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Cultura impresa y efectos de presencia a través de la lectura de la primera mitad del siglo XIX*

Gerson Moreno Reséndiz



 

 

 

Introducción

En 1821 un escritor anónimo, a través de un impreso hacía la siguiente reflexión:

 

 “no todos los individuos de una población son capaces de discernir, ni tienen la instrucción suficiente para calificar cuanto leen. Los sensatos y los sabios son como las pocas espigas que se escapan al segador, comparando su número con el infinito de ignorantes. Estos al ver cualquiera especie de letra de molde la dan por sentada,   especialmente si se sazona con la sal de la murmuración, y de aquí proviene meterlos en errores, o arrojar sobre ellos tinieblas en lugar de ilustrarlos”. [i]

 

Posteriormente, en 1825 en un editorial del periódico El Sol, encontramos esto:

 

            “En tiempos de agravación, y en materias de religión y política, las palabras tienen una influencia demasiado real y demasiado funesta, más de una vez se han degollado los hombres por una sílaba, o sin otro pretesto que el de darse mutuamente nombres que  respectivamente miraban con títulos de reprobación. ¡Cuánta sangre han hecho derramar y cuantos males no han causado las palabras…! […] Es pues, más importante de lo que a primera vista parece, procurar desterrar de las sociedades todas las palabras ominosas que pueden dar ocasión a persecuciones y por lo menos alterar la paz y la concordia entre los ciudadanos y como entre todas las que más generalmente autoriza las acusaciones y rencores pues designa el crimen que todos los partidos achacan a sus contrarios” [lacursiva es mía]. [ii]

 

Finalmente, en otro editorial, ahora del diario Registro Oficial de los Estados Unidos Mexicanos, continuaba por la misma senda:

                  Es verdad que esta clase de escritos corrompen la moral y los sentimientos populares: un        folleto, un papel periódico de pocas páginas, es más perjudicial que una obra de muchos            volúmenes” [la cursiva es mía]. [iii]

 

            Tres referencias en una década donde el ambiente público y político estaba sumamente polarizado por las diferentes facciones que pugnaban por el poder hacia la primera parte de la vida independiente en México. [iv] No obstante, las tres referencias comparten lugares comunes respecto a su forma de proceder. Primero, detectan a cierta clase de lectores como “ignorantes” que no saben discernir entre lo verdadero y lo falso. Segundo, circulaban cierta clase de escritos que sumían a esos “ignorantes” en el error. Tercero, sí sumían a los “ignorantes” en el error, era por que las palabras en esa época, “tenían una influencia demasiado real”, debido a esto un “papel periódico de pocas páginas”, era “más perjudicial que una obra de muchos volúmenes”.

            De esta forma, la “ignorancia” en el siglo XIX se podía entender como una imposibilidad de los individuos, por el desconocimiento, de establecer una distinción entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo nocivo, lo verdadero de lo falso, de la realidad y la ficción. Así la “ignorancia” de las clases populares era atribuida a su incapacidad para generar cada una de estas distinciones. Por ello, para las clases letradas y cultas, eran blanco fácil de engaño y proclives a caer en el error. Sin embargo, su imposibilidad de generar una distinción entre realidad y ficción, fue quizá el motivo que llevaría a estas clases cultas a estar de acuerdo con impedir la circulación de impresos, pues su lectura podía en determinados momentos generar movilización entre las clases menesterosas.

            Esto, nos lleva a preguntar sobre los efectos que podían en determinado momento generar la circulación de estos impresos y periódicos o, para ser más precisos, preguntar por el efecto que tenían los escritos sobre los lectores y los escuchas de los discursos que se publicaban a través de los impresos y prensa en la primera mitad del siglo XIX, ¿qué tipo de emociones provocaban?, y a partir de esto ¿podía en un momento dado generar cierta movilidad social? Por ello, el objetivo de este trabajo es responder por el tipo de efecto o efectos que ocasionaba sobre el receptor la lectura o escucha de las noticias, artículos y notas publicadas en los panfletos y periódicos de la primera mitad del siglo XIX.            El camino que proponemos seguir para abordar la cuestión es como sigue: primero, explicar el tipo de intensidad generada por la lectura, partimos que la intensidad de lectura experimentada por la sociedad de principios del siglo XIX era mucho mayor a la generada por la sociedad contemporánea. Segundo, esta mayor intensidad generada se manifestaba por un efecto de presencia generado en el lector, de algo que está latente en la vida social; principalmente el que nos interesa, es el que provoca angustia y miedo ante el peligro de perder la estabilidad, la tranquilidad y el bienestar de un pueblo o comunidad. Tercero, intensidad y presencia adquieren una mayor relevancia dentro de una sociedad de antiguo régimen, una sociedad cuya cultura se distancia de las sociedades modernas, ya que éstas se caracterizan por ser culturas de significado, mientras que las culturas de antiguo régimen son culturas de presencia. Cuarto, dentro de una cultura de presencia, lo ausente se presenta por medio de la voz y la palabra; lo ausente es una existencia latente que puede hacerse presente por medio del poder de las palabras. Por ello, es que dentro de las sociedades de presencia no existe una distinción entre ficción y realidad; en otras palabras, la imposibilidad de la distinción entre ficción/realidad, es condición de posibilidad de la presencia a través de las palabras. Esta condición no sólo abarcaba a las clases populares, sino también a una amplia mayoría de las clases letradas durante la primera mitad del siglo XIX.

 

Lectores y circulación de impresos en la primera mitad del siglo XIX

Antes de comenzar el camino mencionado, es necesario aclarar dos presupuestos comunes en la historiografía sobre la prensa e impresos del XIX mexicano. El primero es la escasa circulación de las publicaciones y el corto número de lectores durante esta época. El segundo dirigido por la noción de que los periódicos e impresos de esta primera mitad del siglo XIX, sólo tenían como público a la elite letrada de la sociedad mexicana.

            Si partimos por la elaboración de los periódicos, en esa época se requería de una inversión muy grande, las materias primas como el papel, la tinta y  la maquinaria había que importarlas, y la mano de obra calificada era escasa. Para sortear estos problemas, los editores solicitaban la suscripción de un buen número de personas antes de iniciar la publicación del mismo y, las suscripciones variaban de un mes hasta un año por adelantado. Los periódicos se compraban o adquirían, principalmente en tiendas, alacenas, librerías e imprentas. De esta forma, las librerías  fungieron como “Agencia de suscripciones”. Los suscriptores eran aquellas personas que, económicamente, avalaban la impresión de algunas obras, debido a la carestía del papel que, por supuesto, redundaba en su alto costo. Por lo tanto, debido al precio de las publicaciones que eran sumamente altas para la mayoría de la población, el número de los lectores eran muy pocos.

Sin embargo, en la primera mitad del siglo XIX la compra de impresos en librerías, alacenas y cajones adonde acudían las personas que sabían leer y escribir, era sólo una forma para la difusión de las comunicaciones. La segunda y más importante, se generaba por el voceo de papeles y merceros, para las clases populares analfabetas. La lectura pública era muy característica de la época, además de la circulación de noticias por medio del rumor en las tabernas, las pulquerías, la Iglesia, los mercados, etcétera. Esto aumentaba el número de oyentes de noticias. El libelo, el panfleto se convirtieron en la primera mitad del siglo XIX en la manera predilecta para la circulación de noticias. [v] Caracterizados por hacer un uso popular del lenguaje, de diálogos, rimas, etcétera, se codificaron especialmente para ser leídos, actuados o cantados en público. Entonces tenemos como conclusión, que dichos papeles tenían como público principalmente a un grueso muy importante de la población, principalmente la que habitaba en las ciudades más importantes.

Se podrá reclamar en un primer momento que los impresos escritos en forma de libelos y panfletos, en efecto, iban dirigidos a las clases populares, y no así los periódicos. Sin embargo, muchos diarios de la capital como lo fueron El Sol,  El Águila Mexicana o El Correo de la Federación, podrían calificarse de ser panfletos y libelos políticos al publicar constantemente injurias en contra del gobierno o diferentes figuras públicas. Como segundo reclamo, se dirá que hacia la primera presidencia de Anastasio Bustamante (1830-1832) los panfletistas y diarios catalogados como subversivos e injuriosos fueron perseguidos con mayor severidad y la persecución continuaría hasta los gobiernos de Santa Anna (1854). No obstante, el aparato jurídico durante toda esta época fue incapaz de detener el flujo y circulación de periódicos, libelos, panfletos y anónimos. Finalmente, se preguntará, que los editores recomendaban hacer uso en todo momento de la razón, decencia y el buen gusto que era la característica principal de un periódico o, para la aprobación de la publicación de los comunicados Aunque esto era así, los escritores y políticos nunca dejaron de lado el uso de un lenguaje metafórico, codificado como lugares comunes para ser comunicado. Al ser periódicos políticos, el contenido del discurso inevitablemente estaba atravesado por la retórica y la elocuencia. Por lo tanto, el contenido de dichos discursos que se configuraban para decirse en público, e iban dirigidos a convencer a las personas mediante una argumentación, exponiendo de manera verosímil las razones de sus propuestas; pero sobre todo, haciendo uso de las metáforas, de analogías, de ejemplos, de figuras, para mover el pathos en el escucha.

Robert Darnton, ante la extraordinaria explosión de impresos hacia finales del siglo XVIII, sugiere que la política no sólo ocurría en la corte sino en la calle, entre la plebe.

Sin embargo, esto no quiere decir que se pueda distinguir con claridad entre la cultura de los plebeyos y la cultura de los patricios. En efecto, existía alguna diferencia de este tipo, pero se la obviaba continuamente. Los panfletos más vulgares a veces estaban escritos en latín y la mayor parte de la pesca era una especie de vida literaria en los bajos fondos, hecha para entretener a los más cultos. Conforme los académicos más ahondan en el estudio de los géneros “populares” como la bibliothèque bleue, menos confianza tienen en la noción misma de “cultura popular” […] La literatura del libelo latía con energía rabelasiana, pero no se le puede asignar a un público específico. Esa prosa pertenecía a un mundo en el que la lucha por el poder había trascendido los confines de la corte extendiéndose a las calles, barriendo todo a su paso. [vi]

 

Mucho antes que se emprendieran los sucesos de violencia, las retóricas preparaban el camino creando un clima de hostilidad. A través del discurso se convencía de la justificación moral, la necesidad y la obligación de tomar acción manifiesta y, en vista de un conflicto inminente, se confeccionaban mediante lo que María Teresa Uribe llama la construcción de casus belli. [vii] Los discursos se orientaron en lo fundamental a tres propósitos: el primero fue demostrar que el gobierno y/o los rebeldes —según el anunciante— encarnaban la tiranía. El segundo propósito era señalar la existencia de una conspiración en marcha. Cada grupo de protagonistas aducían que su contrario estaba conspirando para hacerse con el poder o para conservarlo por las vías ilegales o violentas, la amenaza de muerte o el derrocamiento del gobierno “legítimo”. El tercer objeto era el problema de la constitución. El argumento giraba en torno a demostrar que el gobierno en turno la estaba violando, o en el caso contrario que los sublevados querían destruir la Carta Magna. Sin embargo, nuestro argumento mayor será—fuera de esta construcción racional, ya que apela a un cierto tipo de virtudes cívicas; virtudes que el grueso de la población no poseía— que los discursos políticos generaban en el lector o escucha un efecto de intensidad y presencia que lo movía a actuar ya sea por miedo o por odio, por terror o coraje: atacar o defender, matar o morir.

 

“Intensidad” generada a través de la lectura

La retórica en una sociedad como la mexicana del siglo XIX, cumplía el objeto de convencer a un público sobre la oferta comunicada, en otras palabras, generaba más síes que nóes. Su papel fundamental se mostró dentro de la sociabilidad e interacción entre los individuos. En su aspecto fundamental, la retórica fue un medio especializado para la elaboración de todo tipo de discursos. Las retóricas analizaban los dos momentos de construcción de un discurso: primero, el macroestructural, es decir, las partes que debía contener todo discurso, y segundo, el microestructural, que se refería a las cuestiones estilísticas. La elocuencia, parte que se refería a la cuestión estilística, es la parte que abordaremos en esta parte, pero no desde su forma estructural, sino más bien desde la manera en que probablemente pudo haber sido leída u oída y el efecto producido: una intensidad en el receptor.

            Así que nos tenemos que sumergir en el mundo del lector. Para ser más específicos en las prácticas de lectura en el siglo, y para ello, la idea del camino que vamos a tomar, surge al revisar algunos apuntes vertidos por Roger Chartier para adentrarnos a esta práctica cultural. [viii] Dada la importancia que la voz seguía teniendo en la transmisión de los textos, el público de la literatura no se limitaba a un número reducido de oyentes, sino que se extendía a un elevado número. Cada ejemplar de un impreso, o manuscrito era un virtual foco de irradiación, del cual podían emanar incontables recepciones. El alto grado de analfabetismo no constituía un obstáculo para la existencia de un público muy numeroso, bastaba con que una familia o en una comunidad hubiera una persona que supiese leer para que, virtualmente, cualquier texto pudiera difundirse. Pero además, Chartier reconoce otro tipo de lectura, la lectura silenciosa, dada no sólo en los círculos doctos o aristocráticos, sino también en los más humildes, gracias a la circulación de textos conocidos como la Bibliotheque bleue o chapbooks cuya característica principal era ser libros con un formato más pequeño lo que bajaba el costo de producción.

Lectura silenciosa, lectura en voz alta para otros individuos; ambos tipos de lectura generan dos maneras diferentes de recepción y de lectura, la primera entra por la vista, la segunda por el oído; “hacer ver”, “ser escuchado”; no obstante, la especialidad de cualquier retor u orador público, para el caso de la lectura en voz alta, era generar un efecto visual, poner en frente de, poner ante el receptor. Por lo tanto, podemos concluir en un primer momento, que en ambos tipos de lectura la finalidad era hacer ver o poner en frente del receptor lo relatado. La elocuencia se encargaba o trataba de dirigir ese efecto, ¿pero es válido pretender acceder al efecto ocasionado por este tipo de literatura? Desde mi perspectiva es posible.  

             Estamos de acuerdo con Robert Darnton en cuanto a que las reacciones generadas por la lectura, si bien variadas, tendieron a ser fuertes. Basado en los ejemplos de los efectos que provocaron obras de Rousseau y Goethe, Darnton afirma que en cierta medida estas obras provocaron lágrimas; o bien Las atribuciones del joven Werther llevaron a algunos de los lectores a quitarse la vida. ¿A qué se debía tal reacción desenfrenada? Para los lectores del siglo XVIII y aún para los del XIX, los escritos tenían un innegable tono de autenticidad, de ser obras que hablaban o narraban casos reales. Darnton lo explica refutando una tesis basada en cierta experiencia de la lectura conocida como la “revolución de la lectura”. Ésta, parte de un supuesto basado en que a finales del siglo XVIII la gran explosión de impresos y obras que se publicaron (lectura extensiva), rompieron con la intensidad producida en los receptores derivada de la práctica de leer unas cuantas obras, una y otra vez, con frecuencia en voz alta y en grupos (lectura intensiva). Cuando los lectores a finales del siglo XVIII optaron por lo “extensivo”—menciona Darnton—, se volcaron hacia una gran cantidad de materiales impresos, en especial publicaciones periódicas y narraciones ligeras, sin considerar más de una sola vez el mismo texto, con lo que rompieron con lo “intensivo”. [ix]

La tesis anterior, Darnton la rechaza negando, que el abandono del antiguo modo de lectura repetitivo y mecánico, por otro, de carácter más privado e íntimo de la nueva literatura, produjo una experiencia no menos sino más intensa. De la misma forma Reinhard Wittmann se pregunta sobre si hubo una “revolución en la lectura” a finales del siglo XVIII. [x] Al identificar también una lectura “expansiva” hacia finales del XVIII, Wittmann reconoce que este tipo de lectura generó un efecto de intensidad en el lector debido a la sustitución de un tipo de lectura autoritaria y académica, por un proceso de modernización que acabó por desatar una clase de lectura individual centrada en el factor emocional. “Con ello comienza un estadio particularmente complejo, virulento y rico en consecuencias de la historia de la lectura que dura varias décadas, el de la ‘lectura sentimental’, es decir ‘empática’.” [xi] Pero, al situarse en el campo de un tipo de lectura individual que aísla al lector de la sociedad y del entorno, reduce la capacidad de lectura a un círculo muy reducido de posibles lectores, los alfabetizados, quienes con el tiempo necesario comienzan a reflexionar sobre lo leído. Esta práctica, a la larga, terminaría por generar un proceso que impactaría sólo a un número reducido de lectores quienes conseguían llevar a cabo el proceso de objetivación estética y distinguir entre un mundo ficticio y la realidad cotidiana.

Frente a la lectura comunicativa, compartida, también la lectura individual adquirió nuevas cualidades y pasó a caracterizarse por una recepción callada y pacífica. De este modo se ponía en segundo plano el cuerpo como instrumento de la vivencia del texto y se disciplinaba la lectura “indiscriminada”. La paz y la relajación pasan a considerase virtudes lectoras del burgués, premisas incluso de la recepción estética. Al no entregarse ya el lector al texto, era capaz de dominar sus emociones, lo que le permitía acceder a él en un modo controlado. Esta ansiada inamovilidad ente el escrito creó dificultades a no pocos hombres que siguieron prefiriendo posturas más sueltas. Dicha pedagogía de la lectura de finales del siglo XVIII no veía ya la lectura declamatoria que implicaba el movimiento del cuerpo más que bajo su aspecto dietético: pasaba a ocupar “el lugar de un paseo. El esfuerzo que entraña  acelera la circulación, impide que se acumulen los jugos y ahuyenta enfermedades y disgustos. En tiempos lluviosos, o en caso de enfermedad debemos refugiarnos, por tanto, en una lectura en voz alta para sustituirla con ella de los placeres que procura un paseo al aire libre.” [xii]

 

Por su parte, Darnton aboga por explorar la intensidad que provocó en los lectores a través de la evidencia extraída de la correspondencia de autores, impresores, libelos y de la policía. Todos ellos arrogan dos pruebas: los lectores no distinguían entre la realidad y la ficción, por tanto la imposibilidad de hacer dicha distinción generaba un efecto de intensidad que llevaba a los lectores a creerse todo lo contenido en el texto. [xiii] El argumento, gira en torno a la imposibilidad de los lectores por generar una distinción de carácter epistemológico, “la imposibilidad de generar una distinción entre ficción y realidad”. Esta imposibilidad arroja a los lectores a una posición de ignorantes, individuos que se dejan engañar o no saben distinguir un cierto tipo de lenguaje. De esta forma, hacia finales del siglo XVIII, comenzó a generarse un abismo intelectual entre las clases cultas y las clases bajas. Pues las elites, al tener el capital y el tiempo necesario para generar ciertos hábitos de lectura, fueron capaces de desarrollar esta distinción.

Conclusión: sí hubo una “revolución de la lectura” ésta se generó por un aislamiento del lector quien sabe generar una distinción entre ficción/realidad, y no por una lectura “expansiva”, entendida como una explosión de publicaciones que inundaron el espacio público y a las cuales muchos tenían acceso. Sin embargo, no deja de llamarnos la atención que el efecto de intensidad, perviviría y se concentraría en mayor medida en las clases populares, pues su imposibilidad de distinguir entre ficción y realidad le negaría la posibilidad de regular y controlar sus pasiones.

            En dos cosas estamos de acuerdo, primero en que la lectura en el siglo XIX generaba una intensidad a la cual sólo podemos tratar de imaginar cómo fue, y a la cual muy difícilmente tendremos acceso, empero estamos de acuerdo en que fue de una intensidad enorme; segundo que esta intensidad era generada por una imposibilidad de distinguir entre la palabra “ficticia” y la palabra “verdadera”. A nivel de los lectores, encontramos que se generaba esta distinción, entre el “culto” que sabe distinguir entre la realidad y la ficción, la verdad y el error; y el “ignorante” que no sabe, no se toma el tiempo, ni le interesa tomárselo, para generar dicha distinción. En dado caso, la lectura podía generar tal efecto de intensidad y convencimiento pues, partía de un “poner frente a”, “ante los ojos de”, por lo que conlleva consecuencias epistemológicas de mayor envergadura. Darnton y Wittmann, sólo muestran esta posibilidad, sin detenerse a explicar el por qué la sociedad de antiguo régimen era incapaz de generar tal distinción. La respuesta sería porque simplemente no existe tal distinción para las culturas orales, pero ¿por qué no existe? Para responder la cuestión, tendremos que profundizar sobre la imposibilidad de generar una distinción entre ficción/realidad a favor de entender el efecto de intensidad que se generaba en los lectores o escuchas en toda su complejidad, pues esta imposibilidad es condición de posibilidad de una “mayor experiencia de la lectura” entendida como “poner en frente de los ojos”.       

 

“Culturas de presencia”, el efecto generado por la lectura. Lo relatado y predicado

El mundo de principios del siglo XIX se desarrollaría en lo que Hans Ulrich Gumbrecht ha definido como cultura de presencia. Una cultura de presencia es aquella que en todo momento lo ausente está frente a sí, al alcance y tangible para sus cuerpos, lo que para nosotros sería entendido como representación. Es decir, para este mundo la representación no es concebida “en lugar de”, sino que es realidad puesta frente de sí. Por ello, lo producido, lo constituido materialmente es productora de presencia: “Hablar de producción de presencia implica que el efecto (espacial) de tangibilidad que viene de los medios de comunicación está sujeto, en el espacio, a movimientos de mayor o menor proximidad, y de mayor o menor intensidad”. [xiv]

            En las culturas de presencia, la relación que tiene el hombre con el mundo, obedece a una relación hermenéutica, entendida ésta como una pragmática; es decir como paradigma por la cual los hombres interpretaban y accedían al mundo. Por medio de la palabra y el rito esta sociedad accedía, epistemológicamente, al mundo. Lo que delinea y explica esta comprensión pre-moderna de la relación entre cuerpo y mundo, es el concepto aristotélico de signo. Éste no está basado en la distinción entre un signifícante material como la superficie, y un significado inmaterial como lo profundo, tan familiar para nosotros dentro del campo hermenéutico. El signo de Aristóteles, en contraste, junta una sustancia (i.e., aquello a través de lo cual una sustancia se vuelve perceptible), aspectos que incluyen una concepción de “significado” que no nos es familiar, pues la modernidad la entiende como representación: “está en lugar de”, o mejor dicho “significa algo”. Mientras que para las sociedades antiguas, premodernas, de antiguo régimen, estratificadas —como  quiera llamárseles—, el rito o la palabra, connotaba un efecto de presencia, en el sentido de “poner frente a”, “tener tangible”, “hacer presente” una sustancia oculta, distante en tiempo y espacio. 

            Pongamos como ejemplo el caso de Bernal Díaz de Castillo en su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España. Bernal dice en su prologo “Mi historia, si se imprime, cuando lo vean e oyan, le darán fe verdadera”. Hasta el proyecto historiográfico de Leopold Von Ranke. En la edición de la Historia de los pueblos romanos y germánicos de 1824 expone, “Mi intención no es juzgar el pasado ni extraer de él enseñanzas para el futuro, sino sólo decir cómo fue propiamente”. Pero en la edición de 1877, expone la misma intención sólo que en lugar de utilizar el verbo decir (sagen) lo sustituye por el verbo mostrar (ziegen). El paso, adecua la frase a la teoría de la objetividad de Ranke y a la primacía de la visión sobre el concepto que se da en ella, pues mientras el verbo decir hace referencia a un conocimiento discursivo y mediado, el verbo mostrar es igual a un conocimiento directo del pasado, “poner ante los ojos la vida pasada”, “el historiador no juzga, sino que ha de hacer presente lo sucedido”, “la verdadera historia ha de contar lo que ve”.

            Con esto no queremos decir, por supuesto, que Ranke no diferenciara entre ficción y realidad o, ausencia y presencia; sino más bien que su proyecto historiográfico parte de una concepción de que las cosas y los fenómenos del mundo se pueden aprehender por medio de un método y que éstos se puede representar o mejor dicho presentar por medio del lenguaje, el lenguaje atrae, “pone frente a” lo ausente, el pasado. Esto lo explica Michel Foucault en su famoso estudio de Las palabras y las cosas. En él, Foucault establece que el lenguaje, a finales del siglo XIX, deja de ser una ventana o posibilidad de acceso al ser (del lenguaje, trabajo, vida, historia). En el largo proceso de la historia humana, menciona, han existido rupturas epistemológicas, por llamarlas así, en que el hombre ha pensado al lenguaje: 1. Las palabras son las cosas; 2. El mundo como representación; 3. Los límites de la representación. [xv]

            En el primer caso, en donde las palabras son las cosas, es una etapa en que los hombres están sumergidos en el mundo de la oralidad, y aún con la utilización de la escritura y la imprenta, la oralidad era la forma predominante por la cual la sociedad se comunicaba. Para las sociedades de presencia las palabras son las cosas, es decir son el espejo del mundo. Para estas sociedades, el conocimiento es analógico, de repetición, porque la verdad ya estaba dicha y no había nada que demostrar. Por ello, los saberes desde la Edad Media hasta el  siglo XVI se limitaban a la búsqueda de definiciones de los términos y, a través de esas definiciones, explicaban el mundo.  

            La segunda etapa comienza con un proceso de ruptura alrededor del siglo XVI, para ser un poco más exactos con el surgimiento de la reforma protestante, y que continuaría pasando por la ilustración, hasta finales del siglo XIX. En ésta, se pasa de un conocimiento analógico a uno analítico; mejor, de un conocimiento que únicamente se pregunta por el significado de las palabras, puesto que son una ventana a la verdad; a un conocimiento empírico, en donde se toma conciencia que las palabras, palabras son, y lo único real es lo que se experimenta por medio de los sentidos. Pero esto no quiere decir que el lenguaje no tenga importancia, el lenguaje es la posibilidad del análisis, las palabras al separarse de las cosas, desdoblan el lenguaje y por ello se convierte en representativo. Una característica del la época clásica es la aparición de una nueva noción del signo, por el cual lo ausente se hace presente y al mismo y tiempo permite el acceso a la cosa representada.

            De la misma manera para David R. Olson, la lectura anterior a la imprenta era básicamente analógica (metafórica); después de la imprenta se impone la lectura literal (referencial). Los cambios tecnológicos del manuscrito al impreso fueron la condición de posibilidad para transformar la concepción del significado: “Los autores de la Edad Moderna menospreciaron esa lectura (analógica) por “retórica” o “poética” y poco apropiada para el discurso serio porque los textos y los signos en los cuales se basaban eran excesivamente polisémicos y ambiguos, aludían a los significados profundos, ocultos o místicos e invitaban a una lectura entre líneas. Para ellos, el discurso serio requería de una clase de escritura analítica o representacional, en el cual las palabras suplantaran a las cosas, la clase de discurso que hoy consideramos prosa escrita. [xvi]

Las consecuencias que tuvo este cambio de paradigma o episteme en la cultura occidental a nivel del conocimiento es lo que Ranke bautizaría como su “teoría de la objetividad” para el caso de la ciencia histórica. Éste nuevo saber continua inmerso en la tradición metafísica, y tratar de explicar el devenir histórico racionalmente expulsando de su discurso todas las leyendas, mitos y sucesos maravillosos producto de la ignorancia vulgar y el fanatismo religioso; a partir de ahí, busca leyes que rigen los procesos para la explicación de los sucesos. Para fundamentarse como saber, desarrollan una serie de herramientas metodológicas, construye un método y, trata de funcionar como ciencia. Finalmente inventa al documento como representación de la realidad y al archivo como almacén de la memoria.

“Las palabras son las cosas” y “El mundo como representación”. En el traslado de una a otra lo que ha cambiado es la noción de experiencia, es decir, el modo en que el hombre se relaciona con el mundo para la construcción de conocimiento. Para esto, continuaremos con otra distinción: las culturas de presencia generan conocimiento a través de un tipo de experiencia retórica, mientras que las culturas de significado a través de experiencia científica. [xvii]

            La experiencia retórica es predominante en las culturas de presencia debido a que por medio de la palabra se accede al mundo y la verdad de las cosas que están en el mundo. Esto quiere decir, que para las culturas de presencia lo real se corresponde con aquello que es posible o verosímil para una sociedad. [xviii] Entonces, la experiencia está delimitada por lo que una sociedad está dispuesta a admitir como creíble, y en el caso de las culturas de presencia el espectro es sumamente amplio.

            La palabra como espejo del mundo posibilita absolutamente todo, de esta manera, podemos entender por qué los milagros son una parte de posibilidad esencial en la vida cotidiana. Pero además la palabra, que posee dentro de sí un lado visible y otro invisible, es condición de posibilidad del pensamiento mágico-hermético, pues si se acepta que la palabra es semejante a la cosa, entonces, cuando se dice la palabra, se trae a la cosa y, con ella, a los efectos que ella produce. Ahora pensemos en la “experiencia de la lectura” que posibilitó está noción de la palabra —ya sea oral o escrita. La intensidad generada es condicionada por este efecto de presencia gracias a la palabra; palabra que muestra el ser del mundo, atrae lo oculto y lejano a una presencia tangible para los sentidos y, que navega sobre un espectro de posibilidades bastante amplio. De esta forma, presencia y ausencia no se encuentran disociadas como en las sociedades modernas, es más hasta el extremo en que lo ausente es negado radicalmente. Presencia y ausencia conforman un complejo indisociable para las culturas de antiguo régimen. Para éstas, lo que se ve y lo que no se deja ver, son condición de posibilidad para la experiencia.

                  Según lo expuesto la lectura en silencio y la lectura en voz alta generaban un efecto de intensidad en los lectores y/o escuchas, debido a la imposibilidad que tenían las sociedades orales de generar una distinción entre ficción y realidad, entre lo falso y lo verdadero. Sólo las clases con el capital y tiempo necesario para parar y reflexionar sobre lo leído, lograban hasta cierto punto generar dicha distinción. Finalmente, este sería uno de los argumentos que llevaron a las clases letradas a tener una gran preocupación por lo que se decía e imprimía en los papeles que inundaron el espacio público. “La mayoría de lectores no sabían distinguir entre lo verdadero y lo falso” y eso provocaba que se introdujeran en una serie de errores, en donde “al ver cualquiera especie de molde”, éstos “la dieran por sentada”. Sin embargo, la imposibilidad de generar una distinción entre ficción y realidad, traería como consecuencia, la pervivencia de una palabra “viva” que al ser escuchada o leída, generaba en el lector un efecto de presencia, lo cual posibilitaba el “enorme” efecto de intensidad en la lectura. Y ésta a su vez, intensificaba los sentimientos y con ello las emociones.

 

Bibliografía

Beuchot, Mauricio, La retórica como pragmática y hermenéutica, Barcelona, Anthropos, 1998.

 

Cavallo, Guglielmo y Chartier, Roger (coord.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Turus, 1998.

 

Costeloe, Michael P., La primera república federal de México (1824-1835). Un estudio de los partidos políticos en el México independiente, México, FCE, 1975.

 

Del Palacio Montiel, Cecilia, Redes de información y circulación de impresos en México. Prensa de Guadalajara en las primeras décadas del siglo XIX, en Revista Iberoamericana, vol. LXXII, núm. 214, enero-marzo, 2006.

 

Darnton, Robert, Los Best Sellers prohibidos en francia antes de la revolución, México, FCE, 2008.

 

Fucault, Michel, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, México, Siglo XXI, decimotercera edición, 1982(1968).

 

Gumbrecth, Hans Ulrich, Producción de presencia. Lo que el significado no puede transmitir,  tr. Aldo Mazzucchelli, México, UIA, 2005.

 

Mendiola, Alfonso, Retórica, comunicación y realidad. La construcción retórica de las batallas en la conquista, México, UIA, 2003.

 

Olson, David R., El mundo sobre el papel, el impacto de la escritura y la lectura en la estructura del conocimiento, Barcelona, Gedisa, 1998.

 

Uribe Hincapié, María Teresa, Las palabras de la guerra, en Estudios Políticos, núm. 25, Medellín, julio-diciembre, 2004.



[i] Sobre el abuso de imprenta. México. Imprenta de Don Alejandro Valdés. 1821. 8 p. Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, UNAM, Fondo documental Lafragua, R 260. Laf.

[ii] Del fanatismo y de la intolerancia su compañera inseparable, en El Sol, núm. 931, 31 de diciembre de 1825, p 3.

[iii] Registro Oficial de los Estados Unidos Mexicanos, núm. 31, 20 de febrero de 1830.

[iv] Para seguir con mayor detenimiento la lucha de partidos hacia esta época, Vid., Michael Costeloe, La primera república federal de México (1824-1835). Un estudio de los partidos políticos en el México independiente, México, FCE, 1975.

[v] Vid. Cecilia del Palacio Montiel, Redes de información y circulación de impresos en México. Prensa de Guadalajara en las primeras décadas del siglo XIX, en Revista Iberoamericana, vol. LXXII, núm. 214, enero-marzo, 2006, pp. 35-48.

[vi] Robert Darnton, Los Best sellers prohibidos en Francia antes de la revolución, Buenos Aires, FCE, 2008 (1996) p 304.

[vii] María Teresa Uribe Hincapié, Las palabras de la guerra, en Estudios Políticos, núm. 25, Medellín, julio-diciembre, 2004, p 11-34.

[viii] Roger Chartier, “Lecturas y lectores ‘populares’ desde el Renacimiento hasta la Época Clásica”, en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998, pp. 411-434.

[ix] Robert Darnton, Los Best sellers prohibidos en Francia antes de la revolución, op cit., p 326.

[x] Reinhard Wittmann, “¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?”, en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, op cit., pp. 435-472. 

[xi] Ibíd., p 452.

[xii] Ibíd., pp. 455, 456.

[xiii] Darton, op cit.

[xiv] Hans Ulrich Gumbrecth, Producción de presencia. Lo que el significado no puede transmitir, tr. Aldo Mazzucchelli, México, UIA, 2005, p 31.

[xv] Michel Fucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, México, Siglo XXI, decimotercera edición, 1982(1968).

[xvi] David R. Olson, El mundo sobre el papel, el impacto de la escritura y la lectura en la estructura del conocimiento, Barcelona, Gedisa, 1998.

[xvii] Vid., Alfonso Mendiola, Retórica, comunicación y realidad, La construcción retórica de las batallas en la conquista, México, UIA, 2003., pp. 114-247.

[xviii] Además de Mendiola, Mauricio Beuchot tiene todo un texto en donde trata de demostrar cómo la retórica al tener como objeto lo verosímil y lo probable tienen un lugar muy importante dentro de las disciplinas filosóficas. “La retórica, por tanto, estudia lo verosímil y creíble, lo que parece verdadero y se puede aceptar como verdadero (dentro de lo verosímil) porque lo verdadero puede hacerse conocer como verosímil y le cuadra bien esta característica de verosímil, dado que es más fuerte: es verdadero [ya que se encuentra dentro de lo evidente]. Pero la retórica se distingue de la dialéctica en que está última tienen como más propio lo verdadero que no es evidente. Y se distingue de la sofística en que ésta presenta como verdadero y como verosímil lo falso… La retórica como pragmática y hermenéutica, Barcelona, Anthropos, 1998, p 16.  

 

 


*Colaboración para Estudios de Historia Cultural
Imágen: © Crimson- Fotolia.com para Estudios de Historia Cultur




 


 
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