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ENSAYO
 
 

 

 

"Papeles que fueron vidas" o el taller de Leonardo Sciascia y Carlo Ginzburg*

 Adrián Gerardo Rodríguez Sánchez [2]



Todo historiador atento a los menesteres de su oficio, sabe que navegar entre los documentos va más allá de sustraer de ellos la veracidad que sirve para construir un relato histórico; son, además, retazos que silenciosamente lo animan a contraer un compromiso social o político. Por lo mismo, aunque eruditos pos-modernos se desvivan en torno al estrato ficcional o literario que guarda la labor de historiar, es imposible negar que algo difícil de asir, pero factible de entrever, que palpita en los documentos históricos, es lo atrayente para que propios y extraños se refugien, ora en un sueño, ora en una convicción, o en el apasionante impulso de conocer y explicar científicamente la travesía del ser humano a través del tiempo.     

   

Muerte del inquisidor de Leonardo Sciascia (1921-1989) y El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg (1939) son un inmejorable pretexto para andar los puentes que unen al mundo de la historia con el orbe de la literatura y para reflexionar en torno a los documentos históricos  como vehículos que, al tiempo que dotan de presencia al pasado, generan también una especie de empatía en quien escribe historia. No se trata de rastrear simples coincidencias (cuando la convergencia ilumina partes contrapuestas, algo que se da por contraste y que en cierta forma ya ha sido abordado por Ivan Pupo [3] ), sino develar rutas cuya referencia apenas se intuye en la lectura de ambos textos, pero que, al animarse a recorrerlas, es posible fijar su contorno y contenido. Por lo tanto, lo que expone a continuación es una excursión a las evanescentes fronteras de la historia y la literatura, de la ficción y la realidad históricas, de la política y la ética. 

 

 

I

El queso y los gusanos y Muerte del Inquisidor son libros de autores italianos que narran la ejecución de un individuo a manos de la Inquisición. Pero las afinidades apenas empiezan ahí. El queso y los gusanos se publicó en 1976, ocho años después de Muerte del Inquisidor, ¿Es más que una simple coincidencia que Leonardo Sciascia (uno de los escritores italianos más populares de la segunda mitad del siglo XX) y Carlo Ginzburg (quizá el historiador más influyente en la historiografía mundial de los últimos treinta años) escribieran un libro donde la Inquisición (sus procedimientos y personajes) es el telón de fondo de su historia? Sin duda algo sucedía en la Italia de fines de los años sesenta y principios de los setenta para que una institución como la Inquisición (que siempre ha estado envuelta por la controversia y el mito) fuera objeto de estudio, crítica y narración. El fenómeno está relacionado íntimamente con un proceso cultural donde la epistemología en las ciencias sociales viró como consecuencia de los múltiples cuestionamientos políticos y sociales que acaecieron alrededor del mundo en aquellas décadas (algo que, para el caso del libro de Ginzburg, ya ha sido estudiado [4] ). Aunque no se debe descartar que el caso específico de Italia contenga un trasfondo signado por la silueta del fascismo o por el atisbo de modernización y apertura que significó para la Iglesia católica el Concilio Vaticano II, o quizá por la mezcla de populismo y crítica estilística que, de acuerdo con Carlo Ginzburg, era común en la cultura italiana a finales de la década de 1950 [5] .     

En la obra de estos dos italianos existen correspondencias en el planteamiento, hipótesis y fuentes utilizadas, aunque no son nimios los rasgos que revelan perspectivas y sentires propios al momento de abordar el mismo tema. En primer lugar, se puede hablar de la posición política que los dos autores asumen, quienes han ejercido el activismo hermanado con las causas de la izquierda. En el caso de Sciascia, su batalla contra cualquier viso autoritario en la sociedad está fuera de duda; algo que comenzó a cultivar primero con el periodismo y después con sus novelas y ensayos [6] . Por su parte, con su obra histórica Ginzburg se ha inmiscuido en cuestiones políticas (como en su libro El juez y el historiador, en el que defiende al activista Adriano Sofi en un proceso penal dudoso) o la misma ha sido discutida públicamente por personalidades como el historiador Adolfo Gilly y el Subcomandante Marcos [7] .

            Es indudable, pues, que Ginzburg y Sciascia se hallan en la misma trinchera, donde escribir historia no es solo un pasatiempo de científico-anticuario (juntar datos y exponerlos en una narración saturada de teoría científica social), sino además una reflexión casi práctica que busca arreglar alguna injusticia histórica. Ello no es fortuito: ambos comparten una historia de lucha antifascista. Los padres de Carlo, los escritores Leone y Natalia Ginzburg, fueron perseguidos por el nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente Leone fue asesinado por la Gestapo en 1944 [8] . Más tarde, Natalia y Leonardo Sciascia cosecharían una simpatía mutua que encontró su cohesión en el origen familiar (Sicilia), la filiación comunista y la temática de la justicia que cada uno trabajó en sus obras literarias. Por lo mismo y en la medida en que Muerte del Inquisidor y El queso y los gusanos son libros elaborados documentos históricos, se podría sugerir que al escribirlos sus autores llevaron a cabo un proceso de reconocimiento, de búsqueda de su genealogía intelectual, al reunir los fragmentos de un espejo que pudiera reflejar los pasos de su actuar dentro de la historia de luchas progresistas. Sin embargo, donde precisamente hay parentesco, florece la antítesis. Si bien nacen de una misma y bien definida tradición, en las dos obras hay detalles narrativos y estructurales que varían.

 

II

En el tono híbrido (entre novelesco y ensayístico) de Muerte del Inquisidor resuena la claridad argumentativa y el ánimo mordaz que Voltaire imprimió en su relato sobre las tropelías cometidas contra el protestante Jean Calas, durante el juicio en que éste fue condenado a morir en la terriblemente famosa rueda [9] . Por esa vía, Sciascia es hijo la Ilustración, porque el suyo es un libro que expone los extremos a donde puede llegar la intolerancia religiosa y el abuso del poder. Poco importa que Sciascia no mencione la autoridad de Voltaire para hablar al respecto: el fraile Diego La Matina (protagonista de Muerte del inquisidor) es un Jean Calas más.

 Voltaire arma un rompecabezas de los hechos (o se mofa del reconstruido por los jueces de Calas), deduce, especula; todo ello partiendo del deseo de refutar el argumento del enemigo con un estilo trepidante y agresivo, cercano al panfleto. Por su parte, en la obra de Sciascia la denuncia y la destreza del novelista van a la par de las tácticas y fórmulas del historiador. La narración se basa en crónicas, informes y estudios que el autor auscultó y ensambló, para escribir un relato coherente que revelara lo absurdo y lo horroroso del juicio de Diego La Matina. Pero no solo bregar en un medio intelectual hostil (como sucedió con Voltaire), sino voltear al pasado, para rescatar y dar vida en el presente a una historia olvidada, es también la meta del escritor siciliano (esa vocación por la exhumación, diría Federico Campell) [10] . Tal sería la raíz de las palabras que Sciascia escribió para el prólogo y el epílogo de la segunda edición de Muerte del inquisidor: este es el libro que “más aprecio de todos mis escritos, el único que releo y sobre el que aún me devano los sesos” y “puedo decir que he trabajado en este ensayo más y con más ganas y pasión que en ningún otro libro [11] . A diferencia de sus demás obras publicadas hasta entonces, solo en ésta el siciliano urdió una escritura donde la ficción y la historia se separan tajantemente, desviándose de su conocida maestría de cruzar los lindes de la literatura y aconteceres históricos y suscitar una reflexión ‒llena de ironía‒ en torno a la ductilidad de los límites que existe entre estos campos [12] .

 La cuestión podría analizarse con una maniobra inversa. Es decir, si se ve a Muerte del inquisidor como una respuesta a la pregunta: ¿qué es lo que fabrica un escritor, un novelista, cuando se convierte en historiador? Cualquier tentativa por responder tendría que incluir un razonamiento que, poco más poco menos, proponga que el motivo de Sciascia al momento de concebir y escribir Muerte del Inquisidor, que lo condujo confirmar la singularidad del mismo y que no se hallaba en su demás libros escritos, es algo muy propio en el oficio de historiador: el contacto directo con vidas pasadas a través de huellas (documentos de varia índole); un detalle que puede producir un efecto de veracidad en cierta natural incredulidad que hay en la tarea de los escritores, y que se podría comparar con la lección del famoso pasaje cristiano, en el cual se narra que, para creer en la vida después de la muerte, el apóstol debió tocar las llagas del resucitado.

Tal efecto de veracidad se revela nítida e íntegramente desde las primeras líneas del libro de Sciascia con las palabras: “Paciencia, pan y tiempo”, las cuales están “escritas en la pared de una celda del palacio Chiaramonte, sede del Santo Oficio desde 1606 hasta 1782” [13] . Esta evocación de seres humanos (desesperados, magullados, al borde de un colapso nervioso) que dejaron plasmadas sus palabras en la pared de una prisión, va acompañado de una empatía; palabras que sumadas a las decenas más que se incluyen en la obra, son los cimientos sobre los cuales Siacscia se formó una idea inusitada en torno a los diferenciales reinos de la literatura y la historia.

La idea se podría exponer con argumentos de Michel de Certeau. Quizá al momento de redactar este libro (esto es, de poner la tinta sobre el papel, el dedo en el teclado de su máquina, como preámbulo del montaje que el historiador levanta para escenificar la vida de otra persona) el siciliano fue imbuido por la sensación de otorgarle significado a “una carencia” (a una ausencia, a una muerte, podríamos glosar); un proceso que, al igual que en una especie de fotosíntesis, transformó algo aparentemente aséptico (la huella de “una carencia”) en una conclusión ideológica que, en palabras de de Certaeu, estaría impregnada de utopía, justicia y revolución [14] . Por lo tanto, es posible imaginar que al relatar el juicio de La Matina, en el temperamento de Sciascia bullía aquel sentir historiográfico de que “labrar en el pasado es al mismo tiempo una manera de abrir el paso a un porvenir [15] .

Por otra parte, Muerte del Inquisidor es también una muestra de cómo el presente trastoca la redacción de la historia; un aspecto que Sciascia expone sin miramientos en su prólogo de 1967, cuando asienta que al abordar el tema de la Inquisición “muchos caballeros oyen llamar su nombre, su apellido y número de carnet de partido al que están escritos” [16] . Precisamente, el revuelo político (que no escándalo mediático ni vano) que causó la publicación del libro en la sociedad italiana es otro de las razones por los cuales Sciascia se sintió “tan apegado a él” [17] . En esencia, fue la mezcla de compromiso político (facturado en el tiempo presente) con el efecto de veracidad desprendido de los documentos (propio del trabajo del historiador) lo que hizo sentir a Sciascia que esta obra era un punto y aparte dentro de su trabajo literario; detalles de procedimiento que también son visibles en El queso y los gusanos.

 

III

Lo que difiere entre El queso y los gusanos y Muerte del Inquisidor es que éste es más afín al ensayo de Voltaire sobre Jean Calas. Sciascia y Voltaire son humanistas (en el sentido en que lo eran un Erasmo o un Montaigne) incursionando en la historia y en la reconstrucción de hechos para pensar bien los límites de la justicia. En ellos la ética es indudablemente uno de sus móviles, y la misma es un nutriente básico de la obra de Ginzburg. Sin embargo, éste último la conceptualiza, o mejor dicho, la reviste de un planteamiento teórico que sintetiza muchos años de evolución científica social (corrientes historiográficas, antropológicas y sociológicas), con el objeto de evadir una posición subjetiva que pueda destruir o debilitar el andamiaje racional en el que se sostienen sus preguntas e hipótesis. Se podría pensar que en Ginzburg la compresión antecede a la justicia, pero ello sería una manera errónea de evaluar su empeño intelectual. Ello porque logra disolver la sustancia de la ética entre el aparato teórico de la ciencia, de tal manera que no es posible descalificarlo por su compromiso ético sin demoler al mismo tiempo el impresionante mecanismo crítico de su obra (armónicamente parapetado de lecturas, autores y revisión de archivos), por el cual el lector va caminando y sintiendo el gozo conceptual que sólo provocan los mejores ensayos.

Es cierto que tales rasgos son visibles en la obra de Sciascia. Sin embargo, Ginzburg ‒conforme a la usanza científica propia de la academia‒ levanta y diseña un edificio: aquí y allá va acuñando y soldando ideas, noticias y conceptos, para finalmente proponer una nueva metodología historiográfica (la famosa “microhistoria italiana”) destinada a estudiar, entre otras temas, uno de los campos más problemáticos de la historia humana: la cultura popular, o, como lo prefiere Ginzburg (sirviéndose de Gramsci), la cultura de las clases subalternas. Por lo mismo, resulta un poco extraño que, no obstante la fama internacional que ha gozado El queso y los gusanos en el mundo de los historiadores, en México aún no haya aparecido algún estudio que aplique las herramientas presentadas por Ginzburg. No se puede decir lo mismo de Sciascia, cuya obra ha inspirado en México un estudio histórico de índole local que quizá no ha recibido la mejor de las acogidas, pero que no deja de ser una historia casi única en su género: Inquisición y arquitectura. La “evangelización” y el ex-obispado de Oaxaca, de Víctor Jiménez y Rogelio González Medina [18] . Más que una ruta metodológica, lo que liga a este libro con Muerte del Inquisidor son datos y fechas, pues resulta que algunos de los personajes que aparecen en el relato de Sciascia, de alguna u otra forma protagonizan la historia de la Inquisición en el ex-obispado de Oaxaca.

Ginzburg arma una interpretación de la cultura humana a través de la vida, juicio y ejecución (por la Inquisición) de un molinero: Domenico Scandella, mejor conocido como Menocchio. Este proceder lo vuelve heredero de la obra de Max Weber. La fusión que ambos autores elaboran en sus investigaciones entre la historia material (economía) y la vida cultural (ideas, creencias, mentalidades) es algo digno de señalar. Aunque otra afinidad no menos sugerente es que, no obstante su activismo político y preocupación por los acontecimientos inmediatos, estos dos científicos sociales prefieren el laboratorio de las aulas, bibliotecas y cubículos que el cuadrilátero del ágora. Ello no los vuelve seres apolíticos, como sucede con muchos profesores que hoy en día vagan en las universidades. Retomando una reflexión que Raymond Aron formuló a propósito del libro El político y el científico, se podría plantear que tanto Weber como Ginzburg saben que en el proceso de indagación del pasado (que conlleva el reconocimiento de las luchas y vida de otras personas), el historiador también se descubre así mismo como un ser histórico, de tal forma que es factible y casi lógico que tome una postura política ante los acontecimientos actuales [19] . Dicha idea permite sumergirse más detenidamente en algunos detalles del tema central de este ensayo.

Si escribir sobre las peripecias de la vida de Diego La Matina (ejecutado en 1657), significó para Sicasica “dar a conocer otra imagen de él, para decir que era un hombre y que mantuvo alta la dignidad del hombre” [20] ; para Ginzburg, analizar la cultura donde se desenvolvió Menocchio (ejecutado en 1599) guarda un interés que concierne a la historia de la humanidad: “dar fe de una mutilación histórica de la que, en cierto sentido, nosotros mismos somos víctimas” [21] . Los dos autores son animados por un impulso semejante. Por lo mismo, no sería especulación sugerir que durante la redacción de su obra (a principios de la década de 1970) Ginzburg leyó Muerte del Inquisidor. Quizá lo que movió a un veinteañero y ya graduado universitario a leer este libro, no fue únicamente la temática histórica (la Inquisición en Sicilia) o la tromba de controversia desatada por su publicación, sino la amistad que había entre Sciascia y su madre, Natalia Ginzburg, quien trabajaba como consejera en la prestigiada y antifascista editorial Einaudi, donde aquel empezó a publicar parte de su obra (aunque Muerte del Inquisidor no apareció en esa editorial).

Debido a la coincidencia familiar, ideológica y temática, es sorprendente que en las más de doscientas páginas de El queso y los gusanos no se mencione a Sciascia, no obstante que Ginzburg continuamente se complace en remitir a la riqueza dilucidadora de la literatura para aclarar algún punto de sus argumentos (recuérdese lo atinado, grato y memorable que resulta la cita de un poema de Bertolt Brecht ‒“Preguntas de un obrero que lee”‒ al comienzo de El queso y los gusanos). Sin embargo, acaso no era necesaria una referencia explícita, porque en Muerte del Inquisidor hay ciertas opiniones que en Ginzburg se profundizan teóricamente (algo que a  Sciascia no le interesaba llevar a cabo) y que parecen ser parte de un motivo común en el medio literario.

 

IV

Uno de los objetivos medulares de El queso y los gusanos es exponer cómo Menocchio elaboró su propia cosmogonía, misma por la cual fue denunciado ante la Inquisición y que sirve a Ginzburg para explorar los posibles canales que en el siglo XVI unían a la cultura de las clases subalternas (básicamente oral) con la cultura humanista y reformista de los círculos ilustrados (expresada principalmente a través de libros e impresos). De esta manera, más que un dilema irresoluble, la vida de Menocchio se vuelve una fértil intersección histórica en la que Ginzburg siembra hipótesis y respuestas. Una de las más notables y provocadoras refiere que varias ideas religiosas y sociales que manejaba Menocchio y que se desviaban radicalmente de la ortodoxia católica (negar la divinidad de la Virgen y de Cristo; abogar a favor de la tolerancia religiosa) no le venían de lecturas luteranas o de algún otro movimiento reformador del momento (como lo pensaron sus enjuiciadores), sino de una antigua cultura rural de Italia, la cual encontraba en Menocchio ‒gracias a su acceso a la lectura y la escritura‒ un vocero por donde se revelaban sus deseos y anhelos. En un punto de su relato, Ginzburg trata de ilustrar el fenómeno explicando cuál pudo ser el origen de las contradicciones e inseguridades que el molinero expresaba ante las preguntas de los jueces del Santo Oficio: “El desfase entre los textos leídos por Menocchio y la manera en que los asimiló y refirió a sus inquisidores, indica que sus actitudes no son imputables o reducibles a tal o cual libro. Por una parte, nos remiten a una tradición oral probablemente muy antigua” [22] .

La hipótesis de Ginzburg es un tópico que se halla en la literatura, si no expresada de forma tan específica como lo propone, sí con su principal directriz: el problema de resolver si algunas expresiones culturales (fiestas, estilo artístico, utensilios, concepciones religiosas, etcétera) son de origen popular o culto. Dentro de las impresiones y los recuerdos que conforman la frondosa narración de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, hay unas líneas que sirven como ejemplo de lo que se viene hablando:

 

El escultor había narrado también algunas anécdotas referentes a Aristóteles y Virgilio, del mismo modo en que Francisca hablaba en la cocina de San Luis como si le hubiera conocido personalmente, y, por lo general, para avergonzar con la comparación a mis abuelos, que no eran tan <justos>. Veíase que las nociones que tenían el artista medieval y la campesina medieval (superviviente en el siglo XIX) de la historia antigua, pagana y cristiana, y tan características por su exactitud como por su simplicidad, procedían no de los libros, sino de una tradición, antigua y directa a la par, ininterrumpida, oral, deformada, incognoscible y viva [23] .

 

El extracto permite suponer que, al igual que Proust, Sciascia no necesitaba ser un historiador profesional, ni haber leído todo cuanto había sobre el estudio de las clases subalternas, para distinguir el problema de la dicotomía entre la cultura popular y la cultura ilustrada. Por lo mismo, cabe preguntarse en dónde el escritor siciliano habrá obtenido los argumentos para apuntar lo siguiente, a propósito de algunas declaraciones de Diego La Matina (calificadas de herejes por sus inquisidores):

 

Aún hoy resulta fácil, al hablar de temas de la religión católica con un campesino, un minero e, incluso, un caballero [de Sicilia], considerar proposiciones luteranas determinadas opiniones suyas sobre los sacramentos, la salvación del alma y el misterio sacerdotal, por no hablar de sus juicios sobre los intereses personales y el comportamiento mundanal de los curas. En realidad, tales opiniones ni siquiera pueden considerarse heréticas; son algo más y peor en referente a la religión: parten de un total y absoluto rechazo de la metafísica, el misterio y la invisible revelación del antiguo materialismo del pueblo siciliano [24] .

 

y agrega:

 

Con respecto a la confesión, por ejemplo, no había necesidad alguna de Lutero para suscitar la desconfianza y el rechazo de los sicilianos: este sacramento se ha considerado desde siempre una especie de hallazgo boccaccesco, una forma creada por una clase socialmente privilegiada, o sea los curas, para gozar de libertad sexual en territorio ajeno y, al mismo tiempo censurar esa libertad en los privilegiados [25] .         

 

No es necesario extenderse en una explicación sobre la trama intelectual que une los argumentos esgrimidos por Ginzburg, Proust y Sciascia: en la busca del origen de ideas herejes o expresiones letras en las clases subalternas (campesinos, mineros, cocineros, molineros) los tres inclinan la balanza hacía la tradición oral y popular, dejando los libros y la cultura ilustrada en un segundo plano. En última instancia, lo que vale la pena señalar es que al parecer los dos novelistas pudieron llegar a sus respectivas conclusiones como consecuencia de sus impresiones personales, de su contacto directo con esa tradición oral.     

 Por lo mismo, se podría pensar que la propuesta metodológica trazada por Ginzburg no es más que un envase de teoría donde se encuentra vertido un viejo y bien conocido contenido. No obstante, ese envase es de un material refinado donde el contenido se trasluce fidedignamente en sus componentes y cuya forma se puede reproducir en otros ámbitos, pues es ante todo un modelo historiográfico destinado a estudiar las culturas subalternas. Después de todo, queda la duda si Ginzburg concibió ahondar en la compleja fusión de la cultura oral y escrita en el siglo XVI italiano, a partir de una posible lectura del libro de Sciascia. La pregunta anima a repensar la hipótesis de Ivan Pupo, quien opina que es muy poco probable que Ginzburg leyera a Sciascia para elaborar El queso y los gusanos, pues desde 1961 (tres años antes de la publicación de Muerte del inquisidor) el joven historiador ya había escrito un artículo donde toca el tema de la Inquisición [26] . No obstante, quizá Ginzburg leyó otras novelas de Sciascia que si bien no  tienen a la Inquisición como personaje principal, son textos que usa como un taller de recreación ensayística para discurrir en torno a los materiales y la metodología del historiador; algo que finalmente pudo moldear su visión historiográfica para finalmente emerger en su libro sobre Menocchio.  

 

V

Acaso el emperador Shih Huang Ti “destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre” [27] . Tal es el razonamiento de Jorge Luis Borges al tratar de buscar una respuesta a la quema de libros (que guardaban más de tres mil años de historia china) que el emperador Ti llevó acabo en su reinado. Las palabras del argentino resumen el carácter de la palabra escrita, y por ende, la cualidad de un documento: en la escritura mora la difuminada presencia de algo no solamente vivo, sino además consciente, donde se encierra tanta diversidad de cosas como las que puede haber en el universo. Esa es la materia que, contenida en los testimonios de varia índole, el historiador procura descifrar en la medida de lo posible para entender la heterogeneidad de actitudes y fenómenos que encierra la naturaleza humana y, como consecuencia indirecta de ella, para quebrar, desde una torre donde ciencia y ética se funden, la ambición política de hacer del tiempo, de la historia, una ortodoxia, una justificación, un programa para aprenderse de memoria. No menos enterado estaba Sciascia en torno a la función de los documentos en la relación entablada entre el pasado y las clases privilegiadas.

En El Consejo de Egipto (novela que trata de un pícaro abate, de apellido Vella, que elabora un manuscrito falso, pero verosímil, que deslegitima el estatus social de la nobleza siciliana), el escritor retrata a uno personaje que ante la propuesta de quemar los archivos de la Inquisición, responde exasperado: “¡Quemar los archivos de la Santa Inquisición! Quemar tres siglos así, como si nada, tres siglos que requieren algo más que una hoguera para ser borrados. Un patrimonio, una riqueza que pertenecía a todos, y, en particular, a nosotros, a nuestra propia clase” [28] . A lo que alguien (Di Blasi) contesta: “El marqués de Caracciolo ha querido darnos a todos la idea exacta, la exacta advertencia de que los tiempos están a punto de cambiar y de que con cierto pasado hay que hacer lo que con las cosas apestadas: una hoguera” [29] . Las palabras de estos dos personajes exponen la idéntica relación conflictiva entre el poder y los testimonios escritos que Borges trama, y que se representa, por una parte, con Shih Huang Ti y la nobleza siciliana y, por otra, con la quema de los antiguos libros chinos y de los archivos de la Inquisición.

Es posible ver que en ambos extractos literarios, los agentes del poder (nobles, emperadores) aprecian y a la vez aborrecen la historia y sus fuentes (los libros, las bibliotecas, los archivos). Por lo mismo, cabe añadir (a modo de aclaración para evitar susceptibles pero erróneas analogías) que tal inquietud por la preservación o de la destrucción de los documentos, no es la misma que expresa el hombre-libro (personaje seminal de quien vendría ser el protagonista de la novela Auto de fe de Elías Canetti), para quien, en su afán anteponer los libros a la vida, es menos dañino ver consumirse a un humano entre las llamas que atestiguar la quema de una biblioteca o un archivo [30] . En contraparte, Sciascia ve los documentos con ojo de historiador: no como pedazos de tinta desgastada o cúmulo de números y registros, sino, usando una expresión de Álvaro Cunqueiro, como “papeles que fueron vidas”; es decir, como recipientes de divergentes conciencias y hábitos que dibujan el trascurso histórico de la humanidad como una perpetua dialéctica. En la misma tónica, para el siciliano (como para el historiador) la enigmática hechura de los documentos (sean cartas, mapas, actas matrimoniales, monumentos, pinturas) pueden suscitar aquella “mágica” reacción que precede a la curiosidad por conocer un porción de nuestro pasado; una representación casi artística que activa el carácter científico, y que es similar al que se origina cuando se contemplan las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet (Francia); un acto racional y empático a la vez, que es el principio del camino hacia la revaloración de nosotros, los humanos, como especie en constante transformación a lo largo del tiempo.                              

La reflexión llega aún más lejos en El Consejo de Egipto. La novela se aparta de la primera intención de relatar las peripecias y artimañas del abate Vella y se convierte en una viva descripción de la muerte de Di Blasi a manos de la Inquisición, permitiendo que cuarenta páginas antes de que finalice la novela, el lector vislumbre el guion de Muerte del inquisidor; un tema que apasionó a Sciasica, pues continuó publicando novelas que giraban alrededor de la Inquisición (como con La Bruja y el Capitán, que data de 1987). Sin embargo, esto poco se relaciona con Ginzburg y su obra.

 

VI

En El Consejo de Egipto hay una actitud afín al punto de vista que se plantea en El queso y los gusanos, y que en última instancia es la causa elemental que forja el compromiso ético de Ginzburg y Sciascia. A saber: ambos entienden que la historia, como un relato unilateral y cercano al poder, puede ser la tumba de voces disidentes, es decir, puede ser la tabula rasa de otras historias. En un pasaje en el que Sciascia ensaya ‒mediante las opiniones del abate Vella‒ una idea sobre el trabajo del historiador, es visible su posición (muy pesimista, por cierto, o crítica, quizá) ante los peligros del oficio de historiar:

 

Toda una impostura. La historia no existe. ¿Quién podrá asegurar que existen las generaciones de hojas que han caído de un árbol, otoño tras otoño? Existe el árbol, existen sus hojas nuevas: más adelante también estas hojas caerán; y en cierto instante, también el árbol ha de desaparecer. Las historia de las hojas, la historia del árbol. ¡Futilezas! Si cada hoja escribiera su historia, si aquel árbol escribiera la suya, entonces, diríamos: ah, sí, la historia… ¿Vuestro abuelo ha escrito su historia? ¿Y vuestro padre? ¿Y el mío? ¿Y nuestros bisabuelos y tatarabuelos...? Han descendido a sufrir podredumbre en la tierra, tal como las hojas, sin dejar historia de sí... [31]

 

Inmediatamente, Sciascia añade unas líneas que parecen un grito, casi una consigna:

 

Existe aún el árbol, sí; existimos también nosotros como hojas nuevas...Y también nosotros nos hemos de marchar. Quedará el árbol, si perdura, pero también podría ser hachado rama por rama: los reyes, virreyes, los papas, los capitanes, en una palabra los grandes… Hagamos con todos ellos un poco de fuego, algo de humo, para ilusionar a los pueblos, a las naciones, a la humanidad viviente… [32]

 

Estas líneas podrían ser los nudos que atan los cabos entre la afinidad de las obras de los autores italianos, pero precisamente faltan datos aún más duros que sacien las ansias por confirmar que el historiador leyó al escritor. Se sabe que en su juventud Ginzburg leía la revista Officina, en la que Pier Paolo Pasolini (unos de sus editores) llegó a publicar un comentario sobre la obra de Sciascia; aunque también se sabe que Ginzburg no era muy afecto a los textos de Pasolini; no así con los libros de Marc Bloch, Sigmund Freud o Theodor Adorno, con quienes reconoce su deuda teórica [33] . Otra ruta para llegar al meollo del asunto sería el método “indiciario”.

Se podría plantear que la correspondencia intelectual, metodológica y temática de las obras de estos autores italianos, son producto de aquello que el mismo Ginzburg caracterizó en algún apunte autobiográfico y que se esbozó como posible explicación al comienzo de este ensayo: el  contexto cultural italiano de finales de la década de 1950, marcado por el populismo y la crítica estilística, mismo que encontró su mejor abono en el sector de izquierda. Un fenómeno que se podría dilucidar mediante la jerga teórica de conceptos como “habitus” de Pierre Bordieu o el “zeitgeist” de raigambre alemán. Ambos plantean la existencia de una atmósfera afín o prácticas semejantes que envuelven a grupos o sociedades en cierto momento histórico y que permiten a sus individuos compartir ideas, lecturas y posturas. Tal circulación de bienes culturales semejantes se produce sin que exista necesariamente un trato directo entre los individuos, quienes podrían estar separados físicamente por razones generacionales, socio-económicas o geográficas [34] .        

Quizá un dato a favor de que Muerte del Inquisidor y El queso y los gusanos son productos de un habitus o zeitgeist, sea la breve conversación que sostuve con Carlo Giznburg en septiembre del año 2014, durante la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara [35] . Al preguntarle sobre su relación con los libros de Leonardo Sciascia (una cuestión que se derivó de una reflexión más amplia entorno a la importancia de la lectura de novelas en la formación del historiador), Ginzburg contestó que sin ser uno de sus autores predilectos, sí conocía las obras del siciliano. Dentro de estos, el que más apreciaba, por ser un libro que “tiene algo”, es Todo modo. Nada me mencionó sobre Muerte del Inquisidor, ni de El Consejo de Egipto. Igualmente, resultó interesante su reacción cuando le sugerí la amistad literaria que mantuvo su madre Natalia Ginzburg con Sciascia; el semblante del historiador fue de interrogación.                     

La hipótesis permite responder a la pregunta de por qué Ginzburg no menciona a Sciascia en su formación como historiador. En un primer momento, se pudo haber sugerido que, al igual que el novelista (quien no aludió explícitamente a Voltaire y a su Jean Calas en Muerte del Inquisidor por ser un discreto homenaje a ellos), Ginzburg también pudo evitar una referencia al autor siciliano por creer que el parentesco intelectual sería obvio; o que quizá el historiador (lleno de cátedras y títulos universitarios), en un acto de originalidad académica muy parecido a un celo historiográfico, no lo menciona porque el novelista era un desconocido profesor de primaria cuando comenzó a publicar sus narraciones. Pero los indicios en combinación con los conceptos del habitus o zeitgeist apuntan a otra dirección. Quizá estamos ante un caso que sería un digno tema a tratar por el crítico Harold Bloom, quien se ha adentrando en los misteriosos senderos de “la influencia literaria” [36] . La diferencia es que el presente es un asunto de escritura y metodología de la historia y no exactamente un tópico literario (aunque existen detalles de tal índole).

 Por lo tanto, nuestra conjetura es que en El Consejo de Egipto y en Muerte del inquisidor ya estaban escritas en “la clave literaria” las impresiones teóricas y convicciones políticas que por otra vía Ginzburg había cultivado como nobel revisador de archivos. Las perspectivas de los dos italianos congeniaron en un punto: ratificaron que la Inquisición es un árbol que no obstante su naturaleza monolítica y represora, en sus ramas siguen colgando viejas hojas que han sobrevivido a infinidad de otoños, para que ‒como alguna variable del Caballo de Troya‒ alguien las hiciera hablar desde las añosas entrañas del enemigo, y convertirlas en una suerte de esperanza, de futuro. 

  BIBLIOGRAFÍA

 

Aguirre Rojas, Carlos Antonio, “Carlo Ginzburg y el modelo de una historia crítica para el análisis de las culturas subalternas”, Retratos para la historia. Ensayos de Contrahistoria Intelectual, México, Contrahistoria. La otra mirada de Clío, 2006, pp.189-227.

 

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[2] Este ensayo se nutrió de los comentarios críticos y las desavenencias de Julio Moguel Viveros, Víctor Jiménez Muñoz y Alain Luévano Díaz; a ellos mi agradecimiento.
Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Maestro en Historia de México por la Universidad de Guadalajara. Premio Nacional de Ensayo Juan Rulfo 2012. Ha sido becario de CONACYT y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Actualmente es responsable de la Bóveda Jesús F. Contreras de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.   

[3] Ivan Pupo, “Narrare I’quisizione: Appunti sul <<paradigma indiziario>> in Ginzburg e in Sciascia”, en Spunti e ricerche; revista d’italianistica, vol. 26, núm. 1, 2011, pp. 126-138.

[4] Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Carlo Ginzburg y el modelo de una historia crítica para el análisis de las culturas subalternas”, Retratos para la historia. Ensayos de Contrahistoria Intelectual, México, Contrahistoria. La otra mirada de Clío, 2006, pp.189-227.

[5] Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, tr. de Carlos Catroppi, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 11. 

[6] Los datos biográficos y literarios de Leonardo Sciascia se pueden consultar en la página electrónica dedicada a su obra: http://www.amicisciascia.it/.      

[7] Adolfo Gilly y Subcomandante Marcos, Discusión sobre la historia, México, Taurus, 1995.

[8] Los datos biográficos de Natalia Ginzburg son tomados de: Nadia Castronuovo, Natalia Ginzburg. Jewishess as moral identity, Leicester, Troubador, 2010.

[9] Voltaire, Tratado de la tolerancia, tr. de Carlos Chies, (edición, prólogo y notas de Palmiro Togliatti), Barcelona, Crítica, 2004.

[10] Federico Campbell, La memoria de Sciascia, México, FCE, 1989, p. 213. 

[11] Leonardo Sciascia, Muerte del inquisidor, tr. de Rossend Arqué, México, Tusquets Editores, 2011, pp. 9 y 139.     

[12] Un caso ilustrativo de la obra de Sciascia sería El teatro de la memoria, Alianza Editorial, tr. de Eugenio Gallego, España, 1986. 

[13] Sciascia, Muerte del inquisidor, p. 13. 

[14] Michel de Certeau, La escritura de la historia, tr. de José López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, 1993, p. 100.

[15] Ibídem. 

[16] Sciascia, Muerte del inquisidor, pp. 10-11.

[17] Ibíd. p. 9.

[18] Víctor Jiménez Muñoz y Rogelio González Medina, Inquisición y arquitectura. La “evangelización” y el ex-obispado de Oaxaca, México, Editorial RM, 2008.    

[19] Max Weber, El político y el científico, introducción de Raymond Aron, tr. de Francisco Rubio Llorente, España, Alianza Editorial, 2009, p.14.

[20] Sciascia, Muerte del inquisidor, p. 117.

[21] Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, tr. de Francisco Martín, España Muchnik Editores, 1996, p. 24.  

[22] Ibíd. p. 20.  

[23] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido: por el camino de Swann, México, Promexa, 1979, p. 183.

[24] Sciascia, Muerte del inquisidor, p.34.

[25] Ibídem. pp. 34-35.

[26] Pupo, “Narrare I’quisizione”, p. 124. Dicho texto se titula “Brujería y piedad popular. Notas a propósito de un proceso de 1519 en Módena”, y se puede consultar en Ginzburg, Mitos, pp. 19-37. 

[27] Jorge Luis Borges, “La muralla y los libros”, Otras inquisiciones, Argentina, Emecé Editores, p. 12.

[28] Leonardo Sciascia, El consejo de Egipto, tr. de Ana Poljak, México, Tusquets Editores, 2009, p. 24.  

[29] Ibídem.

[30] Elías Canetti, La conciencia de las palabras, tr. de Juan José del Solar, México, FCE, 1981, pp. 303 y 307.

[31] Sciascia, El consejo de Egipto, pp. 66-67.

[32] Ibídem.

[33] Ginzburg, Mitos, p. 11.

[34] Véase, para el caso del zeitgeist, Francisco Gil Villegas, El profeta y el mesías. Lukács y Ortega como precursores de Heidegger en el Zeitgeist de la modernidad. (1900-1929), México, Fondo de Cultura Económica, 1996. En torno al concepto habitus es provechoso consultar El Diccionario Crítico de Ciencias Sociales disponible en la página web de la Universidad Complutense de Madrid: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/eurotheo/diccionario/H/  habitus.htm.  

[35] Al respecto véase: http://www.comsoc.udg.mx/cartelera-udeg/catedra-cortazar-levi-con-carlo-ginzburg.

[36] Harold Bloom, Anatomía de la influencia. La literatura como modo de vida, tr. de Damiá Alou, Madrid, Taurus, 2011.


* Colaboración para Estudios de Historia Cultural






 
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