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ENSAYO
     

 

 

La sexualidad del yo*

 

JEROME WAKEFIELD





El hombre occidental se ha vuelto un animal de confesiones. En consecuencia, la literatura que en un tiempo fuera aquel placer que se relataba y escuchaba, concentrado en la descripción heroica y maravillosa de “pruebas” de valentía o santidad pasó a ser una tarea infinita que busca extraer una verdad de las profundidades del ser humano y, por ende, un resplandeciente espejismo de la confesión. Tan arraigada es la obligación de confesar, que ya no se le percibe como el efecto de un poder coercitivo por el contrario, se piensa que la verdad albergada en la naturaleza más secreta del individuo “exige” salir a la superficie y si no lo hace es porque la represión la mantiene en su lugar, o por la violencia de algún poder que la aplasta, o porque el precio para  llegar a articularla es el de una especie de liberación.

 

Foucault nos reprendió por hablar incesantemente del sexo y no obstante, escribió la Historia de la sexualidad como introducción a un estudio que abarcaría seis volúmenes. Persistió en el proyecto a pesar de que la excitación por disertar sobre ese tema languideció en él. En 1977 hablaba del placer de escribir sobre la sexualidad”, en 1983 señaló llanamente “el sexo es aburrido”. ¿Por qué añadió tantas palabras a lo que consideraba un discurso sobreabundante sobre la sexualidad?

 

Además de ese objetivo central se planteó dos metas complementarias analizar el poder y la subjetividad. con el paso del tiempo desplazó su interés; vio en la historia de la sexualidad un medio para llegar a una nueva interpretación del funcionamiento del poder. “Para mí, la única razón para  efectuar este proyecto, es lograr un nuevo planteamiento de la teoría del poder”. Observó que, como hecho histórico bruto, la sexualidad surgió en la era moderna, en calidad de  portador de las relaciones de poder. Nada en especial provocó ese estado de cosas. Aún cuando no tuvo siempre tanta importancia, una serie de procesos normativos sociales e individuales confluyeron en la sexualidad y pusieron en  relieve el discurso y las prácticas sexuales. Dichos procesos incluyeron entre otros; cambio en la naturaleza del vínculo marital y regulación de la familia con base en los privilegios del lecho conyugal; creciente interés del Estado en el comportamiento reproductivo, al considerarlo clave para equilibrar el crecimiento, la prosperidad y el empobrecimiento de la población, nuevo interés de la medicina por la salud de la parte intuitiva del individuo, incremento en prácticas educativas que se impusieron de manera sistemática debido a una preocupación obsesiva de los padres de familia, educadores y médicos, ante el descubrimiento de la masturbación infantil, con el objeto de eliminarla. Todo lo anterior hizo que el estudio de la sexualidad condujera al estudio del poder.

 

Cabe hacer notar que Foucault se interesó en una nueva formulación de la teoría del poder y no en un nuevo concepto del mismo. Quería evidenciar su modus operandi, no lo que es. De hecho, por más inesperadas que parezcan sus conclusiones, el concepto que ofrece no es un absoluto. La definición del poder como una relación donde las acciones de una persona moldean los actos posibles de otra es amplia (puede abarcar una extensa gama) y encaja en la tradición que ve en él una forma de control o limitación. Si bien hace referencia a hechos que de inmediato se reconocen como vínculos de poder explotación, dominio, subyugación, obligación, coacción desigualdad, imposición y otros, hizo énfasis en casos mucho más sutiles y locales de los que habitualmente se estudia. No propone una teoría falsamente radical  que se sirva del uso perifrástico de términos. Expuso planteamientos que sorprenden precisamente por referirse a temas que se habían abordado en múltiples ocasiones.

 

¿En qué residen sus innovaciones sobre el estudio del sexo y el poder? En principio, no adoptar el gastado recurso de relacionarlos mediante la represión, ya sea social o individual. Pero ante todo el haber presentado las tendencias sexuales como algo que se inhibe o se oculta. En el plano social existe un rígido control de la expresión sexual a fin de desviar su energía hacia tareas productivas. A nivel personal, la moralidad sexual conduce a la represión de deseos y a ocultar los más sinceros y profundos anhelos. El punto crucial que presenta Foucault es que la relación entre el poder y el sexo es de naturaleza, puramente negativa y por este motivo se rechazan, inhiben, limitan y ocultan deseos pre-existentes.

 

Además de una historia sobre la relación represiva  entre el poder y el sexo, aparece una interpretación de sucesos más recientes. Tras épocas enteras de relativa libertad sexual, el siglo XVIII marcó el inicio de una severa represión –con la casi histérica condena a la masturbación- que culminaría en la era Victoriana. A ese periodo represivo le siguió otro de lucha de liberación y puede afirmarse, no sin cierto orgullo, que se ha vuelto a gozar de un cierto grado de libertad sexual. Para Foucault la hipótesis represiva abarca la naturaleza e historia de la relación entre el poder y el sexo.

 

Desde su perspectiva, el antídoto para los procesos sexualmente represivos consta de dos elementos. Primero, relevar la verdadera naturaleza del individuo de todos los recubrimientos de negación, desplazamiento y ocultación. Hecho esto, expresar abiertamente los deseos y hacer que prevalezcan sobre el poder opresor y limitante. A lo largo de este proceso se fusionan las metas de libertad, revolución, verdad, placer y satisfacción. Lo anterior se manifiesta entre las características más sobresalientes de las prácticas sexuales postfreudianas, la búsqueda en la naturaleza del yo sexual y específicamente de los deseos sexuales (…Qué es lo que deseamos en realidad” ¿Cuáles deseos se hallan latentes, o se niegan en nuestro interior?), además de hablar incansablemente sobre el sexo.

 

Esas dos prácticas liberadoras se suman a la confesión psicoanalítica que Foucault presenta como una casi siempre interminable conversación sobre la naturaleza de nuestros deseos. En consecuencia, el psicoanálisis es, al margen de sus fallas y limitaciones, una aguda ruptura con el pasado represivo tal como se presenta desde la perspectiva “tradicional”.

 

En contraposición a la hipótesis represiva Foucault señaló que el vínculo entre el sexo y el poder es de hecho multifacético, y además la ubicó como parte orgánica del mismo. La explicación para ello es que si una persona considera que fue y sigue siendo objeto de represión, indudablemente se sentirá motivada  a buscar su liberación mediante el examen y reconocimiento de su naturaleza asexual. Junto con las inevitables evaluaciones que éstos acarrean, son una importante técnica de poder, merced a la cual se invaden áreas de su vida que de otro modo serían privadas. Dicha persona queda sujeta a la mediación de expertos que alegan conocer la verdad sobre quién es y lo que debe hacer. La hipótesis represiva sirve para enmascarar estas prácticas autodisciplinarias y hacerlas parecer una forma de liberación.

 

Podría aducirse que anteriormente se reprimía al sexo mientras que ahora es más libre, al grado de poder admitir y disfrutar deseos que por lo general solían negarse y ocultarse. Más para Foucault dicha represión siempre ha existido y es a lo sumo uno de tantos aspectos de la historia del sexo y el poder, al cual le reconoce tanto una carga positiva y creativa como negativa. Lo que incesantemente se ha dicho sobre la masturbación, la homosexualidad, la histeria, ha despertado en los cuerpos de la gente todo tipo de deseos y placeres que, además de haber sido descritos y condenados, conforman identidades y patrones de actividad sexual que de otra manera no hubieran podido existir. Muchos de los “verdaderos” deseos y placeres que ahora se encubren cuidadosamente son en realidad un producto histórico, sintetizado a partir de las diversas materias primas y posibilidades que ofrece la carne. No existían antes de que se comenzara a cuestionarlas.

 

Si el sexo se modela históricamente de la forma que sugiere Foucault, entonces no hay un conjunto determinado de deseos preexistentes que necesiten liberación. La sexualidad contemporánea es casi hasta su médula, (Foucault vacila en el grado de exactitud que ha de dar a su tesis) el resultado de un mismo sistema de prácticas polémicas y conceptualizaciones que antes la reprimían. En tal caso, la liberación sexual no puede consistir en una lucha por exteriorizar deseos “verdaderos” y “profundos” ya que es parte del sistema del poder sexual, pero en cambio debe implicar de alguna manera la posibilidad de quedar fuera de él. Puesto que hay una clara diferenciación de bandos en esta batalla. Foucault no busca contribuir a la victoria de cualquiera de las partes.

 

La segunda meta complementaria a este análisis es la comprensión de la naturaleza cambiante del individuo. –No es el poder sino el sujeto lo que constituye el tema global de mi investigación”. Por sujeto o yo, entiende en términos generales, el concepto y conocimiento de sí mismo que conforman la identidad de un persona, de ahí que sea una creación histórica.

 

Hoy día las ciencias humanas han proporcionado una nueva fuente de categorías con las cuales es posible objetivar a los individuos y crear nuevas tipificaciones. Por ejemplo, antes se desaprobaron los actos homosexuales por considerarlos un despliegue de inmoderación y representan características indeseables. No es sino hasta la aparición de la psiquiatría que funcionó y el estudio médico de procesos instintivos desviados que se detectó a personal con una “identidad homosexual” por todos aceptada y reconocida. Siendo además cuando se le calificó de comportamiento anormal.

 

La conjunción del fervor científico por lograr una clasificación y control exhaustivos con el proceso social de la evolución, llevó a un explosivo aumento de un tipo determinado de poder que podrían llamarse “sujeción”. Esta se define como la relación de poder inherente a la forma en que se constituye el sujeto. La identidad personal, será la que restrinja sus acciones y modele las reacciones coercitivas de los demás, dicho de otro modo, “ata al individuo consigo mismo y lo somete a los demás”. No se debe a una ambigüedad occidental que la palabra sujeto signifique a la vez contar con una identidad propia y estar bajo el control de otro. Así, algunos tipos de sufrimiento son de naturaleza tal, que para escapar de ellos es preciso luchar contra las manifestaciones de la subjetividad y contra las categorías que rigen el concepto de sí mismos y del mundo. Una manera de luchar contra las restricciones a la subjetividad, es mirarlas desde una perspectiva histórica, de ese modo se comprenderá hasta que punto son contingentes y las determina la historia misma. Esta es la esencia del método genealógico de Foucault.

 

Las formas del poder son inherentes a las formas de subjetividad y hoy esta última se entrelaza con la sexualidad. Al abordar la construcción característica del yo en la actualidad Foucault  no hizo otra cosa que responder a Freud. Enfatizó que el concepto que se tiene del “yo” es el de un “yo sexual” su identidad y naturaleza verdaderas se determinan en gran parte por la naturaleza de sus más hondos, y por la general ocultos deseos sexuales. Es la interminable búsqueda de aquello que se considera como la evasiva subyacente, pero verdadera naturaleza del individuo, lo que lo incita a revelar los detalles más efímeros o insignificantes de su vida, a fin de hacer un escrutinio y evaluación  de sí mismo y de los demás. De ahí se derivan relaciones de poder que de otra manera no podrían existir. Toda persona es un objeto sexual y también un sujeto “profundo” e inmanente a las prácticas que rodean el intento por aceptar esta dualidad se halla una multiplicidad de relaciones de poder.

 

Freud cristalizó la forma actual de subjetividad pero esto no significa que como seguido se piensa, sea una ruptura radical con el pasado. La sexualización del yo y el papel que juega el examen que el individuo hace de sí para mantener las relaciones de poder, comenzó cuando menos con la confesión cristiana: en ella, sueños lujuriosos y pensamientos transitorios se consideraban de gran importancia para comprender y evaluar el yo. De hecho Foucault consideró que la sesión psicoanalítica era en muchos aspectos el equivalente con retoque científico y secularizado, de la confesión y así mismo su continuadora desde la perspectiva histórica.

 

Si la lucha contra el problema aparente de la represión es parte de la mecánica del poder, cabría preguntar si por ese medio se puede cambiar la configuración actual de este último. Foucault ofreció en ocasiones algunas sugerencias para desmantelar o evitar caer en el esquema tradicional. Pero enfatizó que esas posibilidades eran producto de sus inclinaciones y no de su análisis. La comprensión de la historia permite profundizar en lo contingente de la situación  del individuo y de ella se pueden derivar alternativas que permitan un espacio ontológico para maniobrar. Sin embargo, por más compresión histórica que se tenga esta no señalará jamás la respuesta idónea en cada caso. Al rehusar convertirse en una nueva clase de experto que dictamine lo que la humanidad necesita. Foucault dio evidencias de poseer un cierta modestia que resulta en efecto escasa entre los pensadores sociales.

 

 

* Texto publicado en la Revista El Buscón. Nr. 11-12. 1984. p.p.143-149. Traducción: Martha C. Saldaña
Imágen: © rolffimages - Fotolia.com. Para Estudios de Historia Cultural







 
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