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El Juego de los Dioses

Luis Gerardo Morales Moreno [1]

 

 

 

A Mina.

 

 

A la geografía que ocupa actualmente el territorio de México la distingue el mismo rasgo que a las culturas que lo habitaron originalmente: la diversidad. La porción que incluye la mayor parte del centro, sur y las costas fue denominada Mesoamérica (“América Media”) por el etnólogo Paul Kirechhoff en 1942, porque se ubica entre las masas continentales de América del Norte y del Sur. Cubre una extensión de 900,000 kilómetros cuadrados, en la que se desarrollaron importantes civilizaciones. Las principales fueron la de Teotihuacán los mayas, los toltecas, los zapotecas y los mexicas. Aunque esta región se halla situada dentro de los trópicos, la complejidad de sus relieves, la variedad de sus suelos, las diferencias de sus sistemas fluviales y los disímbolos efectos de las corrientes oceánicas y de los vientos dieron como resultado un mosaico de climas, vegetación y vida animal.

 

Dentro de esa extraordinaria diversidad, el territorio de Mesoamérica constituyó un área cultural donde coexistieron diversos grupos raciales y lingüísticos que compartieron varios rasgos en común: el desarrollo de la agricultura; el cultivo del maíz, el frijol y la calabaza; el estudio de los astros; la elaboración de complejos calendarios agrícolas; la existencia de mercados; la multiplicación de centros urbanos y templos ceremoniales; el establecimiento de un sistema de pagos en tributo y la práctica del sacrificio ritual. Y, por último, la práctica del juego en dos sentidos visibles, aquel que buscaba una función ritual y otro que podríamos considerar como profano [2] . Sin embargo, dividir las funciones del juego en el mundo antiguo entre lo “sagrado” y lo “profano” puede resultar engañoso. La aplicación de esta dicotomía supone que sepamos distinguir cuándo el juego tenía una intención religiosa, trascendente, y cuándo era simplemente terrenal. [3]

 

En el mundo prehispánico, el juego tenía un significado distinto al que cumplió en Occidente. Pienso, por ejemplo, en las Olimpiadas que se celebraban cíclicamente en Grecia. La dificultad para imaginar los juegos prehispánicos radica en que no guardan parecido alguno con lo que entendemos actualmente por el acto de jugar, ya sea como expresión de libertad, como simple adquisición física y emocional de placer, o bien como un fenómeno cultural [4] . La visión de Johan Huizinga sobre el juego corrobora este misterio:

 

El juego es más viejo que la cultura, pues, por mucho que estrechemos el concepto de ésta, presupone siempre una  sociedad humana (…) La existencia del juego corrobora constantemente y en el sentido más alto, el carácter supralógico de nuestra situación en el cosmos (…) Nosotros jugamos y sabemos que jugamos, somos, por tanto, algo más que  seres de razón, puesto que el juego es irracional. [5]

 


Nuestra concepción moderna del juego azteca o mexica sólo puede ser retrospectiva. Ya lo ha escrito Christian Duverger: no hay más que un signo del juego… [6] Signo de otros signos que son huellas casi borradas por la acción colonizadora que reinterpretó el pasado prehispánico desde la perspectiva del horizonte cultural de los españoles [7] . Para comprender el juego tal y como supuestamente lo practicaban los antiguos mexicanos es necesario descifrar los órdenes de su religiosidad: un mundo en que la dimensión religiosa se encontraba escindida de otras actividades sociales, económicas y políticas. De hecho, según veremos más adelante, la alteración colonizadora del sentido original del juego como una manifestación  mayor del sentido lúdico de “la sin razón”, provocó un rechazo radical en el nuevo orden institucional establecido a partir de 1521.

 


Juegos prehispánicos
Mural de Tlalocan




Para Alfredo López Austin el juego en la cultura náhuatl tiene un fin preponderantemente sagrado y está relacionado de manera directa con la preservación de la vida humana sobre la tierra [8] . El sostenimiento del Quinto Sol otorgaba pleno sentido a la celebración de juegos rituales que apoyaban las estructuras sociales de la organización colectiva. En el México antiguo no había atletas en la aceptación grecolatina clásica; tampoco se puede decir que los juegos de los antiguos mexicanos propiciaron profesionales del deporte ni mucho menos. Cabezas de familia, hijos o cautivos pertenecientes a diferentes barrios o aldeas eran ofrecidos en sacrificio para salvar el movimiento solar. Los jugadores escenificaban una representación ritual de magia y esoterismo en donde los dioses disputaban el destino de los hombres. La muerte formaba parte del sacrificio cósmico. El juego vinculado al fin sagrado estaba lejos de representar un simple acto de azar, una rueda de la fortuna. Por el contrario, cumplía un destino que, además, no se realizaba de manera individual, sino colectivamente. No eran los competidores los que decidían su suerte, sino los gobernantes, los señores, los jefes militares y, por supuesto, los dioses. La práctica del juego ritual servía también como racionalización del panteón autóctono, una modalidad del aprendizaje colectivo para saber qué funciones cumplían los dioses y bajo qué circunstancias las realizaban.

 

Semántica náhuatl del juego

 

Conviene distinguir los elementos que formaban parte de un juego ritual de los que pertenecían propiamente al mundo profano. La noción de juego más conocida, y que se halla próxima a una acepción moderna, es la que denota el término náhuatl patolli. Su modernidad radica en su proximidad con lo que ahora entendemos como “jugar por placer”, específicamente cuando se trata de juegos de azar. Sin embargo, la cultura náhuatl no empleaba el término patolli en forma genérica. En rigor, los usos del término patolli se derivan de una traducción castellana que, con el tiempo, se hizo extensiva a todas las manifestaciones del juego prehispánico. Por muchos tiempos se creyó que los antiguos mexicanos usaban un mismo verbo para referirse al juego.

 

El problema radica en interpretar las definiciones del concepto náhuatl de juego. El historiador López Austin, uno de los especialistas más notables sobre un tema que se ha prestado a innumerables especulaciones, analizó etimológicamente los nombres de los juegos –rituales o profanos-, y encontró la constante de verbos particulares que indican la acción que se realiza sobre el instrumento de juego; topehua, empujar o rechazar; momatla, proyectar un objeto; mimiloa, hacer rodar; ilacatzoa, devolver lo que se recibe; mimilia, arrojar una saeta o una lanza; ololhuía, manipular una bola, etcétera. [9] Sin embargo, estos verbos no indican la naturaleza festiva del juego, ni tampoco podemos diferenciarlos de la designación de otras actividades humanas. En cambio, el único caso de elementos distintivos es el de los nombres de los llamados juegos de mesa, en los que entra en composición el término patoa. Además existían otros nombres genéricos que aludían expresamente a los juegos de azar o de simple diversión como los antónimos netlatlaniliztli ,neahuiltilizili y neahuiltiloni [10] . López Austin estudió distintos grupos de términos que se refieren a las cualidades psíquicas y emocionales involucradas en el juego, donde se hallan aquellos que aluden a acciones que “dan salida a la vehemencia” o los que “desvanecen la tristeza”. También halló definiciones que invocan la “admiración” o el “espectáculo”, así como la preparación física del jugador. De ahí que le sea posible concluir que los juegos para los nahuas eran, “en primer término, acciones humanas encaminadas a dar salida a las tensiones anímica, a provocar el olvido, aunque fuese momentáneo, de los sinsabores de la vida” [11] , tanto en la fatalidad ritual como en el azar o en la incertidumbre, la tensión es el elemento motriz del juego. También en el mundo prehispánico el orden y el carácter lúdicos se pueden descifrar en las reglas de cada juego. [12]

 

El especialista que indaga sobre los significados del juego prehispánico se encuentra con una doble dificultad. La primera es de orden lingüístico, porque está obligado al conocimiento de la lengua náhuatl y a la compleja interpretación de sus etimologías. La segunda dificultad, no menos compleja que la primera, es de índole cultural. Es imposible deshacernos de la noción occidental que concibe al juego en un sentido universal. Sin embargo, los avances en la investigación histórica y arqueológica permiten distinguir los contextos sociales y políticos en los que el desahogo de las emociones, del miedo y del placer, del sufrimiento y de la alegría cobraban un sentido colectivo.

 

Los dioses duales en los rituales del juego.

 

El gozo que está asociado al juego no sólo se trasmite a través de la tensión sino también por el extravío. Los dos polos del estado de ánimo característico del juego son precisamente el abandono y el éxtasis. Ya Huizinga se había preguntado por las transformaciones que sufría el estado de ánimo colectivo en las fiestas sacras:

 

El pueblo que acude a sus santuarios se reúne para una manifestación común de alegría. Consagración, sacrificio, danza sagrada, competición sacra, representaciones, misterios, todo se halla incluido dentro de las fronteras de la fiesta. Aunque los ritos sean sangrientos, las pruebas de los iniciados crueles, las máscaras espantosas, todo se celebra, todo se ejecuta o juega como fiesta. La vida corriente se halla suspendida”. [13]

 


No es difícil imaginar que en los juegos rituales prehispánicos, incluyendo el del sacrificio, no estaban ausentes las bromas ni la risa. La historiografía y, sobre todo, la museografía contemporáneas sobre los antiguos mexicanos nos han transmitido una imagen excesivamente rígida, en extremo solemne, de su mundo sagrado, algo que futuras investigaciones deberían someter a un análisis más exhaustivo [14] . Si el juego estaba presente tanto en las actividades sagradas como en las profanas, no parece lógico excluir de ellas los estados de ánimo fluctuantes, que iban de lo riguroso a lo antIsolemne. Las líneas que siguen proponen una síntesis de la imbricación que había entre lo pagano y lo sagrado en la vida cotidiana de los mexicas. Y, en la medida de lo posible, procuran imaginar ese mundo tan lejano permeado por el juego entre lo real y lo fantástico, lo verídico y lo misterioso.

 

Por las investigaciónes históricas y arqueológicas más difundidas sabemos que en su quehacer cotidiano el mexicano antiguo creía que las potencias divinas intervenían para mantener la dinámica y el equilibrio del cosmos. En los elementos esenciales –la tierra, el agua, el sol y las plantas- moraban espíritus diversos, potencias a la vez benéficas y destructoras que el hombre debía conjurar con el fin de que continuara el ciclo de la vida. [15] El cosmos era el escenario de una lucha entre fuerzas antagónicas: el sol, la potencia luminosa, entablaba diariamente una lucha cósmica con los elementos de la noche. Combate cíclico y perenne. El día seguía a la noche; las estaciones se sucedían una tras otra, pero iniciaban siempre el mismo movimiento. Para el hombre común el orden cíclico de la naturaleza se expresaba en el ciclo del maíz.

 

El cosmos aparecía como una gigantesca y eterna contienda entre deidades opuestas, cuyo equilibrio y orden cíclico regía la naturaleza. El movimiento incesante de destrucción y renacimiento de la materia mostraba que la vida era perecedera; la indestructible residía en la energía vital de las potencias antagónicas que mantenían la dinámica del universo. El pensamiento prehispánico no tenía una sola entidad o concepto que aludiera a lo permanente, a lo inmutable. La religión predominante en México-Tenochtitlán durante la época de la conquista española fue el resultado de un largo proceso de fusión y síntesis. En su universo no había existido sólo una época o edad, sino varios periodos consecutivos. El mundo había sido creado cuatro  veces a antes y cuatro veces había sido destruido. El Quinto Sol, el que vivieron los mexicas, estaba regido por el signo del movimiento y también debía perecer. La única estable y permanente era el cambio. En el universo contendían los dioses creadores y destructores; en la naturaleza, las fuerzas de la germinación vegetal y las de la sequía; en el hombre, la vida y la muerte. Así, en el juego, los dioses también intervenían y resolvían su lucha a través de los jugadores. De ahí que el juego de los hombres resultaba ser, generalmente una transmutación del juego de los dioses. Se trataba de una fiesta entre hombres y dioses. “Los indios cora –escribe Huizinga- de la costa mexicana del Pacífico denominan sus fiestas sagradas de la mazorca tierna y del tueste del maíz “juego de los dioses mayores.” [16]

 

Al hombre correspondía proporcionar el alimento para que dioses y diosas ejercieran sus funciones y continuara la incesante renovación del mundo. La terea del hombre en la tierra no era la del ser “el arquitecto de su propio destino”, sino la de contribuir a la preservación del orden cósmico y, a través de él, al de la comunidad a la que pertenecía: tribu, calpulli o familia. Su misión principal consistía en asegurar la continuidad de la vida. No existía el concepto de individuo como en la cultura occidental y cristiana. En los sacrificios humanos ofrecidos a las deidades agrarias (Tláloc, Xipe Tótec, Tlazolténtl, etcétera) o a las deidades solares y celestes (Tezcatlipoca, Tonatiuh o Huitzilopochtli) el sacrificado se consideraba un elegido: un ser que al morir compartía los atributos y potencias del dios al que era ofrendado; una criatura que mediante su sacrificio renovaba el pacto original con los dioses y aseguraba la continuidad del cosmos y de la vida terrena. Cumplía el mandato supremo de la colectividad, cuya preservación era el fin último de la vida individual. El juego ritual se inscribía en un mundo simbólico; el combate representaba la lucha cósmica.

 


Los juegos rituales

 

Entre los juegos rituales que Alfredo López Austin pudo descifrar se halla el del “rayamiento”, que no era otro que el “sacrificio gladiatorio” al que los nahuas dieron en su lengua el nombre de tlahuahuanaliztli, aludiendo a las marcas (rayas) que se hacían en los cuerpos de los cautivos al herirlos con armas cortantes. [17] La “escaramuza de los xipeme y los tototectin” era un juego ritual anterior al del “rayamiento” que tenía por finalidad sacrificar a numerosos enemigos cautivos a la deidad de Xipe Tótec: unos recibían el nombre de Xipe –los xipeme-, y otros el de Tótec –los tototectín-. La causa de la división de los cautivos no es tan clara. La escaramuza consistía en cubrirse con sus pieles para representarlos. En la “persecución del Tetzompacqui” se procedía a la captura de un enemigo, lo que trasformaba por completo la vida del guerrero mexica. Desde ese momento, le era cortado el mechón de pelo que indicaba su calidad de bisoño, podía vestirse con prendas de algodón, calzarse, vivir en poligamia, quedaba libre de tributo, obtenía algunas veces puestos públicos de importancia y se veía honrado con su lugar en ciertos banquetes. La memoria de su acción era conservada con trofeos que permanecían en su casa, entre ellos el fémur del cautivo y las prendas de papel con que éste era ataviado cuando representaba alguna divinidad en sacrificio.

 

Los rituales denominados “el regreso de los sacerdotes” y el “castigo de los sacerdotes” tenían una naturaleza distinta al sacrificio. El primero se realizaba durante la temporada dedicada a los dioses de la lluvia. Los sacerdotes iban a cuatro capillas llamada Ayauhcalco o “casas de la niebla” ubicadas a orillas del lago, una en cada rumbo de la ciudad, donde se bañaban imitando a las aves acuáticas. Al volver a sus calmecac de origen, se echaban sobre esteras hechas de tule, que al ser entretejidas formaban dibujos geométricos con sus dos colores. El segundo tipo de ritual consistía en que, durante esa misma temporada de lluvias, se solicitaba a los Tlaloque que preservaran la lluvia: los sacerdotes debían desplegar una actividad constante. Se celebraban una suerte de romerías para traer tules a Citlaltépetl; se llevaban a cabo los baños rituales a Ayauhcalco y se elaboraban esteras con tejido blanco y verde. A esto seguían ofrendas al fuego, procesiones, enramados de capillas y otras muchas ceremonias en honor a los dioses de la lluvia.

 

Otro juego ritual importante era el denominado “caída del Xócotl” que se celebraba en la “gran fiesta de los muertos”. El ritual tenía lugar en Coyoacán y consistía en llegar ala cúspide de un tronco alisado, dotado de cuerdas, para alcanzar la imagen de masa de bledos que ahí se colocaba. El juego era de origen otomí y tenía por divinidad al “Señor de los otomíes”, Otontecuhtli, cuya imagen, casi siempre un pájaro galano, era la figura de masa de bledos por la que los jóvenes luchaban al ascender por el tronco. Otros dos juegos rituales que tenían como elemento central el cuerpo femenino eran los denominados “escaramuza blanda” (Zonecali) y “escaramuza de zacate”. En el primero participaba una mujer madura que representaba a la diosa Toci, “nuestra abuela”, y que debía morir para propiciar el renacimiento del maíz. Presagios funestos rodeaban al sacrificio de esta mujer y, según los informantes de Fray Bernardino de Sahagún, la “escaramuza blanda” tenía por objeto evitar el llanto y la tristeza de la futura inmolada. A la elegida la acompañaban mujeres yerberas, ancianas y hasta prostitutas que de alguna manera engañaban a la sacrificada para persuadirla de que su destino era seguir al monarca. La “escaramuza de zacate” se desarrollaba una vez decapitada la mujer en la “escaramuza blanda”. La piel de sus muslos y de sus codos servía entonces de atuendo a un sacerdote, quien traía a la vida nuevamente a la madre de los dioses.

 

También se practicaban otros juegos rituales como el del “tiro y cacería de Mixcóalt” y la “carrera de la flor”. Cercano al actual barrio de Tacubaya en el monte Zacatépetl, se festejaba al dios de la caza, Mixcóatl, con una cacería. Se premiaba a los mejores tiradores con mantas, comida y bebida. La “carrera de la flor” era una ceremonia que honraba a Ilamatecuhtli, la “señora anciana”, y consistía en la quema de un pequeño armazón de maderas envuelto en papel que representaba un granero. Antes de la quema de ese artefacto, los sacerdotes competían por ser el primero en llegar a la cumbre donde se encontraba la llamada “flor divina”. Mientras tanto, otros sacerdotes quemaban el granero y los que descendían del monte arrojaban la flor entre las llamas.

Disco de juego maya en Kamilnal-Joya



 

Entre sagrado y lo profano: el juego de pelota

 

Otros dos juegos que apasionaron a los mexicas fueron el tlachtli y el patolli [18] . La naturaleza de ambos fluctuaba entre lo sagrado y lo profano. Hay indicios de que el ollamaliztli, tlachtli o juego de pelota s practicaba desde la más remota antigüedad. Han sido descubiertos juegos de pelota en las ciudades mayas de la época clásica: en Tajín, Veracruz; en Chichén Itzá, Yucatán, que es unos de los monumentos más estupendos de Centroamérica: en Cantona, Puebla, donde se han encontrado numerosas canchas de juego. Los códices indígenas representaban con frecuencia juegos de pelota en forma de doble T. Una línea mediana marcaba por el centro los campos donde se enfrentaban los dos bandos. El juego se desarrollaba haciendo pasar el campo contrario una pesada bola de hule o caucho. Dos anillos de piedra esculpida estaban fijados en los muros laterales, y si uno de los bandos lograba introducir la pelota a  través de una de los anillos ganaba el juego, hazaña tanto más difícil cuanto que no se podía tocar la pelota con las manos ni con los pies, sino sólo con las rodillas y las caderas. Los jugadores se arrojaban al suelo para alcanzar la pelota o la recibían violentamente en pleno cuerpo. Se protegían con petos, rodilleras y mandiles de cuero, y también con mentoneras y medias máscaras que cubrían sus mejillas. Usaban guantes de cuero para amortiguar el contacto brusco con el suelo. A pesar de las precauciones, los accidentes no eran raros. Algunos jugadores, golpeados en el estómago o en el bajo vientre, caían para no levantarse más; la mayor parte de ellos, después de jugar un partido, debía hacerse practicar incisiones en las caderas para evacuar la sangre derramada. Pero nada les impedía entregarse a este juego con verdadera pasión. Sólo la clase dirigente podía jugar este deporte. Pero, ¿era realmente un deporte?

 

En realidad, el famoso juego de pelota tenía un trasfondo mítico-religioso. Se sabe que la cancha simbolizaba al mundo y la pelota, al sol o la luna. La representación del juego en el mundo divino era una revelación: los dioses y los héroes jugaban con el sol y la luna como si fuesen pelotas. El cielo era un tlachth divino donde los seres sobrenaturales jugaban a la pelota con los astros. Se cree que tenía también un gran uso como medio adivinatorio y que representaba una tradición popular rica en augurios, dichos e inclusive en riesgos para los espectadores, ya que éstos podían sufrir la pérdida de sus prendas personales cuando uno de los jugadores acertaba a pasar por el aro de piedra de pelota de hule.

 

El tlachili representaba un juego ritual que no tenía el mismo significado que un juego de azar o de mero entretenimiento. La mayoría de los juegos rituales prehispánicos perseguían propósitos de distinta naturaleza. Historiadores y arqueólogos opinan que la aspiración máxima del hombre mexica era provocar mágicamente, por medio del juego ritual, la prolongación del periodo presente de la vida humana sobre la tierra. Como se dijo antes, cuatro edades anteriores habían perecido a consecuencia de terribles desastres naturales, interpretados como la lucha de los dioses por la supremacía. Ahora tocaba al hombre mexica, el elegido, alimentar al Quinto Sol con la vida humana. Los juegos rituales obligaban a las fuerzas naturales a seguir el proceso cíclico de las estaciones, del retorno de la vegetación y del nacimiento del sol. El sacrificio gladiatorio mexicano perseguía la salvación de la humanidad. La muerte de unos cuantos liberaba al mundo de la destrucción absoluta y otorgaba al hombre la posibilidad de contribuir directamente directamente al equilibrio del mundo cósmico. El pueblo esperaba la muerte del cautivo. Su salvación no dependía de él, como tampoco dependía de él elegir el medio señalado por los dioses para lograr la continuidad del mundo. Del ahí por el tlachtli siempre era el mismo. No había variedad de combates, ni tampoco la transformación del rito, ni la liberación de una pesada carga de símbolos. El pueblo no se divertía: cumplía con su deber. Se sometía a la pena de tener siempre presente que muchos de sus hijos terminarían en una lucha similar en ciudades enemigas. Sin embargo, en la vida cotidiana y el mundo profano el juego de pelota servía de pretexto para cruzar enormes apuestas, gracias a las cuales cambiaban de dueño grandes cantidades de vestidos, plumas, oro y esclavos.

 

El enigma del patolli

 

El patolli era, según los primeros cronistas españoles, un juego más popular que el de pelota y al que se entregaron con pasión los mexicas. Según Fray Bernardino de Sahagún, “cuando los señores salían de su casa y se iban a recrear; llevaban una cañita en la mano, y movíanla al compás de lo que iban hablando con sus principales. Los principales iban de una parte y de otra del señor” [19] . Sahagún describió al patolli como un “pasatiempo” de los señores.

 

(…) es como el juego del castro o alcherque, o casi, o como el juego de los dados. Y son cuatro frijoles grandes, y cada uno tiene un agujero. Y arrójanlos con la mano sobre un petate, como quien juega y el de la pelota hanlo dexado por ser sospechosos de algunas supersticiones idolátricas que en ellos hay. [20]

 


Fray Diego Durán enjuició moralmente al patolli (y en general el espíritu lúdico indígena) y a él debemos su descripción como juego de azar:

 

(,,,) el mesmo bocablo que agora llamamos “naypes” (…) y aunque jugasen muchos siempre jugaba uno por todos atendiéndose a la suerte de aquel como entre los españoles se juegan los albures atendiéndose a la suerte de aquel a la mejor suerte así se atenían acá al que mejor meneaba los dados, los cuales eran unos frijoles negros (…) [21]

 


Para Durán todo juego de azar era execrable:


 

(Quienes se entregaban a) este vicio tenían por dios particular suyo a los instrumentos del juego cualquiere que fuere porque si era juego de dados, á esos dados tenían por dios y a las rayas y efigies que en la estera estaban señaladas (…) á quien con particulares ofrendas y con particulares ceremonias honraban y reverenciaban no solamente á este juego empero á todos los demás de que usaban jugar con interés de perder ó ganar los cuales juegos eran muchos y diversos con diferentes instrumentos o maneras. [22]

 


El Códice Magliabecchi presenta a cuatro jugadores sentados en el suelo o sobre esteras alrededor de un tablero en forma de cruz y dividido en casillas. A su lado, el dios Macuilxóchitl, divinidad protectora de la danza, de la música y del juego los vigila. Las primeras traducciones castellanas lo definen como un juego parecido a los dados. Sobre una tela fina se marcaba un cuadro segmentado por dos líneas diagonales y dos transversales. Sobre la tela se echaban cuatro frijoles grandes y perforados; según la posición en que quedaban con relación a las líneas, los oponentes ganaban un determinado número de guijarros. Aquel que lograba tres seguidos era el vencedor. Los jugadores utilizaban como dados frijoles marcados con cierto número de puntos; conforme a las cifras obtenidas en cada tiro, podían mover piedrecillas de colores sobre el tablero de casilla en casilla. El que regresaba en primer lugar a su casilla había ganado y recogía las apuestas. También se jugaba usando como dados unos trozos de caña hendidos longitudinalmente y que llevaban en la cara cóncava ciertas indicaciones de su valor. Cuando jugaban tres individuos en cada grupo, cada uno llevaba al comienzo una ficha; pero si jugaba uno solo, podía llevar consigo dos o tres fichas y arrojar las cañitas igual número de ocasiones cuando le correspondía su turno.

 

En el patolli “solían jugar y ganarse joyas preciosas, como cuentas de oro, piedras preciosas, turquesas muy finas” [23] , según lo relata Durán:

 

Estos jugadores siempre andaban alcazadísimos, necesitados, jugaban las joyas las piedras los esclavos las mantas los bragueros las casas los aderezos de sus mugeres jugaban las tierras las sementeras las troges llenas de grano de magueyales los árboles y frutales y cuando ya no tenían que jugar jugabanse a sí mismos en tanto precio con condición de que si dentro de tanto tiempo no se pudiese rescatar que quedase por esclavo perpetuo del que le ganaba. Algunas veces acontecía desquitarse de algunos aunque es un quizá y tarde acontece una vez en la vida y así dicen que no me pesa de que juego sino de que se desquisiese desquitar. [24]

 


Según esta descripción, el patolli no era únicamente un pasatiempo de los señores, sino un juego de azar muy difundido entre los diferentes grupos sociales que (para algunos estudiosos del tema) encerraba probablemente un significado esotérico: el tablero tenía cincuenta y dos casillas, es decir, el número de años que comprendía el ciclo adivinatorio y solar.

 

Al ser trazado y jugado sobre petates de tejido fino y ligero, el patolli tenía la ventaja de poder enrrollarse fácilmente. Las divisiones hechas sobre el pétlatl o petate se hacían generalmente con hule, materia sagrada para los antiguos mexicanos, aunque también eran trazadas con chichicpatli (medicina amarga), humo de ocote o con el jugo de las hojas de calabaza. Fray Diego Durán lo describe así:

 

Sobre esta estera tenían pintada una aspa grande de que tomaba el petate de esquina á esquina dentro del gueco de esta aspa había atravesadas unas rayas que servía de casas la cual aspa y casas estaban señaladas y rayadas con olin (hule) derretido, el cual olin queda declarado lo que era: para estas casas había doce piedras pequeñas las seis coloradas y las seis azules las cuales piedrezuelas partían entre los que jugaban a cada cual tanta (…) (Los dados) eran unos frijoles negros cinco ó diez como querían perder ó ganar los cuales tenían unos agugerillos blancos en cada frijol por donde pintaban el número de las casas que se aventajaban en cada mano (…) Cuando las rayas de esta estera (…) no había olin para hacellas había particulares yerbas para hacer las rayas de aquella fortuna como eran hojas de calabaza ó la mesma calabacilla pequeña ó una yerba que ellos llaman chichicpatly que quiere decir la medicina amarga ó con tizne de ocotl en lo cual mezclaban superstición pro causa de que había de ser con esta yerba y con esta y no con otra siempre teniendo objeto á idolatría. [25]

 


Para los mexicas el patolli encerraba una especie de contradicción entre el espíritu severamente religioso y su pasión por el juego; entre el juego en su sentido puramente lúdico y el que formaba parte de una fiesta religiosa o de un ritual. La naturaleza del patolli invita acaso a reflexionar sobre cuál podía haber sido la noción de azar en un mundo que, en apariencia, estaba perfectamente regulado. Para comprender esta extraña imbricación entre lo sagrado y lo profano hay que recordar que  el universo del pensamiento náhuatl no estaba constituido al modelo occidental.

 

Los españoles atribuyeron muchas veces un nombre genérico a uno particular. Pero ese mismo fenómeno ocurre en la cultura europea. Si bien se puede afirmar que todos los pueblos juegan y lo hacen de manera parecida, no todos los idiomas abarcan el concepto de juego en una sola palabra de manera tan precisa y, al mismo tiempo, amplia como en los idiomas europeos modernos. En el mundo náhuatl no existía un nombre genérico para designar el juego como en el caso de castellano o el francés. Los nahuas tenían más de un signo para el juego. Ya en 1925, el arqueólogo Alfonso Caso encontró que el juego era llamado “petol por los mexicanos y lizla por los totonacos”. El primer nombre es una corrupción del antiguo y éste se deriva a su vez de ciertos frijoles que servían de dados, según cuentan las crónicas de Torquemada y Gómara. Caso descubrió también que en Tlaxcala y Jalisco se llaman “patoles ciertos frijoles grandes, el nombre totonaco del juego lizla corresponde a los trozos de caña que sirven actualmente de dados, como antes los frijoles”. [26] En el patolli se jugaban por lo general dos partidos, cualquiera que fuese el número de los jugadores. Eran dos los que llevaban el juego y los demás se paraban alrededor, como espectadores o apostadores, según las imágenes de la pintura del Códice Magliabecchiano. Los apostadores se atenían a la habilidad de los jugadores. Cada bando disponía de una suerte de fichas para que al circular por las casillas fuera anotando el avance de las jugadas de cada uno. Las fichas eran unas piedrecitas de jade azul y unos colorines.

 

Los dioses protectores o tutelares del patolli eran Ometochtli (Dos-Conejo) y Macuilxóchitl (Cinco-Flor). Ometochtli era el dios de origen mortal encargado de mejorar la calidad del pulque, y su imagen que adorna al patolli pertenece al Atlas del padre Durán. Macuilxóchitl era el “dios social”, protector de los moradores de palacios, y la imagen que adorna el patolli pertenece al Códice Magliabecchiano. Era un “dios social” porque no protegía a los guerreros ni a los que vivían apartados de la sociedad; no era belicoso ni sanguinario. Macuilxóchitl era el protector especial de un juego no campal, no atlético, no físico, sino de un juego de casa que motivaba el encuentro y la amistad entre personas de un mismo grupo social. En su fiesta, la que llamaban Xochilhuitl, recibía como ofrendas ayunos, abstinencias y danzas de sus devotos. En los cuatro días que duraba la preparación para la festividad, los mexicas se privaban de los placeres culinarios más gustados, el chile entre otros, y sólo se alimentaban magnamente al mediodía y a la media noche.

 

La celebración no tenía una fecha fija. El día designado en el calendario era anunciado por los sacerdotes con anticipación. Un sacerdote se cubría con la vestimenta y las insignias del dios, para que ante sí y la imagen se ejecutaran las danzas del ritual, al ritmo de los caracoles, del teponaztli y el huéhuetl, y se depositara una ofrenda con cinco tamales especiales para la ocasión. El acto más solemne se celebraba al mediodía, hora en que decapitaban a gran número de codornices. A los más fervorosos se les punzaban las orejas o la lengua con puntas de maguey y se pasaban por aquellos orificios delgadas varitas que, ensangrentadas, se presentaban como fruto de mortificación.

 

En honor de Macuilxóchitl, los aficionados al patolli incensaban, hacían reverencias y ofrecían comidas antes de empezar a jugar:

 

(…) los frijolillos que sirven como los dados son cinco á honra de aquel Dios que tiene nombre de cinco rosas y para echar la suerte tráenlos primero un rato refregándolos entre las manos (..) [27]

 

Al lanzar los frijoles sobre la esfera, los jugadores gritaban:

 

¡Macuil Xóchitl! Y daban una gran palmada y luego acudían á ver los puntos que le habían entrado y este Macuilxóchitl era solamente para este juego de los dados (…) [28]

 


Ometrochtli, dios protector del pulque, también protegía al patolli, además de otros juegos. Y todos los “taberneros y taberneras le celebraban sus ritos y ceremonias y ofrendas con toda la solemnidad y devoción”. Este dios presidía, de hecho, el juego del patolli: “cuando jugaban ponían un cantarillo de su vino justo al juego y como siempre tenían presentes a los demás dioses cuando les sacrificaban y festejaban así tenían allí presente al pulque como á Dios…” [29] Según la misma crónica, los jugadores lo invocaban gritando:

 

(…) el Dios Ometochtly me dé buen punto y como es tan malo el maldito demonio debía de acudir á socorrer el punto para ser más servidor y estimado por estarse jugando todo el día dejaban de sembrar y cultivar y entender en sus haciendas y granjerías por lo cual algunos morían de hambre y andaban pobres y desnudos ellos y sus hijos (…) [30]

 


Entre los antiguos mexicanos había jugadores empedernidos:


 

(…) hablaban á los frijolitos y al petate y decían mil palabras de amor y mil requiebros y mil supersticiones y después de habelles hablado ponían la petaquilla en el lugar de adoración con los instrumentos del juego y la estera pintada junto á ella y traía lumbre y echaba en la lumbre incienso y ofrecía su sacrificio ante aquellos instrumentos ofreciendo comida delante de ellos. Acabada la ofrenda y ceremonias iban á jugar con toda la confianza del mundo [31]

 

Los jugadores bebían pulque mientras jugaban y posiblemente muchos de ellos terminaban ebrios. Según las crónicas de Sahún y Durán era común ver a los aficionados al juego andando con su petaquita, petácatl, que contenía las piedritas y los frijolitos, y bajo el brazo el petate enrollado con el juego pintado, siempre consigo, de casa en casa de paraje en paraje, siempre jugando. Cuando se trataba de los señores, éstos iban acompañados por su séquito y “nade de los que pasaban por el camino osaban mirarle a la cara, sino luego baxaban la cabeza y echaban por otra parte. Algunas veces, por su pasatiempo, el señor cantaba y deprendía los cantares que suelen decir en los areitos”. [32] En cambio, los jugadores de posición social baja no gozaban de prestigio alguno; por el contrario, sobre ellos caía una especie de rechazo social.

 

A los que eran tahúres y dados á este vicio de jugar y lo tenían por uso y costumbre y por fin tenianlos por gente infame y de mal vivir por gente haragana y fullera y viciosa enemiga del trabajo huían de su conversación la gente que presumía de honra y así los padres aconsejaban á sus hijos que se apartasen y huyesen de ellos y de su conversación como de perjudicial compañía temiendo no los aficionasen y engañasen á jugar sabiendo que nunca aquellos paraban en bien. [33]

 


La conquista espiritual emprendida por los invasores españoles se propuso, entre otras cosas, erradicar estas prácticas viciosas:


 

[…] y fue tanto el rigor que en destruillos puso que les quemaban los frijolillos que servían de dados en las manos porque demas de padecer ellos y sus mugeres é hijos huian de los servicios personales y obras de común por estarse jugando sentados todo el día. [34]

 

A pesar de la permanente condena inquisidora, la popularidad del patolli fue muy extendida, no sólo en el altiplano central, sino también en el sur y sureste de Mesoamérica.

 

El “juego de azar” se sumó a otras prácticas culturales que –como la brujería y la magia- se celebraban en cuevas y sitios apartados  en las montañas y que fueron mantenidas en la clandestinidad y transmitidas de generación en generación en generación por siglos. En enigma del patolli radica precisamente en la complejidad de su simbología religiosa. La mirada inquisidora de Durán concibió el juego de los dioses como un despreciable vicio de tahúres. Con sus palabras, convirtió a la fiesta y su libre albedrío en un acto diabólico y disoció la fiesta sagrada del acto lúdico, con lo que se perdió la posibilidad de comprender el significado profundo que daban los antiguos mexicanos a las relaciones entre el deber y el placer, el destino y el azar.

 

El azar como salvación

 

Insisto: la cultura náhuatl no usaba e término patolli en forma genérica, ya que esa fue una traducción castellana que, con el tiempo, se hizo extensiva a todas las manifestaciones del juego prehispánico. En la sociedad prehispánica, el juego representaba la fiesta religiosa en la que, al mismo tiempo, surgía el espíritu lúdico. Sin embargo, el verdadero sostén del mundo simbólico mexica estaba en la naturaleza agraria y las relaciones de dominio de su vida social, económica y política. El fríjol, las esteras, el maíz, el pulque y las flores eran los elementos más recurrentes en sus juegos, diversiones y ceremonias.

 

El cultivo de maíz, fríjol, calabaza y chile definió la historia de Mesoamérica de manera radical. La morada del hombre se ubicó en las tierras donde el clima y el suelo eran más favorables para la agricultura. Con la producción de alimentos comienza una explotación intensiva del medio ambiente. Desde el año 1200 a. c. una proporción significativa de la dieta proviene de plantas cultivadas. Esto confirma la cada vez mayor dependencia de la agricultura y el establecimiento definitivo del sedentarismo y, con él, la posibilidad de almacenamiento de alimentos en cantidades suficientes para asegurase contra fluctuaciones ambientales.

 

La agricultura determinó la distribución de los habitantes en los valles, en las regiones templadas y en las de precipitación pluvial. El cultivo del maíz condicionó la forma de doblamiento del territorio y el establecimiento de las primeras aldeas. No es exagerado afirmar que la evolución de los pueblos prehispánicos fue paralela al desarrollo de la planta de maíz. El dominio progresivo de su cultivo, la selección y mejoramiento de sus semillas, así como la incorporación del riego y de nuevas técnicas agrícolas, propiciaron el florecimiento de las diversas culturas que tuvieron asiento en varias áreas del espacio mesoamericano. Por ello, el historiador Enrique Florescano las ha denominado civilizaciones del maíz. Como resultado de los altos rendimientos de esa planta  y los noventa días de trabajo que exigía desde la preparación de la siembra hasta la recolección de la cosecha, surgió una economía autosuficiente, apoyada también en la manufactura de sus propios vestidos y útiles de trabajo, y secundariamente en la pesca y recolección de frutos silvestres. Más tarde, los excedentes económicos de las aldeas agrícolas pudieron sostener estructuras más complejas de artesanos, sacerdotes y guerreros. [35] El surgimiento del juego en sentido amplio sucede bajo estas peculiaridades.

 

Xochipili




La ciencia más antigua y desarrollada de los pueblos mesoamericanos, la astronomía, comenzó a definirse por la necesidad de descifrar la relación de los fenómenos celestes con la tierra y de ambos con la renovación vegetal. Los distintos juegos rituales o inclusive los abiertamente profanos favorecieron una mayor racionalidad de los patrones agrarios. Todos los pueblos que habitaron Mesoamérica fueron escrutadores del cielo, porque de los cambios y revoluciones de los fenómenos celestes dependía la vida sobre la tierra. Llegaron a conocer con tal precisión el movimiento de os astros, que lograron plasmarlo en un calendario que era fundamentalmente agrícola.

Así es como en los diversos juegos practicados se sigue también un calendario agrícola.

 

La sociedad mexica fue la consecuencia de un proceso cultural y civilizatorio acumulativo de varios miles de años. Muchos de los rasgos que hoy conocemos como de los mexicas pertenecieron en realidad al conjunto del México precolombino. La historia prehispánica, a partir del siglo IX sobre todo, es una sucesión de avances y conquistas militares protagonizadas por las tribus norteñas de habla náhuatl, que en oleadas intermitentes lograron dominar el territorio largamente ocupado por comunidades de agricultores. La política adoptada con los derrotados de cada conquista fe muy semejante: en lugar de su expulsión o exterminio, se prefirió su sometimiento. El pueblo vencido, casi siempre superior en cuestiones agrícolas, siguió dedicado al trabajo de la tierra, con la diferencia de que ahora sus excedentes o ganancias se entregaban a los nuevos amos. Éstos, a su vez, premiaban a sus capitanes y jefes militares más distinguidos con tierras y hombres que las cultivaran, introduciendo así nuevas formas de tenencia y explotación del suelo. Las tierras que detentaban los jefes militares, sacerdotes y altos funcionarios en tiempos de los mexicas tienen ese origen. Las guerras formaban parte de un juego de relaciones de dominación sustentadas en complejas relaciones sociales familiares, jerárquicas y étnicas.

 

En vísperas de la invasión española, México-Tenochtitlan era el centro administrativo de un abigarrado conglomerado político y socioeconómico.

 

La mayoría de los antiguos señoríos de la Meseta Central y muchos otros en las zonas de Hidalgo, Morelos, Guerrero, Puebla, Veracruz, Ocaza, Tabasco y Chiapas reconocieron el dominio mexica. Los dioses tutelares de los señoríos dominados compartían la suerte de sus pueblos. Quienes hablaban las lenguas otomí, mazahua, tepehua, totonaca, zapoteca, chontal o tzeltal tenían que emplear a menudo la lengua de los gobernantes de Tenochtitlan.

 

Algunos señoríos lograron resistir no obstante la penetración de los mexicas, como los purépechas de Michoacán y los tlaxcaltecas de la Meseta Central. En el sudeste perduraron los pueblos de lengua y cultura mayas. En el noroeste, fuera de los límites de Mesoamérica, se había establecido un gran número de pueblos que hablaban otras lenguas; entre ellos, los coras, huicholes, pecanos, mayos, yaquis, tarahumaras y pimas. La mayoría de estos grupos vivía en aldeas como agricultores sedentarios. Un mosaico de  pueblos, con culturas y lenguas distintas poseían a tierra donde Hernán Cortés y sus 600 hombres habrían de desembarcar más tarde.

 

Uno de los primeros lenguajes que permitió la intercomunicación entre los mexica y los españoles fue precisamente el del juego, específicamente el patolli. El juego constituía ya un elemento cohesivo de la civilización material mesoamericana. Al momento del contacto con Occidente, el juego cobra inmediatamente una sólida estructura como forma cultural y, una vez que se ha jugado, permanece en el recuerdo como una creación,  es transmitido por tradición y puede repetirse en cualquier momento. El juego de los dioses en el mundo prehispánico establecía fundamentalmente la representación dramática de un suceso cósmico. Los jugadores participantes se identificaban con los acontecimientos representados a fin de ayudar al mundo a sostenerse. Una vez derribado ese mundo cultural, ese lenguaje simbólico, solamente quedó a los pueblos de indios que sobrevivieron a la invasión europea el azar de un futuro por demás incierto.

 



[1] Para la realización de este ensayo recibí el apoyo de Sylvia Andrade y Miles en la localización de la bibliografía sobre el juego en el mundo prehispánico, específicamente sobre el patolli. Igualmente agradezco al historiador Ilán Semo sus comentarios y sugerencias a los borradores que antecedieron este trabajo

[2] Para una consulta general y rigurosa sobre la historia de Mesoamérica véase: Jorge A. Vivó, Paul Kirchhoff, Gordon R. Williey y Jaime Litvak, Una definición de Mesoamérica, Instituto de Investigaciones Antropológicas/Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1982; Eric Wolf, Pueblos y culturas de Mesoamérica, Era, México, 1967; Miguel León-Porrilla, “Mesoamérica antes de 1519”, en Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina, Cambridge University Press/Editorial Crítica, España, Tomo I, 1990; Pedro Carrasco, Estructura político-territorial del Imperio Tenochco, Fondo de Culturas Económica/El Colegio de México, México 1996; Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, El pasado indígena, Fondo de Cultura Económica/El Colegio de México, México, 1996.

[3] Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones, Era, México, 1972.

[4] Desde un punto de vista histórico cultural véase: Johan Huizinga, Homo ludens. El juego y la cultura, Fondo de cultura Económica, México, 1943; y desde un punto de vista psicológico véase; Gustav Bally, El juego como expresión de la libertad, Fondo de Cultura Económica, México, 1958.

[5] J. Huizinga, op.cit., pp. 13-17.

[6] Christian Duverger, L’espris du jeu chez les aztéques, École des hautes études en sciences sociales/Centro de recherches historiques, París, 1978, p. 14.

[7] Para Duverger, de hecho, actividades tales como la agricultura, las “guerras floridas” y la guerra misma pueden interpretarse también como modalidades del juego. El autor nos dice: “La sedentarización, el aumento de la población, la división del trabajo, la inactividad de los veteranos capitanes de las guerras, la institucionalización de los privilegios adquiridos por las clases dirigentes…, todo eso contribuyó a un extraordinario desarrollo de las actividades lúdicas que aparecen desde luego como pasatiempos de los señores y ocupaciones de los nobles.” Ibid., p. 276. (Traducción del autor.)

[8] Alfredo López Austin, Juego rituales aztecas, Instituto de Investigaciones Antropológicas/Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1967.

[9] Ibid., p. 11

[10] Ibid.

[11] Ibid., p. 12

[12] Para comprender mejor el significado de la palabra tensión hemos recorrido a la concepción sociológica de Huizinga. Para el historiador holandés tensión quiere decir: “(…) incertidumbre, azar (…) Este elemento de tensión presta a la actividad lúdica, que por sí misma está más allá del bien y del mal, cierto contenido ético. En esta tensión se ponen a prueba las facultades del jugador: su fuerza corporal, su resistencia, su inventiva, su aguante y también sus fuerzas espirituales, porque, en medio de su ardor para ganar el juego, tiene que mantenerse dentro de las reglas, de los límites de lo permitido en él. Estas cualidades de orden y tensión nos llevan a la consideración de las reglas del juego. Cada juego tiene sus reglas propias.” Op. cit., p. 28.

[13] Ibíd., p. 43.

[14] Ni en el Museo Nacional de Antropología, ni mucho menos en el Museo del Templo Mayor, podemos encontrar alguna representación que aborde de manera particular los posibles sentidos lúdicos de los mexicas. En un sentido amplio, la imagen del pasado prehispánico que se transmite carece de humor y erotismo. Este patrón de solemnidad –posiblemente se trata de una proyección de los sentimientos reprimidos heredados del cristianismo- ha proliferado en todos os museos de arqueología y/o etnografía de México.

[15] Para una visión más general sobre las deidades agrarias y la cosmovisión prehispánicas conviene consultar además las obras de Paul Westheim, Arte antiguo de México,  Fondo de Cultura Económica, México, 1950 y las de Enrique Florescano, Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México, Era, México, 1976 y Memoria mexicana, Fondo de Cultura Económica, México, 1997.

[16] Huitzinga es contundente en su crítica a la etnología que ignora al juego como elemento cultural fundamental: “La ciencia se desliza sobre la realidad de la fiesta como sí ésta no existiera”. Op. cit., p. 44.

[17] Me he basado en la obra ya citada de Alfredo López Austin, Juegos rituales aztecas. Esta obra, única en su género, adolece, sin embargo, de una crítica teórica sobre la noción del juego, misma que en este ensayo hemos completado con los estudios ya citados de Elaide, Huizinga y Duverger, sobre todo en lo relativo a la separación injustificada que se hace entre lo sagrado y lo profano.

[18] Para una reconstrucción general de estos juegos he consultado las obras de Cecilio Robelo, Diccionario de mitología nahua, Imprenta del Museo Nacional, México, 1905; Alfonso Caso, “Un amigo juego mexicano: el patolli”, en Revista de Revistas, núm. 774, marzo de 1925; Salvador Mateos, Breve monografías y reglas del patolli. El juego de los mexicanos, México, 1930; Susana Pellón, El juego de azar en el mexicano, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1954; Mario Giraud, Patolli, antiguo juego de los mexicanos, México, 1984 y José Antonio González Alcatud, Tractatus ludorum. Una antropología del juego, Anthropos, España, 1993. También he consultado las conocidas crónicas de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Sahagún, Diego Durán y Torquemada.

[19] Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las casas de Nueva España (Introducción, paleografía, glosario y notas de Josefina García Quintana y Alfredo López Austin), Patria/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, vol. 2, 1989, p. 508.

[20] Ibid., pp. 508-509.

[21] Ibid., pp. 508-509.

[22] Fray Diego Durán, Historia de las indias de Nueva España e islas de tierra firme, cap. XXII, “De los juegos que estos indios tenían para entretener y desenfadarse los días de fiesta pero también para jugarse sí mismos y quedar esclavos perpetuos”, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, tomo II, México, 1995, p. 204.

[23] Ibid., p. 203.

[24] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit., p. 509.

[25] Fray Diego Durán, op. cit., p. 206.

[26] Ibid., pp. 204-205.

[27] Alfonso Caso, op.cit.

[28] Fray Diego Durán, op. cit., p. 206.

[29] Ibid.

[30] Ibid, p. 207.

[31] Ibid.  p. 206.

[32] Ibid.  p. 205

[33]   Fray Bernardino de Sahagún, op. cit., p. 508

[34] Fray Diego Durán, op. cit. P. 206.

[35] Ibid., p. 206



Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.











 
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