por Marx y Engels, así como en grandes metrópolis como Buenos Aires o la misma ciudad de México, la tendencia fue la mudanza de las familias acomodadas del centro a los suburbios, donde construyeron vistosas colonias trazadas según criterios modernos, con todos los servicios, y siguiendo diseños que marcaba la vanguardia europea y norteamericana. Sus viejas mansiones las dividieron enseguida en decenas o a veces cientos de cuartos que alquilaron a todas estas familias pobres que no tenían otro sitio donde vivir, lo que para el caso de la ciudad de México marcó no el primero sino un segundo gran momento y modalidad de vecindades.

Siendo una ciudad mediana y de menores recursos, en Aguascalientes el traslado de la élite hacia las afueras de la ciudad fue demasiado lento. En ésta como en otras urbes similares, las vecindades tendieron a surgir en los mismos arrabales o en calles inmediatas a las ocupadas por los propietarios ricos, ocupando terrenos que antes habían sido huertas o incluso casas que antes arrendaban como una unidad y que al calor de las oleadas migratorias subdividieron para darles cabida y abultar su cartera. Desde este momento, las vecindades de Aguascalientes siguieron las dos modalidades básicas: la de construcción ex profeso y la de adaptación de cuartos en una vieja casa, mesón u hotel.

En 1900, la ciudad de Aguascalientes estaba compuesta de poco más de 210 manzanas, divididas administrativamente en cuatro demarcaciones. Al norte y al sur estaba limitada por fronteras naturales (arroyos), por el poniente con parcelas y ranchos particulares, y por el oriente con la hacienda de Ojocaliente, en cuyos terrenos brotaban los manantiales de agua que le daban vida a la ciudad, y en la zona en que recientemente se había instalado un molino de harina y se empezaban a construir los talleres del Ferrocarril Central Mexicano.


De acuerdo a un análisis elaborado en otro lugar [Plano 1], las familias de mejor posición económica concentraban el lugar de sus viviendas en 20 de las manzanas más céntricas.

Plano 1. En azul se indica la Plaza Principal de la ciudad, de la cual se desprenden líneas amarillas que señalan las calles habitadas por las familias de la élite.

Las vecindades, por otro lado, parecen haber estado ubicadas más allá de estos límites. Hemos formado una relación de algunas de las que existían en Aguascalientes entre los últimos años del siglo XIX y la primera década del siguiente, de la cual resultan 40, un número significativo como muestra pero seguramente muy inferior respecto a las que realmente funcionaban7. La mención más antigua que hemos localizado data de 1874 y es la de los “Cuartos de don José Morán”, situados en el Callejón del burro. Ya casi a finales del siglo aparece otra referencia que tampoco lleva aún el nombre de vecindad, “El Mesón del Ángel”, que no obstante la categoría contenida en su título cumplía la función de un hospedaje más fijo que el de un mesón.

 

Plano 2. Ubicación aproximada de poco más de tres decenas de
vecindades existentes en la ciudad hacia 1910. Nótese la ausencia de estas viviendas en el centro de la urbe y su abundante presencia por los rumbos sur y norponiente.


A partir de 1900, los nombres, direcciones y referencias se multiplican: la vecindad de San Pedro, la del Relámpago, la de Jesús, la Constancia, la de San Juan Nepomuceno, Del Refugio, Del Siglo XX, De la Purísima, Del Carro, y otras bautizadas con el apellido del propietario: La de Baker, la de Carreón, la de los Calzadas, la de Don Juan Díaz y muchas más. Hay que revisarlas en el plano para ubicarlas en el espacio de la ciudad. Como adelantamos, por lo menos en esta muestra no aparece ninguna vecindad en el perímetro que había ocupado y seguía habitando la élite en las manzanas circundantes de la Plaza Principal. Las más cercanas a esa área las encontramos por el sur, el rumbo que en realidad no tenía casas importantes detrás de los Palacios de los poderes estatal y municipal. Vemos bien definida una zona de cuartos en las calles aledañas al arroyo de los Adoberos, que

cruzaba la ciudad: de uno de sus lados, por las calles de San Juan Nepomuceno, El Olivo y La Estrella, y del otro, por la de Washington, la misma de El Olivo y por la calle de Los Pericos. Hacia el otro costado, también por el sur, encontramos al menos siete casas de vecindad: tres por las calles Del Circo y Del Castillo –una notoria zona de prostitución-, y otras más alrededor del Hospital Hidalgo, el rastro y las calles cercanas al arroyo del Cedazo.

Por otros rumbos de la ciudad aparecen cuatro grupos más o menos definidos de éstas habitaciones. Uno en las últimas calles de Nieto, en el extremo poniente de la urbe. Otro en el oriente, donde no mucho antes sólo había huertas. El más numeroso, en el extremo norte, por las últimas calles de Tacuba, teniendo entrada por ésta o por las que de ella partían perpendicularmente, como las de la Mora, Terán y La Morita. Finalmente, un cuarto grupo se forma alrededor y hacia el norte del barrio de Guadalupe, la zona donde se empezaban a construir las colonias México y del Carmen y que, si no en este momento, con el paso de los años se convertiría en el sitio por excelencia de vecindades en la ciudad.

Petra Mendoza vivía en la vecindad de Francisco Baker, situada en la 2ª calle de San Juan Nepomuceno no. 10. Era de Guadalajara, pero tenía mucho tiempo en Aguascalientes. Estaba casada con Francisco Martínez García, de 29 años, dos menos que ella8. El estrecho cuarto que ocupaban debió cumplir con las características del promedio de los de su tipo. Dormían en él seis personas: la pareja, Eusebio, Rosenda, Leonor -tres hijos- y Manuel Ayala, un sobrino de Petra que había quedado huérfano. En 1905, año en que la Mendoza se vio involucrada en un acto de circulación y fabricación de moneda falsa, el ingeniero de ciudad hizo una inspección por la llamada “vecindad de Baker” que lo dejó boquiabierto.

Según su reporte, encontró que “la mayoría de las piezas están inhabitables: muy reducidas, los techos sumamente bajos, poca ventilación, mucha humedad y ninguna comodidad”. Revisó el excusado y se topó con uno “lleno por completo”, del cual salían “las materias fecales a la pieza contigua”, por lo que “los numerosos inquilinos usan como excusado un pequeño hoyo que se hizo en uno de los cuartos, sin banco ni tablas”. Concluyó tajante que “la distribución y aspecto general de la casa no podrían ser peores, y es inexcusable la existencia de un edificio semejante en una población como esta”,elevando a la Jefatura Política su concepto para que la vecindad se clausurara mientras se ponía “habitable”9.

Muchos intelectuales de la época que querían entender las causas de la criminalidad encontraron en esas pocilgas buena parte de las explicaciones a sus preguntas. Rayando en una fascinación morbosa por la intimidad, se introdujeron en los cuartos y describieron espacios e individuos que les repugnaban: se cubrían de andrajos, siempre andaban sucios, usaban un “lenguaje tabernario”, lucía decrépitos, eran amigos de las riñas, habían “perdido el pudor de la manera más absoluta”, y era de su seno de donde “se reclutan los rateros y son encubridores oficiosos de crímenes muy importantes. Insensibles al sufrimiento moral, el físico los lastima poco…”10.

Las vecindades y los barrios de los arrabales, con su pobreza, insalubridad y hacinamiento, eran el caldo de cultivo de los vicios que más preocupaban a la élite: la ebriedad, el juego, la vagancia, la mendicidad y la excitación de las pasiones. Es verdad que no se puede generalizar el perfil de estos miles de habitantes. Acostumbrados a una vida en la que la división entre lo público y lo privado era más laxa que la que se imponía en las familias acomodadas, los pobres estaban y están expuestos al señalamiento y a la crítica.

Lo cierto es que la familia de Petra Mendoza vivía en condiciones deplorables y que en su seno habían tomado asiento varios de esos vicios censurados por la élite. En un mismo cuarto habitaba la pareja, los hijos de ambos, uno que él había tenido con otra mujer y el sobrino de ella. Él había estado alguna vez en la cárcel y ella lo estuvo en dos ocasiones consecutivas, recibiendo como castigo en la segunda vez la pena de prisión durante cinco años y seis meses.

Parece que en la familia había dificultades y disfunciones frecuentes. Cuatro días después de que Petra salió de la cárcel tras su primera visita, discutió con su marido y se fue a vivir a otra vecindad porque, según dijo, “temía que éste le pegara un golpe”. Los niños quedaron desprotegidos; unos días estuvieron con Francisco, pero seguramente éste no quería atenderlos, pues los llevó “a la casa de un conocido cuyo nombre ignora”, y 9 Archivo General Municipal de Aguascalientes (AGMA), Fondo Histórico (FH), 310.8. 10 Citado en: Robert M. Buffington, Criminales y ciudadanos en el México moderno, Siglo XXI Editores, México, 2001, p. 93.enseguida estuvieron “en diferentes partes, hasta que fueron a dar con Petra Mendoza según supo después, sin que el declarante sepa cómo vivirían o en lo que se ocuparía ésta…”11.

La vecindad, como el barrio, estaba fuertemente anclada a sus moradores; en ella se pasaban muchas horas del día, se tejían amistades, relaciones sentimentales, chismes, solidaridades o enfrentamientos. Como los cuartos eran incómodos y poco higiénicos, la vida de la vecindad se desarrollaba en las puertas, en los pasillos, en los patios y en los lavaderos.

Las escenas de bailes y riñas que involucraban a toda la vecindad son bien frecuentes en la prensa. Jolgorios había por ejemplo en el patio de la vecindad de doña Casimira Silva, en la 1ª calle del Castillo. El comisario se encontró un día con un gran escándalo en la vecindad de Jesús, en el cual llevaba protagonismo María Guadalupe “mujer conocida por la cubana”. En otro patio de vecindad, éste en la calle de Larreategui, “hubo una riña, casi un tumulto, por el número de rijosos, hombres y mujeres”.

Julia Torres y Marta Plascencia, dos mujeres que vivían en una vecindad eran inseparables “porque se conocían de mucho tiempo atrás y se dedicaban a un mismo trabajo para ganarse la vida: hacían tortillas”. Un día, como de costumbre, llegaron a su domicilio al filo de las diez de la noche, cansadas del ajetreo de todo el día en el Mercado Calera, donde vendían su mercancía. Apenas acabaron de cenar recordaron que habían dejado la puerta abierta, encendieron una vela y salieron juntas para cerrarla, sólo que en el zaguán se toparon con una sorpresa que ese día habría de teñir de sangre la vecindad: Eulogio Chaires, un viejo amor de Marta, con quien había procreado una hija12.

La vida en el barrio y los lugares básicos: la plaza y el mercado

Una ciudad que crece, que se vuelve cada día más compleja y en la que se van haciendo más notorias las diferencias y las divisiones requiere estrategias para enfrentarla y habitarla. La élite desarrolló un proyecto urbano a varios niveles, por ejemplo: 1) afinó las divisiones administrativas para controlar a la población, 2) impuso nomenclaturas a las calles y levantó monumentos conmemorativos de héroes y acontecimientos claves para legitimar a la nación y a su gobierno, 3) construyó casas y colonias a la altura de sus ambiciones y anhelos, 4) impulsó el combate a la insalubridad y edificó a las afueras de la urbe sitios que por su naturaleza les eran incómodos pero necesarios: un hospital, un rastro, los cementerios, 5) inició la instalación de servicios públicos modernos que cubrían viejas necesidades con nuevas herramientas: abasto de agua por tubería de fierro, iluminación pública y privada por electricidad, drenaje, pavimentación, etcétera, 6) vislumbró la expansión de la ciudad con trazos reticulares que seguían diseños modernos, 7) mejoró la imagen y funcionalidad del centro como el lugar de convivencia y comercio burgués, 8) fomentó la incorporación de grandes fábricas, 9) y, en general, se esforzó en establecer los sitios de su circulación, apartándose cada vez más de las zonas de habitación y movimiento de las clases populares13.

Frente a esta posición, los miles de habitantes de las zonas circundantes al centro, los que vivían en los sitios, casas y vecindades que hemos ido explorando, construían en la cotidianeidad sus propias estrategias para habitar la ciudad. Entre sus espacios íntimos y conocidos, su cuarto de vecindad o su casa, entre ellos mismos y el mundo físico y social establecían medios para relacionarse socialmente, para asistir a su trabajo, para proveerse de alimentos y vestido, para pasearse, para buscar el sustento, para divertirse y para toda una serie de actividades que debían desarrollar en la ciudad.

El espacio donde inicia el contacto con la ciudad es el barrio. Ahí se establecen relaciones entre vecinos, compañeros de oficio o trabajo y entre compradores y vendedores. Pierre Mayol ha definido con inmejorables palabras el significado del barrio y la forma en que el placer o la necesidad inducen a cada habitante a conocerlo y a saberlo recorrer:

Frente al conjunto de la ciudad, atiborrada de códigos que el usuario no domina pero que debe asimilar para poder vivir en ella, frente a una configuración de lugares impuestos por el urbanismo, frente a las desnivelaciones intrínsecas al espacio urbano, el usuario consigue siempre crearse lugares de repliegue, itinerarios para su uso o su placer que son las marcas que ha sabido, por sí mismo, imponer al espacio urbano. El barrio es una noción dinámica, que necesita un aprendizaje progresivo que se incrementa con la repetición del compromiso del cuerpo del usuario en el espacio público hasta ejercer su apropiación de tal espacio.14

Al tiempo que uno conoce el barrio, el barrio y sus habitantes lo conocen a uno, por eso los extraños causan siempre suspicacia.

 

Dentro del barrio, las tiendas son el primer punto de acercamiento, el centro al que todos acuden, donde se establece un contacto al menos visual. Julia Martínez compraba carne “los más días” en el despacho de la señora Evarista, en el Mercado Calera; no sabía su apellido, pero la tenía bien ubicada. Para doña Evarista, por su parte, Julia le era “desconocida de nombre y no de vista porque se ha fijado en que es su marchante”15. Cuatro centavos de carne, cuatro onzas de manteca, huevos, un poco de azúcar, carbón y otras muchas pequeñas cosas se compran en tiendas inmediatas al domicilio. María López, que vivía en la calle de la Mora, hizo temprano su mandado en el Mercado Terán y a medio día mandó a su hija por un poco de manteca “al tendajón de don Jacinto”, el que su esposo identificaba sólo como “una tienda cuyo nombre ignora pero que está situada en la misma calle de su vecindad”16.

Algunos tenderos eran bastante observadores y dominaban la escena barrial. Pablo González, por ejemplo, era de Encarnación de Díaz, Jalisco, tenía 50 años, y hacía seis que había establecido una tienda en la 2ª calle de Hebe, cerca del Jardín de San Marcos. Le gustaba platicar con sus clientes y su buen trato hacía hablar a muchos, de su vida, de la de otros, de lo que sabían o habían visto y de lo que les habían contado, por lo que se jactaba de conocer “perfectamente bien a todas las personas del barrio”17. Prácticamente les tenía un expediente abierto a cada uno de los vecinos.

A José Macías y María Guadalupe Romero los conocía desde dos años atrás, cuando la pareja se estableció en la 7ª calle de Nieto y empezaron a “comprarle algunas cosas de abarrotes”. Con el tiempo cambiaron hasta tres veces de casa, de las que don Pablo conocía bien su dirección, y José no dejaba de ir y platicar con él, aunque “nunca le quiso decir al declarante cuál era su giro o modo de vivir”. Como el comerciante se encargaba de armar rompecabezas de la vida de todos, lo que no le platicaban lo intuía o lo averiguaba. Participó como empadronador, teniendo acceso a todas las personas y habitaciones del barrio. En la 5ª de Hebe, donde vivían Macías y su esposa, se encontró con una mujer que le generó sospechas por su negativa a proporcionarle los datos personales que exigía el formato del padrón. Lo que más le llamaba la atención era que los personajes en cuestión
“vistieran con elegancia” y gastaran dinero “sin tener un modo conocido de vivir”.

En una ciudad mediana como Aguascalientes siempre quedaban posibilidades de conocer y de apropiarse de un espacio mayor al barrio. En el proceso de crecimiento, de recepción de flujos migratorios y de cambios en los ritmos y formas de vida, la urbe permitía y exigía a la vez la extensión del espacio de movilidad de las personas. Para algunos el campo de posibilidades era tan amplio con la ciudad misma e incluso como la región y una amplia área que podía llegar hasta las costas del país o los territorios de Estados Unidos. Los aguadores, por ejemplo, iban de sus domicilios a las fuentes públicas o a los manantiales a surtir sus cantaros y de ahí a las casas de pobres y ricos por todos los rumbos. El común de las personas, sin embargo, construía sus itinerarios a partir de referencias básicas: su lugar de trabajo, el punto donde se abastecían, el sitio donde vendían

o empeñaban sus modestas pertenencias o el fruto de su oficio, el templo, la cantina y la estación del ferrocarril.

La Plaza Principal, el Parián, el Mercado Terán y otros puntos de comercio destacan siempre en los itinerarios de la gente que habita los barrios que circundaban la ciudad. El Mercado Terán era quizá el sitio de convivencia por excelencia: a él llegaban los vendedores establecidos, los foráneos que iban en busca de comprador para sus cuartillas de maíz o sus nopales, quienes frecuentaban una cantina del rumbo, los que llegaban de un pueblo o acababan de bajar del ferrocarril en busca de una fonda, los que improvisaban un puesto de herramientas o ropa usada, y las amas de casa y vecinos de habitaciones inmediatas, como las de las calles de la Mora o Larreategui, hasta los de sitios apartados, como la calle de San Juan Nepomuceno.

Otros sitios de gran afluencia eran las casas de empeño, a donde la gente de todos los vientos de la ciudad llevaba sus objetos personales a cambio de unas monedas que servían para la botella de tequila, para la leche de los niños o para la comida del día. En los almacenes de estos establecimientos se apilaban las enaguas, chaquetas, pantalones, rebozos, sombreros, jorongos, zapatos, frazadas, camisas, calzones, botines, casimires, bufandas y artículos del hogar: sillas, sábanas y cobertores, cazos y una multitud de objetos18. A Nabor Sánchez lo sorprendieron entregando monedas falsas con las que pretendía desempeñar unas prendas del Montepío “El Banco”19. Matilde Rico y Emeterio

Méndez se vieron involucrados en un escándalo cuando en la puerta del Monte de Piedad, situado en uno de los portales del Parián, una mujer se abalanzó sobre la Rico reclamando que le había robado “un portamonedas con tres pesos y una boleta de empeño”20.

Fotografía 1. Puestos callejeros a las afueras del Mercado Terán, centro de reunión. Fotografía coloreada, c. 1906. Tarjeta Postal perteneciente al fondo pictográfico de Colecciones Especiales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez

Fotografía 2. Vista coloreada e idealizada de la Plaza Principal de Aguascalientes, c. 1906. Tarjeta Postal perteneciente al fondo pictográfico de Colecciones Especiales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.



Fotografía 3. El trayecto que separaba al Parián (abajo, derecha) y al Mercado Terán.

A diferencia del Mercado Terán, ubicado en el trayecto hacia la salida a Zacatecas, rodeado de comercios y habitaciones de clase pobre, muy cerca de ahí, pero envuelto en otro tipo de entorno urbano, estaba El Parián, el edificio que en estricto sentido debe considerarse como el primer punto construido formalmente para el intercambio de productos en la ciudad, en 1828. Además de ser un sitio intermedio entre la Plaza Principal y el Mercado Terán, El Parián era por sí sólo un centro de atracción para las clases media y baja que acudían a los negocios de comerciantes y productores medianos y grandes.

Como hemos mostrado en otro lugar, El Parián captaba siempre la atención de los fotógrafos, sobre todo de los extranjeros21. Entre un abigarrado conjunto de elementos, en sus placas aparecen con recurrencia los burros cargados de leña, los arrieros, los sirvientes con la canasta para el mandado, multitudes de hombres y mujeres -con sombrero y jorongo los primeros y ellas con rebozo y enaguas-, otros individuos cuya vestimenta los delata como miembros de la clase media o alta, y varios comerciantes ofreciendo sombreros, blusas, loza, servilletas deshiladas, ropa e infinidad de chácharas, apostados en el suelo del patio interior del edificio, parados junto a los roperos de las columnas exteriores, o sentados

 

en su puesto informal junto a las puertas de los locales establecidos: El Diamante, El Buen Gusto o La Torre Eiffel, entre los de mejor reputación.

Fotografías 4 y 5. Arriba: Un corredor del Parián fotografiado por W. H. Jackson, c. 1884. Abajo: Vista del portal sur del Parián, c. 1899. Por el fondo aparecen circulando dos carros del tranvía de mulas por la calle Allende para doblar hacia la plaza principal, por la calle del Reloj [andador Juárez]. Alrededor del Parián, personas de todas las clases, tomando el sol, platicando, trabajando, haciendo el mandado.

Pablo Castañeda, un jornalero que se había tenido que ocupar de sirviente en una casa de la ciudad, identificaba bien “una tienda situada en el lado poniente del Parián, donde venden jorongos”22. María Guadalupe García y su amante Luis Delgado fueron
22 CCJ, JP, 1899, 40.

aprehendidos por un gendarme cuando paseaban en compañía de Agustín Hernández por el mismo Parián, “al frente de las Fábricas de Francia”23. Francisca Aguilar, que ejercía el oficio de la gamucería, acudía con frecuencia al local de Santiago Ruiz de Chávez, a ofrecerle calzoneras y chaquetas de cuero24. En el Portal Morelos, como se conocía la acera oriente del edificio, ocupaba dos locales la talabartería y expendio de calzado “El Diamante”, propiedad de un hermano de Santiago, Felipe Ruiz de Chávez, uno de los hombres más destacados de la política y los negocios del Aguascalientes porfiriano.

Para ir de El Parián a la Plaza Principal -otro de los puntos clave en los itinerarios de toda clase de gente- la ruta más corta era seguir el andador Juárez, una calle comercial que adquirió aspecto burgués en los últimos años del porfiriato, y a la que Eduardo J. Correa se refirió como “el Plateros de Termápolis, donde estaban los comercios y las casas elegantes…”25. Aunque muchos sirvientes, vendedores, cargadores, paseantes y personas de las clases populares circulaban por este corredor, compartiendo espacios con la élite, pensamos que muchos otros preferían la ruta que saliendo de la Plaza les marcaba la calle de Tacuba.

Precisamente, la Plaza Principal conservaba en la época que tratamos su carácter de punto de relación, de centro en el que convergían todos los itinerarios. En algunas ciudades la plaza perdió por estos años su centralidad debido al crecimiento propio de las urbes, pero también a la modificación que en su diseño y uso introdujeron las élites. Acorde con esto, en la de Aguascalientes se hicieron cambios que le dieron un aspecto de parque, con sus fuentes, sus jardineras bien cuidadas y sus bancas de fierro que lo hacían irresistible para el paseo y la conversación, lo cual no fue obstáculo para que, quizá por el tamaño de la urbe, quizá por otras lógicas de funcionamiento, o quizá simplemente por el amplio espacio libre que quedó entre el parque y el atrio de la iglesia Catedral, la plaza se mantuviera como centro nervioso de la ciudad.

María Guadalupe Romero, que acababa de arribar a la ciudad por la estación del ferrocarril proveniente de Irapuato, se fue a sentar a la plaza principal mientras su esposo buscaba alojamiento26. Darío Aguirre, labrador de Santa María de los Lagos que pasó por la

 

ciudad a vender unos botes de manteca, llegó buscando un corredor a la plaza; horas más tarde, cuando había realizado la transacción, se encaminó de nuevo a ella para tomar un tranvía eléctrico que lo condujera a la estación27. Tal como lo muestra una fotografía de finales del porfiriato, la plaza hervía en movimiento: ahí tenían su punto de partida y llegada las corridas del tranvía que llevaban obreros a la Fundición Central, en el norponiente, a la estación en el oriente, al barrio del Encino en el sur y al jardín de San Marcos por el poniente. Quienes salían de misa caminaban por ahí y quizá se iban a sentar un rato. Algunas personas humildes tenían que seguir acercándose a ella a tomar el agua para sus casas, ya no a las fuentes, pero sí a algunos hidrantes* dispuestos en algunas de sus esquinas28. Finalmente políticos, comerciantes y empresarios realizaban alrededor de la plaza sus diligencias cotidianas.

Fotografía 6. Entre la iglesia catedral y la plaza-parque quedó libre un amplio espacio que conservó la función de la plaza como centro nervioso de la ciudad, punto de llegada y salida de los tranvías, centro de reunión, paso obligado de todos los itinerarios.

 

Formas de movimiento. El tranvía

La instalación de líneas de tranvías por varias de las calles de la ciudad contribuyó a la formación de nuevos itinerarios y apoyó a la gente de los barrios y las zonas antes dispersas en su labor de conocimiento y apropiación del espacio.

En 1883 comenzó a funcionar una primera ruta de interés puramente lúdico que hacía el recorrido entre la plaza principal y los baños de Los Arquitos, añadiéndose un año después un tramo de rieles que llegaban hasta la estación del ferrocarril. Dos décadas después, la ciudad había consolidado una extensa red de tranvías de más de 18 kilómetros que fue siguiendo la aparición de industrias y áreas de concentración de obreros e individuos de clases bajas en general. Al eje principal Nieto-Ojocaliente (poniente-oriente) se sumó en 1897 el que llevaba personal a la Fundición Central, por el norponiente; en 1903, un circuito que de norte a sur comunicaba el barrio del Encino con el de Zaragoza, hasta la 7ª de Tacuba; y en 1904, año en que se electrificaron algunos tramos, se inauguró una nueva ruta que transportaba gente de la estación a la plaza bordeando la fábrica y colonias promovidas en venta por el dueño de la compañía de tranvías, Juan Douglas29.

Durante la inauguración de la línea a la Fundición, en mayo de 1897, José Herrán alabó, con sobrada ironía involuntaria, el “inmenso beneficio a la sociedad” que generaba la compañía, pues evitaba “a los obreros de la Fundición Central la fatiga de andar diariamente algunos kilómetros, y ese trabajo inútil de los músculos redundará en beneficio de su salud, de su trabajo útil y de su bienestar”30. Por supuesto que el desgaste físico que implicaba caminar algunos kilómetros no tenía comparación con las intensas jornadas que cumplían los obreros al interior de la Fundición.

Lo que nos interesa subrayar es el impacto que el tranvía generó en las formas de vida, en los itinerarios de la gente y en la integración de la otrora ciudad aislada y fragmentada. Un habitante de la calle de la Mora, por ejemplo, que tenía un itinerario ceñido a unas pocas cuadras alrededor de su casa, podía estar ahora en la estación del ferrocarril en pocos minutos, y de ahí trasladarse a los manantiales de Ojocaliente, siguiendo por toda la calzada Arellano. Quienes vivían por el rumbo del jardín de Zaragoza podían igualmente llegar a San Marcos y de ahí al río o al panteón de la Cruz, en el poniente y el norponiente respectivamente. Otro tanto podían hacer los vecinos del barrio de Triana para llegar a su trabajo en la Fundición Central, siguiendo el trayecto de varios kilómetros que tal vez en algún momento tuvieron que hacer a pie.

Plano 3. Rutas de tranvías que circulaban por la ciudad hacia 1910. Entre 1883 y 1910 nació y se consolidó un importante sistema de transporte en Aguascalientes. La primera línea de tranvías, que corría de poniente a oriente por el centro de la ciudad (Nieto-Ojocaliente), creció hasta formar circuitos y líneas que cubrían parcialmente la ciudad por los cuatro rumbos, generando movilidad principalmente hacia los grandes sitios de trabajo industrial.

Para Jesús Díaz, el joven bañista que atendía a los usuarios en las albercas del Ojocaliente31, muchas cosas cambiaron desde que tuvo la posibilidad de tomar un tranvía que lo recogía en la puerta de su domicilio –la vecindad de La Purísima, en la 7ª calle de Nieto- y lo dejaba en la puerta de su trabajo, puntos separados por cuatro o cinco kilómetros.



Los límites difusos de la ciudad

Conviviendo con el tranvía como nueva herramienta de transporte y aproximación a la ciudad, la gente mantenía sus formas de apropiación del espacio, sus rutas y sus marcas para recorrerlo.

Ocultos muchas veces ante los ojos de la gente que gozaba de buena posición social, los hombres y mujeres de menores posibilidades estaban ahí, en las vecindades, en las casas de arrabal, cerca de los arroyos, por todos los rumbos que abrazaban las elegantes viviendas céntricas. Conocían bien su barrio y se movían por la ciudad en busca del trabajo, el abasto y la diversión. El gobierno había mandado trazar un plano para tener una imagen de la ciudad, mejorar su administración y mantener el orden y el control de la población. Mandó que todas las casas tuvieran un número de identificación y bautizó progresivamente las calles con nombres y referencias de héroes, batallas, episodios y símbolos nacionales. No obstante, la gente se empeñaba en conocer, conducirse y apropiarse de los espacios mediante referencias visuales que daban sentido a su mundo. Conocían bien a las personas y los lugares, tenían referencias precisas de ellas, pero pocas veces se tomaban la molestia de grabarse un nombre o un número.

Epitacio Rodríguez narró un momento en el que estaba parado “en la esquina de la tienda de don Jesús Estrada, situada en la plaza de las tunas, y desde allí vio frente a la barbería de don Agustín y hacia donde se ponen los expendedores del tabaco”, a una mujer “cuyo nombre ignora, pero sí la conoce como hija de doña Zula, que vive en los cuartos de don José Morán, en el callejón del burro.”32

Para Leandro Herrera, un joven de 29 años que se dedicaba a hacer adobes en la colonia del Carmen, la “relación entre sí mismo y el mundo físico y social” estaba dada por sus recorridos diarios. Cuando se le preguntaba su domicilio sólo sabía que estaba “en una de las calles del Olivo sin recordar el número de esta ni el de la casa33. No sabía, ni le importaba, ni necesitaba saberlo.

32 CCJ, JP, 1874, 30. 33 CCJ, JP, 1907, 87.
SOBRE EL AUTOR

Licenciado en historia por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Maestro en Historia por
la UniversidadJaveriana de Bogotá, Colombia. Profesor-Investigador por asignatura de la Universidad
Autónoma de Aguascalientes y miembro del Colegio de Estudios Sociales de Aguascalientes AC. Entre sus
trabajos recientes
se encuentran: Élite, proyecto urbano y fotografía. Un acercamiento a la ciudad de Aguascalientes a través de
imágenes, 1880-1914” (Secuencia, enero-abril 2007) y el libro Cambio y proyecto urbano. Aguascalientes
1880-1914, Fomento Cultural Banamex/Municipio de Aguascalientes/Pontificia Universidad Javeriana/UAA,
2009


2 Pierre Mayol, “Habitar”, en: Michel de Certeau, et. al., La invención de lo cotidiano.
Tomo 2. Habitar, cocinar
, Universidad Iberoamericana/Instituto Tecnológico y de
Estudios Superiores de Occidente, México, 1999, pp. 8-12.


3 Véase el artículo: Daniel Rodríguez Barrón y Concha Cue, “El conmovedor y contrastante mundo de las
vecindades”, en:
Centro. Guía para caminantes, Año IV, Núm. 32, Agosto de 2006, pp. 36-63, y en él las
autorizadas opiniones de José Antonio Rojas Loa y Enrique Ayala sobre las vecindades de la ciudad de México
. También puede verse: Martha Fernández, “De puertas adentro: la casa habitación”, en: Antonio Rubial García
(Coordinador),
Historia de la vida cotidiana en México. Tomo II: La ciudad barroca, El Colegio de México /
Fondo de Cultura Económica, México, 2005, pp. 47-80.4 Una ciudad capital de país como Bogotá, atractiva cas
i todo el tiempo para los pobres de las regiones vecinas, tenía tiendas (vecindades) ya hacia 1801, pero a finales
de ese siglo, tras grandes flujos migratorios – sobre todo en los años de 1870- cerca del 40% de su población
vivía en tiendas de habitación. Germán Mejía Pavony,
Los años del cambio. Historia urbana de Bogotá,
1820-1910,
Centro Editorial Javeriano, Bogotá, 2ª edición, 2000, pp. 376-382.


5 Citado en Gianfranco Bettin, Los sociólogos de la ciudad,
Gustavo Gilli, Barcelona, 1982, pp. 53-59.


6 Ibíd., p. 59.

7 La lista se elaboró en base a las referencias encontradas en diversos expedientes de la serie Judicial Pena
resguardados en
la Casa de la Cultura Jurídica de Aguascalientes, correspondientes a los años 1874-1914, y en diversas notas
periodísticas de la época.


21 Gerardo Martínez, “Élite, proyecto urbano y fotografía. Un acercamiento a la ciudad de Aguascalientes a través de
imágenes, 1880-1914”, en
Secuencia. Revista de historia y ciencias sociales, Instituto Mora, núm. 67,
enero-abril 2007, pp. 145-181
.

8 Casa de la Cultura Jurídica de Aguascalientes (CCJ), Fondo
Judicial Penal (JP), 1905, 53
.

11 CCJ, JP, 1905, 53. 12 La Voz de Aguascalientes, año III, núm.
108, 31 de julio de 1908.


13 Gerardo Martínez Delgado, Cambio y proyecto urbano. Aguascalientes 1880-1914, Fomento Cultural
Banamex/Municipio de Aguascalientes/Pontificia Universidad Javeriana/UAA, México,
2009. 14 Mayol, “Habitar”, en: De Certeau, Invención, 1999, pp. 9-10
.


15 CCJ, JP, 1907, 27. 16 CCJ, JP, 1908, 103. 17 CCJ, JP, 1910, 38.

20 CCJ, JP, 1898, 1.
23 CCJ, JP, 1908, 23.
24 CCJ, JP, 1872, 29. 25 Eduardo J. Correa,
Viñetas de Termápolis, México, 1945, pp. 32-45. 26 CCJ, JP, 1910, 38.

27 CCJ, JP, 1907, 88.

* Los hidrantes no eran sino llaves de agua que se colocaron en algunos puntos de la ciudad, especialmente en las esquinas, para dotar del líquido a las familias que no tenían acceso al abasto particular por medio de tuberías. 28 Como una mujer que “todo el día hecha viajes del hidrante de la Plaza de la Constitución a dicha casa sita en la 1ª del Circo…”. El Clarín, año 1, núm. 45, 5 de junio de 1909.

29 Martínez, Cambio, 2009, capítulo IV. 30 Herrán, “Alocución”, en: El Instructor, mayo de 1897, año XIV, pp. 10-12.

31 CCJ, JP, 1907, 62.



 
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